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La VERDAD sobre la Fecha de Nacimiento de Jesús

Todo el ministerio de Cristo está representado o tipificado por los departamentos y las fiestas del Santuario. Estas tipologías proféticas marcan el tiempo señalado de cada uno de los acontecimientos más importantes de su vida. De la misma forma que la Pascua apuntaba a su muerte, la fiesta de los tabernáculos —llamada en hebreo Sukkot— es la fiesta que representa su venida. La Biblia deja pistas suficientes para concluir que Jesús nació precisamente durante esa festividad.

Por qué el 25 de diciembre no puede ser la fecha correcta

Aunque la Navidad comenzó a celebrarse el 25 de diciembre ya en el siglo IV y fue reconocida formalmente como solemnidad en la liturgia romana durante la Edad Media, es ampliamente reconocido en el mundo cristiano que esa fecha no corresponde al nacimiento real de Jesús.

Lo que ocurrió fue que en el paganismo romano, el 25 de diciembre se celebraba el nacimiento del Sol Invicto, una festividad dedicada al sol que coincidía con el solsticio de invierno. La Iglesia eligió esa fecha para «cristianizar» una festividad pagana. 

Hay tres razones bíblicas concretas que hacen improbable un nacimiento en diciembre.

La primera: en invierno, los pastores no estarían pastando el rebaño de noche.

…los pastores velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño. Lucas 2:8

Cuidar el rebaño al aire libre de noche era algo que no se hacía en invierno debido al frío y la lluvia.

La segunda: en invierno no se promulgaría un empadronamiento.

1 …se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado… 3 e iban todos para ser empadronados, cada uno a su ciudad. Lucas 2:1,3

Jamás el gobierno romano habría ordenado un censo en invierno, ya que obligar a la gente a viajar largas distancias en mal clima habría sido impráctico y riesgoso. Para una mujer embarazada como María, un viaje invernal lo hace aún más improbable.

La tercera: en invierno, el mesón no estaría lleno de huéspedes.

…no había lugar para ellos en el mesón. Lucas 2:7

Que Belén estuviera llena de visitantes es algo más coherente con una gran fiesta judía de primavera u otoño, cuando los caminos se llenaban de peregrinos, y no con una época tranquila como el invierno.

El propio Papa Benedicto XVI reconoció en su libro La infancia de Jesús (2012): «Es poco probable que el censo al que se refiere Lucas haya tenido lugar en invierno. La fecha del nacimiento de Jesús es desconocida.»

Las clases sacerdotales y la concepción de Juan el Bautista

Para entender la fecha del nacimiento de Jesús, es necesario comenzar por la organización que hizo el rey David de los sacerdotes del Templo.

En 1 Crónicas 24:4, David organizó a los sacerdotes en 24 clases o grupos: dieciséis descendientes de Eleazar y ocho de Itamar. Cada clase servía una semana, dos veces al año. Así, 24 clases por 2 semanas cada una cubrían 48 semanas. A esto se suman las tres semanas correspondientes a las fiestas solemnes —Pascua, Pentecostés y Tabernáculos—, cuando todos los sacerdotes estaban obligados a estar presentes, ya que era imposible que una sola clase manejara semejante carga litúrgica. El total: 51 semanas del año judío.

Organización hecha por el rey David de los sacerdotes del Templo

En Lucas 1:5 se dice que había un sacerdote llamado Zacarías, padre de Juan el Bautista, perteneciente a la clase de Abías. Y en el versículo 8, que estaba ejerciendo el sacerdocio y que le tocó en suerte ofrecer el incienso.

5 Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, de la clase de Abías; su mujer era de las hijas de Aarón y se llamaba Elisabet. 8 Aconteció que ejerciendo Zacarías el sacerdocio delante de Dios, según el orden de su clase. Lucas 1:5,8

Contando desde el mes de Nisán —primer mes del año religioso, cuando comenzaba el ciclo de las fiestas solemnes— y siguiendo el orden establecido en 1 Crónicas 24, la clase de Abías era la octava en el turno ordinario, lo que corresponde a la novena semana del año. Pero como la décima semana era Pentecostés, Zacarías debía permanecer ministrando junto a todos los sacerdotes.

Zacarías estaba ministrando en el pentecostés

Por eso dice el versículo 10 que «toda la multitud del pueblo estaba fuera orando a la hora del incienso»: Jerusalén estaba llena de peregrinos para celebrar Pentecostés.

