¿Quién decide tu salvación: Dios o tú? Lo que nadie te explicó

Hoy en día los cristianos entienden la salvación desde cuatro perspectivas principales, cada una con profundas implicaciones para la fe y la relación con Dios. Todos los cristianos afirmamos que somos salvos por gracia por medio de la fe. Pero no de la misma manera. ¿Cómo se llegó a estas diferentes formas de entender la salvación?

Las definiciones de fe y salvación como punto de partida

La fe es un don del Espíritu Santo que nos guía a tener plena confianza en la palabra de Dios, basada en una relación de amor con Él, quien nos transforma a su imagen y produce en nosotros buenas obras.

Una definición de "fé"

Y a partir de esa definición, la salvación puede entenderse así: es el proceso por el cual Dios, por su gracia, nos justifica mediante la obra redentora de Cristo en la cruz, por medio de la fe, santificándonos a través del Espíritu Santo, quien nos transforma a su imagen y produce en nosotros buenas obras.

Una definición de "salvación"

Aunque esta definición refleja un amplio consenso cristiano, las religiones difieren bastante en cómo ocurre ese proceso, generando importantes diferencias prácticas a la hora de buscar la entrada al reino de los cielos.

Las cuatro ramas de la teología

Para comprender la Palabra de Dios y su impacto en nuestras vidas, la teología se apoya en cuatro ramas fundamentales. La Teología Exegética emplea diversas herramientas para extraer de manera fiel las enseñanzas del texto bíblico. 

La Teología Histórica explora cómo las doctrinas han evolucionado a lo largo del tiempo. La Teología Sistemática organiza todas las doctrinas de manera lógica para que hagan coherencia entre ellas. Y la Teología Pastoral aplica estas verdades a la vida diaria de una forma práctica.

Las cuatro ramas de la teología

El campo que estudia la doctrina de la salvación se llama Soteriología. Puede analizarse desde la exégesis bíblica, examinando versículos y simbología para sostener las definiciones con un fundamento sólido en las Escrituras. Pero también puede explorarse desde la Teología Histórica, que es la herramienta que se utilizará en este recorrido.

El objetivo es examinar cómo los grandes teólogos reflexionaron intensamente sobre el concepto de salvación, y de qué forma y en qué contexto histórico se formaron las cuatro creencias abrazadas actualmente por casi todo el cristianismo.

Este recorrido histórico abarca dos grandes preguntas. La primera es la que se desarrolla aquí: ¿cooperamos con Dios en la salvación?, donde se analiza el concepto de la predestinación para encontrar la respuesta. 

La segunda pregunta —¿cómo debemos cooperar con Dios?— será objeto de un estudio aparte, y es allí donde las dos corrientes soteriológicas se transforman en cuatro, especialmente a causa de las diferentes interpretaciones de los sacramentos.

La pregunta central: ¿cooperamos con Dios en la salvación?

La pregunta más importante que los teólogos han intentado responder es la misma que le hizo el joven rico a Jesús:

¿Qué haré para heredar la vida eterna? Lucas 18:18

Esa pregunta se desglosa en dos partes: si el ser humano debe cooperar con Dios en la salvación, y si es así, qué debe hacer.

Con respecto a la primera pregunta, una parte importante del cristianismo dice que no. Según esta perspectiva, el hombre no tiene participación ni cooperación en el proceso de salvación, ya que de ser así sería una salvación basada en obras, lo cual contradice la gracia.

En teología, esta postura se llama monergismo, un término que proviene del griego: mono = uno, ergon = trabajo. Dios es el único agente activo en el proceso de salvación. La gracia y la fe de los salvos son irresistibles desde la elección hasta la glorificación.

Si esto es así, surge una pregunta inevitable: ¿por qué algunos se salvan y otros no? Según esta postura, la respuesta está en la soberanía de Dios. Él predestina quiénes serán salvos, no basándose en ningún mérito o decisión del hombre, sino únicamente en su voluntad soberana.

