Hace 1700 años, en el año 325, se reunieron en Nicea los obispos de todo el imperio para enfrentar una crisis teológica que amenazaba con partir en dos al cristianismo y al imperio entero. El debate giraba alrededor de una sola pregunta: ¿es Jesucristo verdaderamente Dios, o es un ser creado?
En Nicea se ganó la batalla. Se defendió la Trinidad. Y se escribió el credo que todavía se repite hoy.
Pero 1700 años después, algo sorprendente está ocurriendo: las mismas ideas que Nicea enterró están resucitando con más fuerza que nunca. Y no vienen de ateos ni de otras religiones, sino de dentro de las iglesias, de hermanos sinceros que aman a Jesús, leen la Biblia todos los días y, sin darse cuenta, repiten argumentos que suenan exactamente a las herejías que Nicea condenó.
¿Cómo es posible que, teniendo el credo de Nicea en la mano, tantos cristianos de hoy estén cayendo en las mismas trampas de siempre? Lo que sigue es un recorrido por la causa profunda que casi nadie menciona y la salida clara que muchos temen decir en voz alta.
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ToggleLos tres conceptos fundamentales de la Trinidad
Ser cristiano significa aceptar la fe tal como la define la Biblia. Y esa fe exige una verdad central: la Trinidad. La Biblia enseña claramente tres conceptos fundamentales sobre Dios que, unidos, forman esta doctrina.
El primero es que Dios es uno. Es el principio del monoteísmo absoluto. El segundo es que hay tres personas en ese único Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Los tres son distintos pero forman un solo Dios. Si no fuera un solo Dios, serían tres dioses, lo que se llama politeísmo o triteísmo. Y si no fueran tres personas diferentes, sería la misma con distintas funciones, lo que se llama modalismo o unicismo.
El tercero establece que las tres personas son divinas, coeternas y participan de la misma naturaleza. Si alguna de ellas tuviera una naturaleza menor o no fuera coeterna con el Padre, se caería en el unitarismo.
El unitarismo, en sus diversas formas, es por lejos la manifestación antitrinitaria más predominante en el mundo moderno.
Las diferentes posturas dentro del unitarismo
Todo el unitarismo comparte una creencia base: hubo un tiempo en que Cristo no existió, y por consiguiente no fue coeterno con el Padre. Sin embargo, dependiendo de cómo enseñan que Cristo vino a la existencia y qué naturaleza tenía, surgen tres grupos distintos.
El primer grupo considera a Jesús una criatura. La primera y más importante, pero una criatura creada de la nada. A este grupo pertenecía Arrio, un presbítero de Alejandría del siglo IV que negó la plena divinidad de Jesús enseñando que era un ser creado por Dios el Padre. Así nació el arrianismo, que enseñaba que Cristo no tenía naturaleza divina y que su sustancia era totalmente diferente a la de Dios.
El arrianismo creció tanto que llegó a convertirse en la mayor amenaza teológica del Imperio, amenazando su unidad y estabilidad, hasta el punto de que el emperador Constantino convocó el concilio de Nicea en el año 325 para defender la enseñanza bíblica fundamental: que Jesús es Dios verdadero.
Luego, en el año 381, el concilio de Constantinopla amplió el credo de Nicea, formando el que hasta hoy se llama Niceno-Constantinopolitano, que incluyó tres frases para describir a Cristo: «engendrado, no creado», «consustancial con el Padre» y «nacido del Padre antes de todos los siglos».
En la mente de los cristianos del siglo IV que elaboraron ese texto, no hubo ningún «momento», ni remotísimo, en que el Hijo no existiera.
Dentro de este primer grupo existe también un arrianismo moderno cuya máxima expresión son los Testigos de Jehová, que comparten las características del arrianismo histórico, aunque con diferencias. Los Testigos consideran a Jesús un ángel creado —el arcángel Miguel—, ontológicamente igual al resto de los ángeles, mientras que el arrianismo histórico lo veía como un ser único, ontológicamente superior a los ángeles.
Además, los Testigos prohíben absolutamente cualquier tipo de adoración a Jesús, considerándola idolatría, mientras que Arrio permitía un honor litúrgico similar al que los católicos tributan a la Virgen María. La cristología de los Testigos de Jehová es, por lo tanto, una postura más radical que la del propio Arrio.
