En el post pasado vimos que era la naturaleza caída, pero entender ese problema no es suficiente. Hay que ver cómo se libra realmente la batalla de la fe, qué fuerzas están en juego y cuál es la única clave para la victoria.
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ToggleLas fuerzas internas que nos debilitan
La pregunta que todos se hacen es la misma que le hizo el joven rico a Jesús:
¿Qué bien haré para tener la vida eterna? Mateo 19:16
Para responderla, es necesario tener en mente los componentes de la naturaleza caída. El primero es la inclinación interna al mal: pensamientos oscurecidos, deseos desordenados y emociones distorsionadas que interactúan entre sí y arrastran hacia el pecado.
El segundo es la debilidad física, que no es una inclinación moral en sí misma, pero debilita la resistencia espiritual y hace al ser humano más vulnerable. El tercero es la voluntad, la facultad que permite elegir, pero que está debilitada y esclavizada por los dos componentes anteriores.
A estos tres se suma un cuarto componente fundamental: la motivación. En la naturaleza caída, la motivación está dominada por el orgullo y el egoísmo. Desde la infancia, el ser humano piensa, siente y actúa buscando su propio interés. Si la voluntad es el timón, la motivación es la brújula: la raíz más profunda que define hacia dónde se va realmente.
Las fuerzas externas que potencian la debilidad
La lucha no es solo interna. Hay dos fuerzas externas que potencian esa debilidad.
La primera es Satanás y sus ángeles caídos como agentes espirituales.
…nuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quién devorar. 1 Pedro 5:8
La segunda es el mundo, con sus valores, sistemas y cultura contrarios a Dios.
…el mundo entero está bajo el maligno. 1 Juan 5:19
El mundo representa el conjunto de agentes humanos que Satanás utiliza como herramienta de presión contra el pueblo de Dios. Por eso Juan también advierte que si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él.
No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. 1 Juan 2:15
En total, son tres fuerzas que influyen en la voluntad: dos externas —Satanás y el mundo— y una interna: la naturaleza caída, que la Biblia llama con frecuencia «la carne.» Pablo las menciona a las tres juntas en Efesios 2:2-3, hablando de cómo se seguía la corriente del mundo, al príncipe de la potestad del aire y a los deseos de la carne.
2 en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia. 3 Entre ellos vivíamos también todos nosotros en otro tiempo, andando en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos; y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. Efesios 2:2-3
Pero estas tres fuerzas no están en el mismo nivel. Satanás y el mundo actúan desde afuera. La batalla por la salvación se libra adentro.
Nada hay fuera del hombre que entre en él, que le pueda contaminar; pero lo que sale de él, eso es lo que contamina al hombre. Marcos 7:15
Es en el interior —en los pensamientos, deseos y decisiones— donde se define si el pecado entra o es resistido. Aunque Satanás y el mundo tienten y presionen, la victoria o la derrota se decide en lo más profundo del ser.
¿Debe haber esfuerzo para ser salvo?
Algunos dicen que la salvación no puede implicar esfuerzo porque entonces sería salvación por obras. Sin embargo, la Biblia contiene muchas referencias que afirman claramente lo contrario.
Esforzaos a entrar por la puerta angosta. Lucas 13:24
Aquí dejo varios versículos que hablan sobre la carrera y la batalla del cristiano.
El simple hecho de que la Biblia compare al cristiano con un corredor o un luchador son metáforas que hacen hincapié precisamente en el esfuerzo. Pero que la salvación implique esfuerzo no tiene nada que ver con la salvación por obras. La diferencia está en el lugar donde se libra la batalla.
Si la pelea es por los propios medios contra la propia naturaleza caída, eso es salvación por obras, y el fracaso está garantizado. La batalla espiritual no se libra allí.
Una imagen lo hace claro. El ser humano es como un barco en alta mar enfrentando una tormenta implacable. Satanás es el viento huracanado que intenta desviar el rumbo. El mundo son las olas que golpean constantemente desde afuera. El entendimiento oscurecido son las velas desgarradas, que ya no captan bien la luz de la verdad. Los deseos y emociones son los remos desalineados, que llevan en direcciones caóticas. La fragilidad física es el casco agrietado. La voluntad es el timón debilitado que se desvía fácilmente bajo presión. Y la motivación es la brújula desorientada que marca un «norte» falso de orgullo y egoísmo.
Este barco se hunde seguro si navega solo. Entonces ¿qué podemos hacer para ser salvos?
La única posibilidad para ser salvos: el Espíritu Santo
Después de responderle al joven rico, los discípulos quedaron asombrados y preguntaron:
¿Quién, pues, podrá ser salvo? Mateo 19:25
Y Jesús respondió:
Para los hombres esto es imposible, mas para Dios todo es posible. Mateo 19:26
Con la inclinación interna al mal, una voluntad debilitada y una motivación dominada por el orgullo y el egoísmo, el ser humano no tiene ninguna posibilidad de vencer en la batalla espiritual. A no ser que acepte al Espíritu Santo y le entregue su voluntad para que gradualmente lo vaya transformando.