Por otro lado, otros afirman que sí hay participación humana en el proceso de salvación. Esta postura se llama sinergismo. Los sinergistas sostienen que, gracias a la gracia preveniente, el libre albedrío es restaurado y habilitado para cooperar con Dios.

El sinergismo y monergismo

La gracia y la fe de los salvos puede ser rechazada y abandonada. Y de esta forma, Dios predestina muchas cosas, pero no quién se salva y quién se pierde. El ser humano tiene la capacidad de decidir si creer o no, de aceptar o rechazar la gracia.

La gracia preveniente: un punto de acuerdo universal

Muchas veces, al defender la postura monergista, se plantea el siguiente argumento: «La voluntad humana está completamente incapacitada por el pecado para buscar o responder a Dios por sí misma.» Esta afirmación es correcta y se conoce como gracia preveniente y necesaria, un concepto aceptado por todo el cristianismo, incluyendo a los sinergistas.

Es gracias a la intervención del Espíritu Santo en la vida del ser humano que el libre albedrío es habilitado, permitiéndole responder a Dios. Sin esa intervención, la voluntad está esclavizada bajo el poder del mal.

10 Como está escrito:
«No hay justo, ni aun uno;
11 no hay quien entienda,
no hay quien busque a Dios.
12 Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles;
no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Romanos 3:10-12
Nadie puede venir a mí, si el Padre, que me envió, no lo atrae; y yo lo resucitaré en el día final. Juan 6:44

Este concepto no le resta mérito a la soberanía absoluta de Dios, ya que es su gracia preveniente la que permite al ser humano elegir, dejando espacio para el libre albedrío a partir de ese momento.

La predestinación: lo que Dios sí predestinó y lo que no

La Biblia habla de predestinación, aunque solo en seis versículos. Los sinergistas no niegan la predestinación. 

Hay muchísimas cosas que Dios predestinó: todo el plan de redención de Cristo, su primera y segunda venida fue predestinado desde antes de la creación del mundo; también que su Iglesia se estableciera; el propósito de los salvos; las condiciones para su salvación; y qué tipo de personas deberían ser o qué requisitos Dios en su soberanía pediría para conferir la gracia ofrecida. En ese sentido, la predestinación está basada en su soberanía.

Pero Dios no predestina quiénes serán los que se salvan. Él sabe quiénes serán, pero eso no significa que los predestine individualmente. En ese sentido, su predestinación está basada en su presciencia. Es como ver una película dos veces: ya se sabe cómo termina, pero ese conocimiento no determina las decisiones de los personajes.

La predestinación

Este no es un concepto nuevo. Ya en el siglo II, Ireneo de Lyon y Justino Mártir afirmaban que la presciencia de Dios no anula el libre albedrío.

Ireneo de Lyon y Justino Mártir acerca de la predestinación

Un ejemplo bíblico lo ilustra bien. Dios le dijo a Abraham que su pueblo estaría en tierra ajena cuatrocientos años y luego los liberaría. El plan de liberación estaba predestinado.

También estaba predestinado que entrarían a Canaán. Dios quería que entraran los que sacó de Egipto, pero ellos se rebelaron y decidieron no creer en Él. Dios aceptó esa decisión y cumplió su plan predestinado con la generación siguiente.

Así como respetó la voluntad de los ángeles caídos que decidieron seguir a Satanás, respeta la voluntad humana. No hay mayor muestra de libre albedrío que la cruz de Cristo. Dios asegura la libertad de sus criaturas aunque ello le cueste la sangre de su propio Hijo.

Fue precisamente la errónea comprensión del concepto de la predestinación la que llevó a algunos teólogos a defender el monergismo y, como consecuencia, hoy hay más de 150 millones de cristianos que abrazan esta doctrina.

El recorrido histórico: ninguna doctrina surge en el vacío

Actualmente existen dos grandes corrientes dentro del monergismo y dos grandes corrientes dentro del sinergismo. Para entender cómo se llegó a ellas, es necesario recorrer la historia. Ninguna doctrina surge en el vacío: cada una está profundamente influenciada por su contexto histórico, es decir, por el contexto social, político y teológico-filosófico de su época.