Toda la multitud del pueblo estaba fuera orando a la hora del incienso. Lucas 1:10

Mientras Zacarías ministraba en el Templo, el ángel del Señor le anunció:

…Zacarías, tu mujer Elisabet te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan. Lucas 1:13

En el versículo 23 dice que, cumplidos los días de su ministerio, Zacarías se fue a su casa. Al terminar la décima semana regresó, y el texto bíblico continúa: «Después de aquellos días, concibió su mujer Elisabet.» La concepción de Juan ocurre en la semana once del año litúrgico.

23 Cumplidos los días de su ministerio, se fue a su casa.
24 Después de aquellos días concibió su mujer Elisabet, y se recluyó en casa por cinco meses… Lucas 1:23-24
Por ende, la primer semana de embarazo de Elizabeth ocurre en la semana 12.
Una pieza clave: la concepción de Elizabeth, la madre de Juan el Bautista

De la concepción de Juan al nacimiento de Jesús

En Lucas 1:26-36, el ángel Gabriel es enviado a María cuando Elisabet lleva seis meses de embarazo, es decir, 27 semanas.

26 Al sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, 27 a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María. Lucas 1:26-27

El texto bíblico subraya este dato no una sino dos veces, lo que no es accidental. El ángel le anuncia a María que concebirá a Jesús por el Espíritu Santo y le confirma: «Y he aquí tu parienta Elisabet, ella también ha concebido hijo en su vejez; y este es el sexto mes para ella.»

35 Respondiendo el ángel, le dijo:
—El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que va a nacer será llamado Hijo de Dios. 36 Y he aquí también tu parienta Elisabet, la que llamaban estéril, ha concebido hijo en su vejez y este es el sexto mes para ella. Lucas 1:35-36

A partir de la semana 28 del embarazo de Elisabet comienza la semana 1 del embarazo de María, ya que Juan sería seis meses mayor que Jesús. Contando desde allí las 40 semanas de gestación, Jesús nace justo en la semana de la fiesta de los Tabernáculos.

Gestación de Elizabeth y María en comparación temporal
Cristo nació en la fiesta de los tabernáculos (sep/oct)

Cuando la Biblia proporciona una cantidad de detalles que en apariencia parecen irrelevantes —el turno sacerdotal al que pertenecía Zacarías, el momento exacto en que concibió Elisabet, y la diferencia de meses entre su embarazo y el de María— no lo hace al azar. Si todos esos datos, puestos en conjunto, conducen a una conclusión clara, no se está ante una coincidencia, sino ante una intención deliberada. Esos detalles fueron incluidos precisamente para guiar hacia este propósito.

Detalles proporcionados por el texto bíblico

La gloria de Dios y los tres santuarios

A lo largo de la historia del pueblo de Israel, Dios mandó construir tres santuarios. El motivo era clarísimo:

…harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos. Éxodo 25:8

El primero fue el tabernáculo portátil del desierto. El segundo fue el Templo de Salomón. El tercero fue el Templo de Zorobabel, más tarde ampliado por Herodes, donde estuvo Jesús.

Cuando Moisés y Aarón inauguraron el tabernáculo, la Biblia dice en Levítico 9 que «la gloria de Jehová se apareció a todo el pueblo», porque «salió fuego de delante de Jehová, el cual consumió el holocausto.»

23 Luego entraron Moisés y Aarón en el Tabernáculo de reunión. Cuando salieron, bendijeron al pueblo, y la gloria de Jehová se manifestó a todo el pueblo. 24 Salió fuego de la presencia de Jehová y consumió el holocausto con las grasas que estaban sobre el altar. Al ver esto, todos los del pueblo alabaron y se postraron sobre sus rostros. Levítico 9:23-24

La inauguración del Templo de Salomón fue una manifestación paralela:

…descendió fuego de los cielos, y consumió el holocausto… y la gloria de Jehová llenó la casa. 2 Crónicas 7:1

¿Y cuándo ocurrió esto? El versículo 9 lo aclara: estaban celebrando la fiesta de los tabernáculos.

Pero cuando se inauguró el Templo de Zorobabel, no descendió fuego del cielo. Sin embargo, el profeta Hageo había profetizado tres años antes:

La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera. Hageo 2:9

¿Cómo sería posible, si al inaugurarse el templo no cayó fuego del cielo? Dos versículos antes, Hageo da la respuesta:

…vendrá el Deseado de todas las naciones; y llenaré de gloria esta casa. Hageo 2:7

Y eso es exactamente lo que Juan registra:

Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre). Juan 1:14

El verbo que Juan utiliza en el original griego es eskēnōsen, que se traduce literalmente como «puso su tienda.» No es un verbo común para decir que «habitó»: es una rareza estilística única en el griego koiné que evoca directamente el tabernáculo del Antiguo Testamento. La Biblia Textual lo traduce así: «Y el Logos se hizo carne, y tabernaculizó entre nosotros.» La gloria de Dios que antes llenaba el Templo en la fiesta de los Tabernáculos, ahora se hacía carne en esa misma fiesta.