El segundo grupo es semi-arriano. Afirma que Jesús no fue creado ni engendrado, sino que procede del Padre, pero sin compartir su naturaleza o sustancia. Por consiguiente es considerado un ser sub-divino, una especie de Dios menor, y no digno de adoración.
Pero surge una pregunta inevitable: ¿cómo existe alguien que no es engendrado en sentido literal ni tampoco creado? Quienes sostienen esta postura suelen responder con frases ambiguas como «el Hijo está entre lo increado y lo creado» o «el Hijo es posterior al Padre, pero no creado como las demás criaturas.» El problema es que ninguna de esas frases define un modo real de existencia. No hay categoría filosófica ni bíblica para esta posición intermedia e indefinida, por lo que resulta imposible sostenerla conceptualmente.
El tercer grupo tiene tres variantes. No considera a Jesús creado, sino que lo considera Dios y digno de adoración, pero no coeterno.
La primera variante dice que Cristo fue «producido»: como si hubiese sido creado no de la nada, sino con parte de la sustancia de Dios, por lo que tendría una naturaleza «similar» a la del Padre, algo parecido a Eva, formada con la costilla de Adán.
La segunda variante, identificable como «semi-arrianismo pionero», enseña que Cristo no fue producido sino que procede del seno del Padre. No hablan tanto de creación sino de procedencia: Cristo emana o deriva de Dios, pero las consecuencias son las mismas que la variante anterior. Según ellos, Cristo también tendría una naturaleza similar, no idéntica.
La tercera variante dice que el Dios Hijo fue «engendrado» por el Dios Padre y que por consiguiente tiene una naturaleza idéntica, de la misma forma que un hijo humano tiene la misma naturaleza que su padre.
Sin embargo, aunque esta última postura parezca cercana al trinitarismo clásico, en realidad no solo está muy lejos, sino que presenta una gran contradicción.
La falacia central del unitarismo
Afirmar que Cristo no es coeterno con el Padre y a la vez decir que tiene la misma sustancia o naturaleza de Dios es incompatible y contradictorio.
En la Biblia, «Dios» no es simplemente un título funcional dado al ser más poderoso. «Dios» es el nombre del Ser que posee por naturaleza atributos intransferibles y esenciales: eternidad absoluta sin principio ni fin, autoexistencia sin depender de nadie, inmutabilidad, y plenitud absoluta de ser.
Si Cristo tuvo un comienzo de existencia, aunque sea en un pasado remoto, entonces no sería eterno, no sería autoexistente, no sería inmutable ni pleno como el Padre. Le faltarían esos atributos por definición. Por consiguiente, si Jesús no es coeterno con el Padre, sería un Dios menor, y sería falso que tuviera la misma sustancia que Dios Padre.
Y aquí aparece la gran falacia que hace al unitarismo inviable bíblicamente: llamarlo «Dios» y hacerlo digno de adoración viola uno de los tres conceptos fundamentales que la Biblia enseña, porque ya no habría un solo Dios sino dos dignos de adoración: uno superior, eterno y autosuficiente, y otro inferior, que procede del primero y depende de él para existir. Eso, aunque se niegue con la boca, es politeísmo.
Señaladas las contradicciones antitrinitarias, queda la gran pregunta:
¿Qué significa que la Biblia diga que Jesús es el Hijo «engendrado» por el Padre?
Mi hijo eres tú; yo te he engendrado hoy. Salmo 2:7
Este versículo, que Hebreos 1:5 aplica claramente a Cristo, es la raíz de la confusión. Al oír la palabra «engendrado», muchos hermanos sinceros piensan de inmediato: «Si fue engendrado, entonces hubo un momento en que no existía.» Esa es la trampa que lleva al antitrinitarismo. Existen tres cristologías que han intentado responder a esta pregunta, y es importante conocerlas.
La cristología helenística
En el concilio de Nicea, los padres de la Iglesia rechazaron la idea de Arrio y defendieron la eternidad y divinidad plena de Cristo, declarando que fue «engendrado, no creado», «Unigénito del Padre antes de todos los siglos», «de la misma sustancia que el Padre». ¿Cómo podían decir «engendrado» y a la vez «eterno» sin que les pareciera contradictorio? Porque utilizaron una cristología helenística, fuertemente influenciada por la filosofía platónica.