Pelagio: la salvación por obras propias

En el siglo IV surgió una figura que desató uno de los debates teológicos más importantes sobre la salvación: el monje británico Pelagio. Según él, el pecado de Adán era más bien superficial y no había corrompido la naturaleza humana de forma radical, sino que había sido un mal ejemplo que los seres humanos podían evitar imitando la vida de Cristo y tomando decisiones correctas.

En este marco, la gracia divina no era estrictamente necesaria. Los seres humanos podían lograr la salvación por sus propios méritos y libre albedrío: bastaba con dejar de pecar y vivir en obediencia.

Esta enseñanza fue vista como una amenaza por muchos teólogos de la época, porque defendía directamente la salvación por obras y por el esfuerzo personal.

Agustín de Hipona: la respuesta al pelagianismo

Uno de los críticos más destacados de Pelagio fue Agustín de Hipona, conocido en el cristianismo histórico como «San Agustín», sin duda una de las figuras más influyentes en la evolución histórica de la doctrina de la salvación.

Agustín respondió con contundencia afirmando que el pecado no es un problema superficial, sino que ha corrompido profundamente toda la naturaleza humana, lo que llamó «depravación total.»

Es importante entender este término correctamente: no significa que las personas sean lo más malas posible, sino que el pecado ha afectado todas las áreas del ser humano: la mente, los sentimientos, la voluntad y las acciones.

A partir de ahí, Agustín explicó dos conceptos importantes. La gracia es preveniente: sin su intervención primera, el hombre no puede responder a Dios. En ese estado de depravación total donde toda la naturaleza, incluida la voluntad, estaba caída, el hombre no podía buscar ni elegir a Dios por sí mismo.

Y la gracia es también necesaria: la habilita para aceptar la salvación, porque sin la intervención de la gracia divina es totalmente imposible para el hombre reconciliarse con Dios.

Agustín de Hipona y Pelagio

Este es también el sentido del pecado imperdonable contra el Espíritu Santo: cuando se lo rechaza completamente, la gracia ya no alcanza al ser humano, su voluntad queda esclavizada por el pecado y ya no puede responder positivamente al llamado de Dios. Este principio fue adoptado por unanimidad por todo el cristianismo.

Ninguna doctrina surge en el vacío. Agustín no era una excepción. En su juventud había abrazado el maniqueísmo, una religión dualista que enseñaba que el mundo estaba en una constante lucha entre el bien —la luz— y el mal —la oscuridad—, considerados fuerzas opuestas y eternas. Agustín encontró en esa doctrina una explicación para la existencia del mal sin culpar directamente a Dios.

Sin embargo, con el tiempo la abandonó y comprendió que el mal no es una fuerza autónoma equivalente al bien, sino la ausencia de Dios, tal como la oscuridad no es una entidad en sí misma sino la ausencia de luz.

A partir de entonces, afirmó que Dios es el único creador y gobernante supremo, incluso sobre lo que percibimos como mal, y la soberanía absoluta de Dios se convirtió en un pilar central de su teología.

Maniqueísmo y Pelagio como contexto de la teología de Agustín

Este pilar, combinado con su debate contra Pelagio y su necesidad de refutar la salvación por obras, llevó a Agustín a enseñar que Dios sí predestina la salvación de los hombres basado únicamente en su soberanía.

El ser humano no tenía ningún mérito en su salvación y no cooperaba en absoluto con la gracia. Sin embargo, también sostenía que la gracia era ofrecida a todos y que la expiación de Cristo fue universal.

Para los salvos, la gracia era irresistible —lo que más adelante se llamaría «predestinación positiva»—, aunque Agustín no usó ese término. Pero no hacía responsable a Dios por los perdidos: en el caso de ellos, se perdían por haber decidido voluntariamente rechazar la gracia. Es decir, para ellos la gracia sí era resistible.

