En el camino a la salvación, Satanás ofrece tres atajos tan sutiles que millones de cristianos los siguen sin darse cuenta. Conocerlos es urgente.
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ToggleLas grandes tradiciones cristianas
Tal vez se haya escuchado decir que existen miles de religiones cristianas. Sin embargo, esa es una verdad a medias. Más del 99% de los cristianos en el mundo se encuentran dentro de nueve grandes confesiones: católicos, ortodoxos, pentecostales, bautistas, anglicanos, iglesias reformadas, metodistas, luteranos y adventistas del séptimo día.
Estas tradiciones se distinguen de otros grupos menores porque cumplen tres características fundamentales: poseen una estructura organizada, mantienen una unidad doctrinal reconocible en torno a sus declaraciones oficiales de fe, y aceptan el Credo de Nicea del año 325 y su ampliación en el Credo Niceno-Constantinopolitano del año 381.
En esos dos concilios se formularon las creencias cristianas esenciales: la existencia de un solo Dios manifestado en el Padre; Jesucristo, coeterno con el Padre y de la misma sustancia divina, encarnado, crucificado, resucitado, ascendido al cielo y que volverá en gloria; la fe en el Espíritu Santo, tercera persona de la Deidad; y la confesión de una Iglesia universal, un solo bautismo para el perdón de los pecados, la resurrección de los muertos y la vida del mundo venidero.
Por eso estas tradiciones se denominan confesiones cristianas niceanas: comparten las creencias fundamentales de dichos credos, aunque difieren en la interpretación de algunos artículos y presentan diferencias notables en otros aspectos de fe y práctica.
El 1% restante está formado por grupos independientes o minoritarios que entran en la categoría niceana pero carecen del mismo grado de organización global, y por grupos que se consideran cristianos pero no adhieren al credo de Nicea porque sus doctrinas sobre la naturaleza de Dios y de Cristo difieren de manera significativa.
Los Testigos de Jehová, por ejemplo, no reconocen a Cristo como plenamente divino, y los mormones tienen una concepción de la Deidad que no corresponde a la Trinidad histórica.
Convencidos, pero no convertidos
Estas grandes confeciones, a pesar de sus diferencias doctrinales, comparten un punto importante: ninguna afirma tener la exclusividad de la salvación. Reconocen, aunque con distintos matices, que hay verdaderos hijos de Dios en todas las tradiciones y que la salvación no se limita a los miembros de una sola iglesia.
Sin embargo, Jesús habló con insistencia sobre quienes están dentro de la iglesia pero fuera del reino: los convencidos pero no convertidos.
Cuando las enseñanzas de Jesús describen a los «perdidos», no se refieren a los paganos o infieles, sino a los que están dentro del rebaño. Él los llamó «las ovejas perdidas de la casa de Israel.» Hoy la situación es la misma: en las iglesias conviven justos e injustos.
En Mateo 13, Jesús dijo que el trigo y la cizaña crecen juntos en el mismo campo, pero la cizaña es echada al fuego. En el mismo capítulo, comparó el reino con una red que recoge toda clase de peces, de los cuales solo los buenos se guardan y los malos se desechan.
En Mateo 22, mostró que muchos asisten a las bodas, pero el que no tenía el vestido fue echado fuera. Y en Mateo 25 explicó que diez vírgenes esperaban al novio: las cinco que tenían aceite en sus lámparas pudieron entrar, pero las cinco que no lo tenían quedaron afuera.
Estos pasajes no hablan de cristianos versus no cristianos. Las diez vírgenes esperaban al novio, y los que no tenían el vestido habían llegado a la boda. Son creyentes que están dentro de la iglesia… esperando al novio… pero fuera del reino.
El mensaje se entiende con más fuerza en Apocalipsis:
15 ¡Ojalá fueses frío o caliente! 16 Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. Apocalipsis 3:15-16
El frío está fuera de la iglesia y sabe que está lejos de Dios. El caliente representa a los hijos fieles. Pero los tibios, que se sienten seguros dentro de la iglesia, no se dan cuenta de que serán rechazados.
Los tres atajos engañosos
Cuando Jesús fue llevado al desierto para ser tentado, Satanás le ofreció un atajo: todos los reinos del mundo, sin necesidad de pasar por la cruz, a cambio de adoración. Gracias a Dios, Jesús rechazó la oferta engañosa y nos rescató con su preciosa sangre.
Cada día, Satanás ofrece a los cristianos caminos parecidos: atajos que parecen de salvación, pero que en realidad apartan del verdadero camino. El objetivo es siempre el mismo: hacer creer que se puede llegar al cielo sin arrepentimiento ni transformación, impidiendo que el Espíritu Santo obre en la vida del creyente.
El primer atajo: la religión de los ritos.
El primer engaño es creer que la salvación depende del cumplimiento de ciertos ritos o sacramentos. Nadie se perderá por creer sinceramente que debe realizarlos, pero si se cree que esa práctica reemplaza una transformación genuina del carácter a semejanza de Cristo, se ha caído en el sutil engaño del enemigo.
El segundo atajo: la fe sin obras.