Platón enseñaba que existen dos mundos. El «mundo inteligible», eterno, inmutable y atemporal, donde el tiempo no transcurre y no existe el «antes y después». Y el «mundo sensible», el mundo físico sujeto al tiempo y al cambio.
Para los padres del siglo IV, Dios Padre engendra al Hijo en ese plano eterno y fuera del tiempo, de modo que nunca hubo un «momento» en que el Hijo no existiera, porque en ese mundo eterno no existe el «antes» ni el «después». Todo es simultáneo.
Hoy casi nadie piensa en categorías platónicas, por lo que esas explicaciones suenan extrañas o contradictorias, aunque en su contexto tenían perfecto sentido. Son conceptos totalmente ajenos a la concepción moderna de la realidad, y la Biblia jamás habla del mundo de las ideas.
La cristología encarnacional
Muchos teólogos actuales intentan resolver el paradigma del engendramiento de Cristo a través de una cristología encarnacional, argumentando que fue a partir de la encarnación que Cristo fue engendrado y se convirtió en el Hijo de Dios. Antes de Belén y durante la eternidad, Cristo habría sido el Verbo, la segunda persona de la Deidad, coeterno con el Padre, pero sin ser todavía el Hijo.
Sin embargo, son muchos los textos que dan a entender que Cristo ya era el Hijo de Dios antes de la encarnación.
Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito. Juan 3:16
El texto dice que Dios «da» a su Hijo, lo que implica que la relación Padre-Hijo precede al envío. Isaías es aún más explícito:
Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado. Isaías 9:6
El texto no dice «un niño será Hijo», sino que el niño que nacerá ya es Hijo cuando es «dado».
Además, la revelación del «Ángel de Jehová» en el Antiguo Testamento confirma que la relación filial es anterior a la encarnación. En la zarza ardiente de Éxodo 3, es el Ángel de Jehová quien aparece, pero ese mismo ángel se identifica como «el Dios de Abraham». En Génesis 18 y 19, uno de los tres varones que visitan a Abraham es identificado repentinamente como Jehová. En Josué 5, el «Príncipe del Ejército de Jehová» le ordena a Josué quitarse el calzado porque el lugar es santo, exactamente lo mismo que Jehová le dijo a Moisés en la zarza. Y en Daniel 3, el cuarto varón en el horno de fuego es descrito como «semejante a Hijo de los dioses» y luego llamado el Ángel de Dios.
Este Ángel de Jehová se identifica como Dios o Jehová, acepta adoración, y a la vez se manifiesta como ángel y como hombre. No puede ser el Padre, porque es enviado por el Padre e intercede ante Él.
Tampoco puede ser un ángel creado, porque ningún ser creado recibe culto ni se identifica con el nombre divino. La única explicación coherente con toda la Escritura es que ese «Ángel de Jehová» es la segunda persona de la Trinidad, el Verbo eterno que, en el plan eterno de salvación, asumió el rol de Mensajero y de Hijo obediente mucho antes de encarnarse en el vientre de María.
Así como Jesús en la encarnación fue llamado «Hijo del Hombre» y tomó la naturaleza humana sin dejar de ser plenamente Dios, de la misma forma el Ángel de Jehová, antes de la encarnación, tomó la naturaleza angélica siendo también plenamente Dios.
Cuando vemos en el antiguo testamento que el Angel de Jehová, es Dios mismo y a la vez se manifiesta como un varón, no quiere decir que fue pre-encarnad, ya que la encarnación ocurrió a partir de Belén, lo que quiere decir, es que, a pesar de seguir siendo plenamente Dios, al tomar la naturaleza angélica, se presenta y se comporta como un ángel y, de la misma forma que los ángeles creados pueden aparecer con forma de varón, este Angel de Jehová, también se presenta como varón.
Así era posible que, siglos antes de Belén, el verdadero Dios, único digno de adoración se pudiera manifestar visiblemente a los patriarcas del Antiguo Testamento.