Esto creó una contradicción difícil de armonizar: la oferta de la gracia resultaba en la práctica desigual. Para los salvos, elegidos por Dios, la gracia es irresistible y eficaz. Para los perdidos, la gracia es resistible e ineficaz.

Agustín no resolvió esta contradicción porque su enfoque no era construir una teología sistemática, sino defender la soberanía de Dios y refutar la salvación por obras. No negaba la paradoja, sino que la consideraba un misterio divino que la mente humana no podía entender completamente.

Agustín también era ambiguo al decir que la gracia era únicamente por voluntad de Dios y que los salvos eran predestinados sin ningún mérito humano, pero a la vez hablaba de las buenas obras y los sacramentos como parte de la cooperación humana, sin aclarar esta dicotomía y dejando abierta la interpretación de su pensamiento.

Contradicciones en las ideas de Agustín

El Concilio de Cartago (418 d.C.) y la condena del pelagianismo

En el año 418 se realizó el Concilio de Cartago, donde se declaró a Pelagio hereje, afirmando que la gracia de Dios es preveniente y esencial para todo acto de fe o salvación, basándose en las enseñanzas clave de Agustín. A partir de entonces, las teorías de Pelagio que defendían una salvación cien por ciento por obras desaparecieron del cristianismo como una herejía.

El semipelagianismo y su condena (529 d.C.)

Como respuesta a las enseñanzas extremas de Agustín, surgió el semipelagianismo en las regiones del sur de la Galia —lo que hoy es Francia—. El término no fue acuñado durante su tiempo, sino posteriormente por sus críticos.

El semipelagianismo rechazaba la «depravación total» de Agustín y negaba la necesidad de la gracia preveniente para iniciar el camino hacia Dios, afirmando que el ser humano podía dar el primer paso hacia la salvación. Suavizaba el extremismo de Pelagio al reconocer que Dios interviene con su gracia en el proceso de salvación, pero solo después del esfuerzo humano inicial.

En el año 529, el segundo Concilio de Orange rechazó oficialmente la idea de que la salvación se inicie con una respuesta humana anticipada, condenó el semipelagianismo y lo hizo desaparecer como corriente dentro del cristianismo.

Pero su influencia provocó el surgimiento de una nueva línea de pensamiento que suavizó algunas de las posturas extremas de Agustín, conocida más adelante como «semi-agustinismo», un término retrospectivo utilizado por los teólogos para describir una posición intermedia entre el agustinismo estricto y el semipelagianismo.

Esta doctrina, en su etapa inicial surgida del Concilio de Orange, fue adaptada y desarrollada con el tiempo, dando lugar a nuevas expresiones doctrinales. Es la base de la doctrina soteriológica oficial de la Iglesia Católica y contiene principios compartidos por las Iglesias Ortodoxas.

Del concilio de Cartago al concilio de Orange

Ni en el Concilio de Orange ni a lo largo de toda la Edad Media, la Iglesia se expresó explícitamente sobre la predestinación o si el hombre participa o no en su salvación o si la gracia era resistible para los salvos. Se enfatizaba la necesidad absoluta de la gracia divina y el deseo de Dios de que todos se salven, tal como lo expresa el Concilio de Quierzy (853 d.C.):

«Dios omnipotente quiere que todos los hombres sin excepción se salven… Que algunos se salven, es don del que salva; que algunos se pierdan, es mérito de los que se pierden.»

En el siglo XIII, Tomás de Aquino, considerado Doctor de la Iglesia, decía que Dios predestina a alguien sin forzar el libre albedrío humano, intentando equilibrar la soberanía de Dios con el libre albedrío, aunque sin poder escapar de afirmaciones contradictorias. Pero sus afirmaciones eran reflexiones teológicas personales, no posturas oficiales de la Iglesia.