En eso consiste el verdadero esfuerzo: en entregarle la voluntad al Espíritu Santo. Por naturaleza, el ser humano no quiere cambiar. No quiere dejar sus deseos, vicios ni pensamientos. La Biblia lo expresa con frases como «morir al yo», «negarse a sí mismo» y «estar crucificado con Cristo.»
Al entregarle la voluntad, el Espíritu Santo comienza a realizar en el creyente una transformación gradual. Esa transformación la Biblia la llama metanoia, una palabra griega que significa un cambio de mente, un giro de 180 grados. En español se traduce como «arrepentimiento» y también se denomina «santificación». Son diferentes formas de expresar el mismo proceso.
La voluntad y la motivación se retroalimentan para bien o para mal: cuanto más orgulloso está el ser humano, menos quiere ceder su voluntad al Espíritu Santo; pero cuanto más le entrega su voluntad, más se renueva su motivación. Y de esa forma se produce el fruto del Espíritu.
En primer lugar nuestra lucha no esta en esforzándonos por no pecar sino en esforzándonos por aceptar al Espíritu Santo, entregándole nuestra voluntad. Esforzarse no significa querer salvarse por obras. Esforzarse en luchar solo, es salvación por obras.
Y, en segundo lugar, aceptar al Espíritu Santo, es sinónimo de entregarle nuestra voluntad, porque el único motivo por el que entra el Espíritu Santo en nuestra vida es para transformarnos y, para ello, necesita nuestra autorización.
La función de Cristo: la motivación
Para entregarle la voluntad al Espíritu Santo se necesita una buena motivación, y es aquí donde entra la función de Cristo.
Al vivir una vida de justicia perfecta y morir en la cruz, Cristo concretó diferentes facetas del perdón de Dios, expresadas en términos como propiciación, redención, remisión y expiación. Fue un acto de justificación realizado externamente, disponible para todos los seres humanos. Pero también mostró el amor de Dios en su máxima dimensión y dio el ejemplo de cómo vivir ese amor.
El conocimiento del amor de Dios —cuya máxima expresión fue Cristo— es la motivación que impulsa a permitir que el Espíritu Santo transforme. Ese proceso se llama santificación y se produce en el interior del creyente.
La justificación de Cristo está disponible para todos, pero solo se hace efectiva en quienes no rechazan al Espíritu Santo. La gracia se recibe por medio de la fe. Así, la justificación y la santificación se unen como la obra de un mismo Espíritu.
…el amor de Cristo nos constriñe. 2 Corintios 5:14
«Constriñe» significa impulsa, motiva. Nadie quiere renunciar a sus pasiones ni negarse a sí mismo, porque va en contra de la naturaleza caída. A no ser que haya una tremenda motivación. Y no hay mayor motivación que el amor.
Cristo es el fuego del testimonio, disponible para todos los hombres. Pero ese fuego solo prende cuando, motivados por el amor que Cristo mostró, se le cede la voluntad al Espíritu Santo. El Espíritu es el aceite que cada día da el combustible necesario para que el fuego arda.
…avivad el fuego del don de Dios. 2 Timoteo 1:6
Cristo es también la semilla que debía morir para dar fruto, porque fue en su muerte en la cruz donde se vio la máxima manifestación de su amor. Esa semilla está disponible para todos, pero solo prende cuando se le cede la voluntad al Espíritu Santo. El Espíritu es el agua que cada día riega la tierra árida para que la semilla crezca y se convierta en un árbol que dé fruto.
Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará. Salmos 1:3
La transformación de raíz
La batalla de la fe no se gana con más fuerza humana, sino con una motivación renovada por el amor de Cristo que cambia todo el ser desde adentro.
El entendimiento oscurecido recibe ahora espíritu de sabiduría que alumbra los ojos del corazón. Los deseos de la carne son reemplazados por el andar en el Espíritu, de modo que ya no se satisfacen. Las emociones de ira, envidia y temor dan lugar al amor, el gozo y la paz que el Espíritu produce. Y la voluntad debilitada recibe poder, amor y dominio propio.
El orgullo y el egoísmo empiezan a ser reemplazados por la humildad y la generosidad que se aprenden al contemplar a Cristo.
La pregunta más importante en la batalla de la fe no es «¿qué hago?», sino «¿por qué lo hago?» No se trata de hacer, sino de ser.
…si alguno está en Cristo, nueva criatura es. 2 Corintios 5:17
A eso se refiere la Biblia cuando habla de nacer de nuevo: una transformación de raíz producida por el Espíritu Santo, que no mejora al viejo hombre sino que crea uno nuevo.
Por CHRISTIAN JABLOÑSKI
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