Dios no indicó claramente en las Escrituras la fecha del nacimiento de Jesús para que los cristianos no hicieran de ella una fiesta pagana. Pero dejó pistas para que se pueda descubrir que no envió su gloria en forma de fuego del cielo cuando se inauguró el tercer templo, sino que en la fiesta de los Tabernáculos envió a Emanuel: Dios con nosotros. Su gloria, hecha carne.

La profecía de Daniel 9 y las fiestas como tipologías de Cristo

El año en que moriría el Mesías, fue revelado por la profecía de las setenta semanas de Daniel 9. En Daniel 9:27 dice “a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda.” Coincidiendo la profecía de la mitad de la semana, con el año en que muere el Mesías y fue precisamente con su muerte que todo el sistema de sacrificio y ofrenda queda obsoleto y anulado.

La fecha de la muerte de Cristo profetizada por Daniel

El mes, el día e incluso la hora de su muerte fue revelado por la fiesta de la Pascua, como tipología profética llena de detalles de como Cristo, el verdadero cordero de Dios, quitaría el pecado del mundo.

El día de su nacimiento, era revelado por la fiesta de los tabernáculos. Tal como dice Gálatas:

Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la Ley. Gálatas 4:4

Las fiestas simbolizaban la vida de Cristo

Cristo no solo vivió guardando las fiestas solemnes, sino que su vida fue el cumplimiento profético de las mismas. Es simbólicamente perfecto: nace en la festividad que celebra la presencia de Dios con su pueblo.

El pesebre, la sukáh y el octavo día

Cuando el ángel les anunció a los pastores el nacimiento de Jesús, les dio una señal específica:

…Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre. Lucas 2:12

El ángel no menciona el pesebre como un dato trivial, sino como una señal divina.

La fiesta de los Tabernáculos se llama Sukkot (סֻכּוֹת), que significa cabañas. En Génesis 33:17 dice que Jacob:

…fue a Sucot; allí se edificó una casa e hizo cabañas para su ganado; por tanto, puso por nombre Sucot a aquel lugar. Génesis 33:17

El Mesías nació en una sukáh (סֻכָּה), el singular de sukkot: una cabaña para ganado. Por eso estaba acostado en un pesebre, un recipiente para dar de comer a los animales.

El Rey del universo vino a un refugio improvisado y humilde. Y eso es exactamente lo que conmemora Sukkot: el tiempo en que Israel vivió en tiendas y Dios habitó en medio de ellos. Él mismo es la sukáh viviente: la presencia de Dios entre los hombres.

Hay un detalle más que no puede pasar por alto.

…el octavo día tendrían santa convocación. Levítico 23:36

…cumplidos los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús. Lucas 2:21

No es coincidencia que Jesús haya sido circuncidado en el octavo día, justo al terminar la fiesta de los Tabernáculos. Fue la forma más sutil y poderosa de anunciar que el nuevo pacto estaba comenzando. 

El que «tabernaculizó» entre nosotros derramaba su sangre y recibía el nombre que marcaría su misión: salvar a su pueblo de sus pecados. Y ese octavo día, que en Sukkot marca un nuevo comienzo, anunciaba desde su nacimiento lo que sería su propósito: restaurar la comunión destruida para que Dios pudiera habitar con su pueblo eternamente.

Sukkot y la segunda venida

La fiesta de los Tabernáculos no solo apunta al nacimiento de Cristo. Como fiesta de otoño, apunta también a su reinado futuro.

…todos los que sobrevivieren de las naciones… subirán de año en año para adorar al Rey… y a celebrar la fiesta de los tabernáculos. Zacarías 14:16

En Apocalipsis 7:9, Juan ve una gran multitud de todas las naciones, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos de ropas blancas y con palmas en las manos. Eso es exactamente lo que se hacía en Sukkot:

…tomaréis… ramas de palmeras… y os regocijaréis delante de Jehová vuestro Dios. Levítico 23:40

Y la promesa final:

He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Apocalipsis 21:3

Todo comenzó en un pesebre. Todo termina en un trono, entre redimidos, con Dios habitando por fin entre nosotros para siempre.