No obstante, en la práctica la Iglesia se alejó del énfasis en la soberanía absoluta de la gracia y, con el tiempo, adoptó un enfoque que daba un papel más activo a la cooperación del hombre en su salvación. Este cambio se reflejó en el creciente poder de los sacramentos, las indulgencias y las obras penitenciales.

La postura de la Iglesia pasó a ser indudablemente sinergista, y reafirmó que la gracia era resistible para los perdidos, es decir, que Dios no predestina activamente a nadie a la condenación.

El equilibrio entre predestinación y libertad humana no se resolvió completamente, sino que se dejó como un «misterio»: la soberanía de Dios y la libertad humana son verdades coexistentes que la teología medieval no intentó explicar más allá de esa afirmación.

Agustinismo y semi-agustinismo temprano

Martín Lutero y el monergismo luterano

Durante más de diez siglos no hubo aportes significativos en la doctrina oficial de la salvación. El contexto histórico no favorecía los cambios: la Iglesia Católica ostentaba un gran poder y cualquiera que se apartara de los postulados oficiales corría el riesgo de ser acusado de herejía. Este clima de control doctrinal marcó un largo período de estancamiento en la teología de la salvación, hasta que en el siglo XVI surgió Martín Lutero.

Como monje agustino, Lutero pertenecía a una orden que seguía las enseñanzas de Agustín, especialmente su énfasis en la soberanía divina. En esa época, la Iglesia Católica abusaba de las bulas papales y enseñaba que la salvación podía obtenerse mediante pagos económicos como las indulgencias —abusos que la propia Iglesia condenó más tarde—.

Así como Agustín había debatido contra la doctrina de la salvación por obras de Pelagio, Lutero protestó contra la salvación basada en las obras, las bulas y las indulgencias de la Iglesia Católica de la época. La influencia de Agustín y este contexto histórico llevaron a Lutero a rechazar radicalmente la idea de que el ser humano pudiera contribuir de alguna manera a su propia salvación.

Lutero entra en el mapa

Con el objetivo de combatir la salvación por obras, Lutero dedicó sus esfuerzos a demostrar que la salvación no era un proceso en el que Dios y el hombre cooperaban, sino una obra exclusivamente divina. Este acto marcó el inicio de la Reforma Protestante y sentó las bases del monergismo luterano.

El luteranismo enseña que Cristo murió por todos, reflejando el deseo de Dios de que todos sean salvos. Mediante una gracia irresistible, Dios elige soberanamente a los salvos desde antes de la fundación del mundo, asegurando su salvación —predestinación positiva—.

Para Lutero, la voluntad humana está totalmente esclavizada y el libre albedrío no participa en el proceso de salvación. Y los no salvos sí pueden resistir la gracia: se pierden por su propio rechazo, ya que Dios no predestina activamente a nadie a la condenación.

La teología de Lutero

El luteranismo mantiene así la misma contradicción que Agustín no pudo explicar: la gracia es irresistible para los elegidos, pero puede ser rechazada por los no elegidos. Dios predestina a los creyentes a la salvación, pero no predestina activamente a nadie a la condenación, lo que parece desigual.

Los luteranos asumen esta tensión como un misterio divino que está más allá de la comprensión humana: la soberanía de Dios aplicada a la predestinación de los salvos y la responsabilidad humana adjudicada a los que se pierden son verdades coexistentes que deben aceptarse aunque no puedan reconciliarse completamente desde una perspectiva racional.

Juan Calvino y la doble predestinación

En el siglo XVI, tras las reformas iniciadas por Lutero, surgió Juan Calvino, un destacado teólogo francés exiliado en Ginebra, seguidor de las enseñanzas de Agustín e influenciado en parte por Lutero.

Los abusos de poder en la Iglesia Católica y el sistema sacramental que otorgaba cada vez más control institucional sobre la salvación llevaron a Calvino a rechazar cualquier sistema que subordinara la gracia de Dios a esfuerzos humanos o instituciones.