De allí que Hebreos 1:5 pregunte: «¿A cuál de los ángeles dijo Dios jamás: Mi Hijo eres tú, yo te he engendrado hoy?» De la misma forma que Cristo fue llamado Hijo de Dios entre los humanos, también fue llamado Hijo de Dios entre los ángeles. Esto hace imposible sostener la cristología encarnacional.
¿A cuál de los ángeles dijo Dios jamás:«Mi Hijo eres tú,yo te he engendrado hoy»,ni tampoco:«Yo seré un padre para él,y él será un hijo para mí»? Hebreos 1:5
La cristología salvífica
Existe una tercera respuesta que armoniza con los principios trinitarios: la cristología salvífica.
Entre la eternidad y la encarnación, en algún pasado remoto que no se puede datar, la Deidad en su soberanía decide conformar el propósito de salvación. Pablo lo menciona en 2 Timoteo 1:9 al decir que el propósito y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús fue establecida «antes de los tiempos de los siglos.»
Él nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos. 2 Timoteo 1:9
Tito 1:2 lo llama «esperanza de la vida eterna» y lo ubica «antes del principio de los siglos.»
En la esperanza de la vida eterna. Dios, que no miente, prometió esta vida desde antes del principio de los siglos. Tito 1:2
Y 1 Pedro 1:19-20 expresa la misma idea al decir que la sangre preciosa de Cristo ya estaba destinada «desde antes de la fundación del mundo.»
19 sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación. 20 Él estaba destinado desde antes de la fundación del mundo, pero ha sido manifestado en los últimos tiempos por amor de vosotros. 1 Pedro 1:19-20
Es a partir de ese plan o propósito de salvación que Cristo toma una naturaleza de Hijo de Dios engendrado. Pero esa naturaleza o subordinación al Padre no tiene nada que ver con sus orígenes, sino con una función a efecto y propósito salvíficos.
Así como un rey puede asumir el rol de padre adoptivo para proteger a un huérfano sin dejar de ser rey, Dios asumió la paternidad salvífica sin que eso describa su origen ontológico.
La Biblia no revela nada sobre el origen de la Deidad o de la Trinidad en sí misma. Lo único que Juan declara al principio de su evangelio es que «en el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.» No hay más revelación. Si se pudiera explicar a Dios por completo, ya no sería Dios.
¿Respalda la Biblia ese significado de «engendrar» en sentido salvífico? Sí, y de manera contundente.
…en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio. 1 Corintios 4:15
…a quien engendré en mis prisiones. Filemón 1:10
Si Pablo puede usar la palabra «engendrar» para describir la relación espiritual con sus conversos, cuánto más puede Dios usarla para describir el rol que el Verbo eterno asumió voluntariamente para rescatar a la humanidad.
Esta cristología salvífica no es nueva. Es tan antigua como el propio concilio de Nicea y fue desarrollada brillantemente por los padres capadocios inmediatamente después, para dar una explicación más bíblica que filosófica a la doctrina de la divinidad de Cristo, que Nicea no pudo ofrecer desde la cristología helenística.
Las tres cristologías intentaron dar explicación al significado de «engendrado». La helenística decía que fue engendrado en el mundo de las ideas, en un plano eterno atemporal. La encarnacional decía que fue engendrado solo a partir de la encarnación. La salvífica explica que Cristo fue engendrado en su rol funcional dentro del plan de salvación.
Cuando la Biblia dice «Hijo unigénito» o «engendrado hoy», no está describiendo cómo era Dios antes de todo tiempo. Está describiendo el rol que el Verbo eterno aceptó voluntariamente para poder salvar a la humanidad.
Jesús no se volvió Hijo para existir. Se volvió Hijo para salvarte.
No hay que abandonar la Trinidad porque resulte difícil entender cómo puede ser Hijo y Dios a la vez. Basta con aferrarse a lo revelado: un Dios que no se quedó lejos, que no envió a otro sino que vino Él mismo. No son tres dioses. No son tres modos. No son tres máscaras. Son un solo Dios, entregado enteramente para salvar al ser humano.
Cuando se entiende eso, la Trinidad deja de ser un misterio abstracto y se convierte en la revelación más hermosa del universo. No una paradoja filosófica, sino la historia de salvación más extraordinaria que existe.
Por CHRISTIAN JABLOÑSKI
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