Pocas doctrinas han generado tanta confusión como la naturaleza humana de Cristo. Algunos afirman que Jesús tuvo la naturaleza de Adán antes de pecar. Otros sostienen que asumió exactamente nuestra naturaleza caída. Lo que sigue ofrece una claridad que muy pocos cristianos tienen sobre cuál es la verdadera naturaleza humana de Cristo y por qué solo así Él podía ser nuestro Salvador.
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ToggleQué significa tener naturaleza caída
Antes de hablar de la naturaleza humana de Cristo, es fundamental recordar qué significa que nosotros tengamos naturaleza caída.
La Biblia enseña que Adán y Eva fueron creados con una naturaleza perfecta, que los teólogos llaman pre-lapsaria, es decir, anterior a la caída. No tenían ninguna inclinación al mal.
Sus pensamientos eran claros y puros, sus deseos estaban ordenados según la voluntad de Dios y sus emociones eran equilibradas. Además contaban con perfección física, vitalidad plena e inmortalidad gracias al árbol de la vida.
Después del pecado, esa naturaleza se corrompió. A partir de ahí, todos nacemos con una naturaleza denominada pos-lapsaria, con una inclinación interna al mal que nos separa de Dios desde el nacimiento.
El entendimiento queda oscurecido y no percibimos naturalmente las cosas espirituales. Los deseos se desordenan, lo que se denomina concupiscencia. Y las emociones se distorsionan: el miedo, la ira y la envidia dominan al ser humano alejándolo de Dios.
Esta condición explica por qué pecamos… y también por qué necesitamos un Salvador.
Esta naturaleza ya está corrompida desde el nacimiento: es pecaminosa en sentido ontológico, pero aún sin culpa personal. La culpa y la condenación ante la ley de Dios vienen después.
14 …cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. 15 Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado. Santiago 1:14-15
Por otro lado, la caída generó una debilidad física: el cuerpo quedó sujeto a la fragilidad, el cansancio, la enfermedad y la muerte. Esta debilidad física no es pecado en sí misma, pero vuelve al ser humano más vulnerable, restándole resistencia a la tentación y debilitando aún más su voluntad. Sin el Espíritu Santo, esa voluntad no tiene fuerzas para elegir el bien. Dios debe habilitarla primero por su gracia.
Las dos posturas sobre la naturaleza moral de Cristo
Todas las tradiciones cristianas coinciden en dos puntos fundamentales. El primero, que Jesús no conoció pecado.
Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado. 2 Corintios 5:21
El segundo, que cuando Cristo se encarnó, recibió la debilidad física que tenemos todos. No heredó el físico perfecto de Adán en el Edén, sino el cuerpo débil y frágil que heredamos todos después de siglos de pecado, «participando de carne y sangre», como dice Hebreos 2:14.
Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo. Hebreos 2:14
Adán antes de pecar también sentía hambre y cansancio, pero con mucha más resistencia y sin degeneración. Jesús no nació con esa resistencia sobrenatural.
Donde surge el debate es en la naturaleza moral de Cristo. Existen dos posturas.
La primera —sostenida por la práctica totalidad del cristianismo— es que Jesús nació sin inclinación al mal, tal como era Adán antes de pecar. Esta postura recibe dos nombres que confunden a muchos, pero que en realidad describen lo mismo: algunos la llaman «naturaleza pre-lapsaria» porque describen solo la naturaleza moral de Jesús, y otros la llaman «naturaleza pos-lapsaria moderada» porque incorporan en la definición la debilidad física que heredó. La enseñanza de fondo es idéntica: naturaleza moral como la de Adán antes de la caída, con cuerpo debilitado como el nuestro después de ella.
La segunda postura, defendida por una minoría muy reducida de teólogos y rechazada históricamente por el cristianismo, sostiene que Jesús nació con la misma naturaleza moral caída que nosotros, aunque sin pecado. Se la considera teológicamente incompatible con la cristología clásica.
En Cristo no había inclinación interna al pecado ni concupiscencia. Sus pensamientos no estaban oscurecidos y no había desorden ni distorsiones posibles en su interior.
Por consiguiente, Jesús no tuvo la naturaleza de Adán antes de pecar… ni tuvo exactamente nuestra naturaleza pecaminosa. Tenía una naturaleza pos-lapsaria en cuanto al cuerpo, pero sin corrupción interna.
Decir que Jesús fue «100% hombre» no significa decir que tomó todas nuestras deformaciones morales. Significa que tomó nuestra humanidad real: la humanidad que necesita respirar, que se cansa, que siente dolor y tristeza. Pero sin el corazón torcido que nosotros heredamos desde Adán.
Por eso Cristo es denominado único con la palabra griega monogenés. Adán fue creado, nosotros somos engendrados y Cristo fue encarnado. Todos seres humanos con naturaleza semejante, pero no idéntica.