Calvino entra en el mapa

A través de su obra Institución de la Religión Cristiana, publicada en 1536, Calvino dio forma a un enfoque monergista que sostiene que la salvación es exclusivamente obra de Dios, anulando totalmente la acción del libre albedrío humano.

Si bien Calvino no desarrolló explícitamente la doctrina de que Cristo murió solo por los elegidos, el calvinismo posterior adoptó el concepto de la expiación limitada en los Cinco Puntos del Calvinismo, formulados en el Sínodo de Dort en 1619.

Calvino coincidía con Lutero en que Dios predestinaba a los salvos y en que la gracia era irresistible para ellos. Sin embargo, en su teología sistemática no había lugar para la contradicción de que los salvos no podían rechazar la gracia y los perdidos sí, y resolvió esa contradicción radicalizando aún más la postura de la predestinación.

Calvino enseñó también la irresistibilidad de la condenación, señalada como predestinación negativa. Según Calvino, Dios decide no conceder su gracia salvadora a algunos, dejándolos en su estado natural de pecado, lo que resulta en su justa condenación. Este acto pasivo de no elegirlos se denomina «reprobación.» En el calvinismo, los salvos son llamados «elegidos» y los perdidos «réprobos.»

Esta doctrina de la doble predestinación ha sido una de las más polémicas dentro del calvinismo. En la práctica, tanto el luteranismo como el calvinismo enseñan lo mismo: quienes no son elegidos por Dios para salvarse no pueden evitar perderse. Sin embargo, sus explicaciones difieren sutilmente.

El luteranismo sostiene que Cristo murió por todos, que Dios desea salvar a todos y que su gracia se ofrece universalmente, dejando que la incredulidad humana explique la condenación. El calvinismo enseña que Cristo murió solo por los elegidos, ya que la expiación es limitada, y que la gracia no se ofrece a quienes se pierden.

La teología de Calvino en comparación con la de Lutero

El calvinismo es el sistema más monergista de todos y el que menos participación le adjudica al ser humano en el proceso de salvación y perdición.

En teología existen varias palabras para describir cosas difíciles de explicar: tensión, paradoja, misterio, enigma y contradicción, y cada una tiene una connotación diferente. Las religiones monergistas ven el tema de la predestinación como un misterio no revelado que no se puede entender totalmente y lo dejan en manos de la soberanía de Dios.

Sin embargo, esto no es un misterio no revelado sino una contradicción causada por la malinterpretación del concepto de la predestinación. Una contradicción ocurre cuando dos ideas son completamente incompatibles y contradicen la razón y la lógica: como afirmar que Dios predestina a los salvos pero no a los condenados, tal como hace el luteranismo, o que Dios crea personas destinadas desde antes de nacer a la tortura del infierno eterno y a la vez sea un Dios de amor, como afirma el calvinismo.

El Concilio de Trento y la Contrarreforma

Poco después de las enseñanzas de Calvino se organizó el Concilio de Trento a mediados del siglo XVI. Las críticas hacia la corrupción interna de la Iglesia Católica crecían impulsadas por la Reforma protestante.

En respuesta, la Iglesia inició la Contrarreforma, siendo el Concilio de Trento su herramienta principal para definir de manera sistemática las doctrinas sobre la salvación, la gracia, los sacramentos y la fe.

La Iglesia Católica respondió reafirmando la primacía de la gracia divina en la salvación, pero subrayando también la cooperación humana a través de las obras y los sacramentos. El Concilio de Trento consolidó la postura semi-agustiniana como posición oficial de la Iglesia Católica, vigente hasta nuestros días.

El semi-agustinismo entra en el mapa

Aunque el concilio no profundizó en detalles sistemáticos sobre la predestinación debido a su complejidad y al riesgo de divisiones internas, estableció varios puntos clave. Afirmó que la salvación requiere la cooperación humana con la gracia divina, rechazando categóricamente la idea de una predestinación incondicional de los salvos y la doble predestinación propuesta por el calvinismo.