El segundo gran engaño es pensar que, como Cristo ya hizo todo en la cruz, no es necesario hacer nada más que creer. El creyente cree tener fe en Cristo, pero al no haber transformación en su vida, la Biblia describe esa creencia como «fe muerta.» El engaño es distinto al anterior, pero el resultado es el mismo: no hay crecimiento en amor, no hay fruto del Espíritu, porque no se le permite al Espíritu que transforme.
El tercer atajo: las obras sin arrepentimiento.
El último engaño es muy parecido al primero. Se considera importante realizar buenas obras y cumplir la ley de Dios, y se hace un esfuerzo genuino en ello, pero sin una verdadera transformación interior. Se cree que el simple hecho de realizar obras exime de un arrepentimiento genuino que siempre implica una transformación profunda.
En esencia, el mensaje implícito es: «Señor, yo hago lo que tú me pidas, pero no me cambies.» Y de esa forma, Cristo no puede vivir en el creyente, porque se le cierra la puerta al Espíritu Santo. De nada sirve haber profetizado, echado fuera demonios o hecho milagros si al final el Señor declara: «Nunca os conocí; apartaos de mí, obradores de maldad.»
22 Muchos me dirán en aquel día: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?” 23 Entonces les declararé: “Nunca os conocí. ¡Apartaos de mí, hacedores de maldad!” Mateo 2:22-23
Tres preguntas para la reflexión sincera: ¿Hay un crecimiento real en la vida espiritual? ¿Se está creciendo en amor a Dios y a los demás? ¿O se sigue siendo la misma persona de siempre?
Defender la verdad sin dejar de amar
Si ese crecimiento es genuino, el amor por los demás llevará inevitablemente a un desafío: ¿cómo defender la verdad sin dejar de amar?
En el mundo cristiano, dos palabras generan un gran debate y se usan con frecuencia sin su verdadero significado bíblico. «Secta» se refiere a un grupo con doctrinas diferentes de la religión principal, separándose de ella. «Hereje» designa a quien se desvía de la doctrina de una religión.
Con el tiempo, y especialmente a partir de eventos como la Inquisición, estas palabras adquirieron una connotación sumamente negativa. Hoy evocan imágenes de movimientos siniestros y personas casi endemoniadas.
Los seguidores de Cristo son hoy aproximadamente un tercio de la población mundial. En lugar de predicar el amor de Dios y las buenas nuevas del evangelio con celo, con frecuencia el énfasis se pone en denigrar a quienes piensan diferente. Se acusan mutuamente de ser sectas y herejes con tanto entusiasmo que no parecen verdaderos seguidores de Cristo.
…por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno. Juan 17:21
No se trata de ecumenismo doctrinal, sino de tener amor aun en las diferencias. Es imposible que los 2.500 millones de cristianos del planeta piensen lo mismo en todos los aspectos. Pero no irá al cielo el que más sepa o menos equivocado esté, sino aquel que, motivado por el amor, le entregue su voluntad al Espíritu Santo para que lo transforme a imagen y semejanza de Cristo.
El conocimiento envanece, pero el amor edifica. Y si alguno se imagina que sabe algo, aún no sabe nada como debe saberlo. Pero si alguno ama a Dios, es conocido por él. 1 Corintios 8:1-2
El conocimiento doctrinal no es el fin en sí mismo. No se trata de ser salvo por acumular más información, sino de amar a Dios con todo el ser. Sin embargo, ese conocimiento es fundamental porque muestra el amor de Dios y enseña cómo responder a ese amor.
Pablo predicaba el evangelio con celo. Pero cuando era Saulo de Tarso y perseguía y mataba a los cristianos, también predicaba con celo. La diferencia es que antes su celo estaba basado en el odio, y después de encontrarse con Cristo, su celo estaba basado en el amor. Por eso se debe enseñar la sana doctrina con celo y pasión, sin caer en la agresión ni el insulto.
Consejos prácticos para contender con amor
Evalúa la motivación. Antes de hablar, conviene preguntarse si el objetivo es glorificar a Dios o simplemente ganar una discusión. La verdadera defensa de la fe brota del amor por la verdad, no de la necesidad de tener la razón.
Habla con gracia. Firmes en la verdad, pero amables en el trato. Como dice Colosenses 4:6, las palabras deben ser «sazonadas con sal.» La gracia es el vehículo que permite que la verdad penetre en el corazón en lugar de chocar contra la resistencia.
Enfócate en la enseñanza, no en la persona. Al enfrentar un error, hay que atacar siempre a la idea, no al individuo. Corregir para restaurar, no para humillar. El tono puede ser directo y sin concesiones, pero nunca degradante ni vengativo. Insultar —atacar la dignidad de la persona, usar palabras que buscan herir o ridiculizar— está fuera del carácter de Cristo.
Sé prudente al juzgar intenciones. «No juzguéis, para que no seáis juzgados» Mateo 7:1. La Biblia no condena de la misma forma a quien se equivoca por ignorancia que al falso maestro que engaña por interés. Pero solo Dios ve el corazón de las personas.
En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros. Juan 13:35
Solo el Espíritu Santo puede dar la madurez espiritual para obtener este equilibrio, que no es una opción, sino la esencia del carácter de Cristo que todo creyente está llamado a reflejar.
Por CHRISTIAN JABLOÑSKI
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