Por eso las Escrituras dicen que era «semejante a sus hermanos» y que vino «en semejanza de carne de pecado»: semejante, pero no idéntico. Él es el monogenés, el único en su clase, porque tomó nuestra carne debilitada por siglos de pecado… pero sin nuestra corrupción interna.
¿Por qué tenía que ser exactamente así?
Un bebé recién nacido no tiene culpa judicial ni condenación personal, pero sí participa de la condición ontológica de la humanidad caída. Por eso necesita un Redentor. Jesús fue como ese bebé en lo físico: tomó nuestra carne débil, mortal y tentable desde afuera. Pero fue diferente en lo moral: nació sin concupiscencia, sin inclinación al pecado.
Solo alguien que tomara nuestras debilidades podía representarnos y morir por nosotros.
…debía ser en todo semejante a sus hermanos. Hebreos 2:17
Y solo alguien sin corrupción interna podía ofrecer un sacrificio perfecto, hecho una vez y para siempre.
…no tiene necesidad cada día, como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados. Hebreos 7:27
Si Jesús hubiera tenido concupiscencia, habría necesitado un Salvador él mismo. Si no hubiera sentido nuestras debilidades, no podría simpatizar con nosotros hoy.
¿Cómo fue tentado «en todo» si no tenía concupiscencia?
Este es el punto que más confunde.
Existen tres fuerzas que inclinan al ser humano al mal. Una es interna: la naturaleza heredada al nacer, la concupiscencia. Las otras dos son externas: Satanás y sus ángeles caídos como agentes espirituales, y el mundo con sus valores, sistemas y cultura contrarios a Dios.
…nuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quién devorar. 1 Pedro 5:8
…el mundo entero está bajo el maligno. 1 Juan 5:19
El ser humano es tentado desde adentro por la concupiscencia, y también desde afuera por Satanás y el mundo. En el caso de Jesús, la tentación vino solo desde afuera, porque dentro de Él no había nada que respondiera al pecado. No tenía concupiscencia ni inclinación al mal.
¿Significa eso que su tentación fue más fácil? Todo lo contrario. Fue infinitamente más difícil.
Satanás se especializó en atacarlo exactamente en su punto más vulnerable: su físico debilitado por miles de años de pecado. Lo tentó cuando llevaba cuarenta días sin comer, llevando la tentación al borde de la muerte.
Lo atacó después de cuarenta días de aislamiento total en el desierto. Lo llevó al pináculo del templo para explotar cualquier resto de orgullo humano. Y durante su Pasión, desde el arresto en Getsemaní hasta la cruz, los padecimientos físicos y emocionales fueron llevados al límite, hasta el punto de sudar gotas de sangre.
Además, fue tentado en el cumplimiento de su misión, algo único que añade un tipo de tentación que el resto de la humanidad no conoce.
…fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Hebreos 4:15
En todas las categorías humanas posibles y con la máxima intensidad imaginable. Nosotros podemos ceder antes para aliviar la presión. Él resistió hasta el final sin ceder jamás.
¿Por qué tenía que hacerse humano?
El Antiguo Testamento establece que el redentor debía ser un pariente cercano. La figura es el goel (גֹּאֵל): el redentor familiar. Aparece en Levítico, Números y en el libro de Rut, con funciones muy concretas: restituir la herencia perdida, redimir de la esclavitud, hacer justicia en caso de injusticia grave y levantarse a favor del pariente indefenso.
El principio central es este: solo un pariente cercano podía redimir. No podía hacerlo un extraño. La lógica divina es sencilla: redime alguien que pertenece a la misma familia, que carga el mismo apellido, que comparte la misma historia.
¿Por qué Dios estableció eso? Porque la redención no es un acto frío, legal o externo. Es un acto familiar, de pertenencia. La Biblia no presenta la salvación como un «favor legal», sino como alguien de la propia sangre que entra en la tragedia del otro para rescatarlo desde adentro.
Si la redención la hiciera un ser ajeno, no habría verdadera identificación, ni unión real, ni restauración de la herencia perdida. El goel paga con lo suyo, carga con lo del otro y lo devuelve a casa porque pertenece a su familia. Por eso Cristo tenía que hacerse humano.
Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte. Hebreos 2:14
Para redimir humanos, tenía que hacerse humano. Para ser nuestro goel, tenía que entrar a nuestra familia. No podía redimirnos desde afuera.
Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos… para expiar los pecados del pueblo. Hebreos 2:17
La palabra «debía» (ōpheilen) significa que era obligatorio, era necesario, era una condición indispensable para redimir. La redención no se hace desde lejos: se hace desde la sangre compartida.
Hoy, en el trono del universo, no está sentado un Dios lejano que mira con lástima desde arriba. Está sentado el Hermano mayor, de la misma carne y de la misma sangre.
Por eso se puede correr a Él sin miedo y sin vergüenza: el Redentor vive, y espera con los brazos abiertos para devolver el apellido, la herencia y el abrazo que nunca se debió perder.
Por CHRISTIAN JABLOÑSKI
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