Declaró que Cristo murió por todos los seres humanos, rechazando de forma contundente la expiación limitada de los calvinistas. Y enseñó que la gracia puede ser aceptada o rechazada dependiendo del ejercicio del libre albedrío, tomando así una postura sinergista. Para ambos casos —salvos y perdidos—, la gracia es resistible.

La teología del semi-agustinismo

Jacobo Arminio y el arminianismo

En el año 1560 nació Jacobo Arminio, un teólogo protestante que inicialmente defendió el calvinismo. Sin embargo, sus estudios profundos en la Biblia lo llevaron a replantear sus creencias. Llegó a la convicción de que la doctrina calvinista de la predestinación no se correspondía con la naturaleza amorosa de Dios.

Arminio entra en el mapa

Aunque la Iglesia Católica históricamente había mantenido un enfoque sinergista sobre la salvación, no había formulado una doctrina tan sistemática sobre la predestinación, la soberanía divina y el libre albedrío como lo hizo Arminio. 

Su obra marcó un punto crucial en la teología protestante, ofreciendo una alternativa al calvinismo que daría origen al arminianismo, una corriente que sigue influyendo en muchas denominaciones cristianas hasta hoy.

El arminianismo afirmaba que Dios ya sabe quién se salvará, porque conoce el final desde el principio, tal como dice Isaías:

9 …yo soy Dios… 10 que anuncio lo por venir desde el principio. Isaías 46:9-10

Pero la presciencia de Dios sobre quién se salva no predestina para salvación. Ese conocimiento no obliga a Dios a usar su soberanía para decidir individualmente quién se salva. Son dos cosas diferentes, y esto es lo que Agustín y sus seguidores no entendieron.

Cristo murió por todos los seres humanos, pero solo aquellos que creen en Él se benefician de su sacrificio. La expiación es suficiente para todos, pero eficaz únicamente para los que la aceptan por fe.

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Juan 3:16

Versículos que afirman que Cristo murió por todos

Por ende, la gracia es resistible tanto para los salvos como para los perdidos. El que decide aceptarla se salva y el que decide rechazarla se pierde según su libre albedrío. La oferta de la gracia es así justa e igual para todos.

He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él. Apocalipsis 3:20

La teología de Arminio
Versículos que afirman que la salvación depende de nuestra decisión

¿Cómo armonizar la soberanía de Dios con el libre albedrío?

¿Cómo se armoniza el concepto de soberanía de Dios si no se acepta la predestinación? ¿Y cómo se defiende el libre albedrío sin que sea salvación por obras?

La Biblia enseña que la salvación es cien por ciento obra de Dios y que el ser humano no coopera en términos de mérito, sino únicamente respondiendo a la gracia, o dicho de otro modo, no rechazándola. Y así, en el concepto de fe, la única cooperación consiste simplemente en no rechazar la gracia. Tal como enseñan estos versículos:

»¡Duros de cerviz! ¡Incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros. Hechos 7:51

Mirad que no desechéis al que habla, pues si no escaparon aquellos que desecharon al que los amonestaba en la tierra, mucho menos nosotros, si desechamos al que amonesta desde los cielos. Hebreos 12:25

Las cuatro corrientes soteriológicas actuales

De esta forma pueden identificarse cuatro líneas de pensamiento agrupadas en dos corrientes soteriológicas.

Por un lado, la tradición reformada con su doctrina calvinista y los luteranos adoptaron una postura monergista, que afirma que no existe cooperación humana en el proceso de salvación.

Por otro lado, el resto de las iglesias cristianas sostiene una postura sinergista, que defiende la idea de que sí hay cooperación entre el ser humano y Dios mediante el ejercicio del libre albedrío en el proceso de salvación.

La segunda pregunta —cómo cooperamos con Dios— la analizaremos en el siguiente artículo, es donde el enfoque cambia y las dos ramas se transforman en cuatro, especialmente a causa de las diferentes interpretaciones que se le dan a los sacramentos.

Por CHRISTIAN JABLOÑSKI

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