Por CHRISTIAN JABLOÑSKI

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Lo que la Biblia realmente dice sobre el castigo final

¿Hay un infierno donde las personas sufren para siempre? ¿Es eso lo que enseña la Biblia, o es una idea heredada sin cuestionarla? Durante siglos, millones de cristianos han creído en un castigo eterno. Pero otros aseguran que esa creencia no encaja ni con el mensaje de Jesús ni con el carácter de Dios. Lo que sigue es un recorrido bíblico por lo que la Palabra de Dios dice realmente sobre el destino final de los impíos.

Las tres posturas sobre el destino de los impíos

No todos los cristianos creen lo mismo sobre este tema. Hay tres posturas muy distintas, y lo que se crea sobre el castigo final afecta directamente la comprensión del amor y la justicia de Dios.

La primera postura: el tormento eterno.

Es la visión tradicional y la más difundida en la historia del cristianismo. Sostiene que los impíos serán castigados conscientemente, sin fin, en un lugar de tormento. No importa cuán grave o leve haya sido el pecado: el castigo será el mismo para todos y durará por toda la eternidad. Esta doctrina fue afirmada por figuras como Agustín de Hipona y Tomás de Aquino, y forma parte de la enseñanza oficial de la Iglesia Católica y de muchas iglesias protestantes.

Pero aquí surge un problema profundo. ¿Cómo puede un Dios que se define como amor sostener el sufrimiento eterno de sus criaturas? ¿Y cómo puede ser justo castigar con una eternidad de dolor a personas que vivieron ochenta, cincuenta o veinte años de pecado? La idea de un tormento sin fin lanza una sombra oscura sobre el carácter de Dios, lo transforma en un verdugo implacable y contradice todo lo que Jesús vino a revelar.

La segunda postura: la destrucción final o aniquilacionismo.

Esta postura afirma que solo los salvos reciben inmortalidad. Los impíos serán castigados según sus obras, pero no vivirán eternamente: al final serán destruidos por completo. Eso es lo que la Biblia llama «la muerte segunda.»

…temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno. Mateo 10:28

…la paga del pecado es muerte. Romanos 6:23

…no les dejará ni raíz ni rama. Malaquías 4:1

Más que negar el infierno, esta postura afirma que el castigo no es eterno sino proporcional. Y presenta a un Dios justo que castiga el pecado pero no perpetúa el sufrimiento, coherente con lo que enseña Ezequiel 18:32: que Dios no se complace en la muerte del impío.

Porque yo no quiero la muerte del que muere, dice Jehová, el Señor. ¡Convertíos, pues, y viviréis! Ezequiel 18:32

Aunque el término «aniquilacionismo» fue acuñado por sus opositores para darle una connotación negativa, quienes sostienen esta doctrina prefieren llamarla «destrucción final.» No describe una eliminación brutal, sino un Dios que castiga con justicia y pone fin al dolor de manera definitiva.

La tercera postura: el universalismo.

Enseña que todos serán finalmente salvos, incluidos los demonios y Satanás. Por ser sostenida por una minoría muy reducida dentro del cristianismo y contradecir numerosos textos bíblicos claros, no se desarrolla aquí por su escasa relevancia bíblica y doctrinal.

La objeción moral: el tormento eterno contradice el carácter de Dios

Cuando el pecado entró en el mundo, Dios tenía dos caminos. Podía simplemente perdonar, lo que habría parecido un acto de amor pero no de justicia. O podía dejar morir al ser humano, como enseña la Biblia: «la paga del pecado es muerte.» Allí habría aplicado su justicia, pero sin amor.

En cambio, envió a su Hijo para salvarnos. La cruz es la mayor prueba de su infinito amor y su infinita justicia al mismo tiempo.

La doctrina del tormento eterno niega y distorsiona ambos atributos. ¿Cómo puede un Dios de amor permitir que sus criaturas sufran eternamente? ¿Con qué propósito? ¿Y cómo puede un Dios de justicia aplicar el mismo castigo a todos sin distinción, y además un castigo infinito por pecados finitos?

Dios es amor. 1 Juan 4:8

…no me complazco en la muerte del impío. Ezequiel 18:32

…pagará a cada uno conforme a sus obras. Romanos 2:6

Conflicto teológico y moral en el tormento eterno

Un Dios así no perpetúa el sufrimiento. Lo elimina. Por eso el aniquilacionismo no solo es más bíblico, sino también más coherente con el carácter justo y misericordioso de Dios.

Lo que realmente enseña la Biblia sobre el castigo final

Primera verdad bíblica: la muerte segunda.

Jesús fue claro al hablar de alguien que puede «destruir el alma y el cuerpo en el infierno.» No dijo torturarlos: dijo destruirlos. Si el alma fuera inmortal, no podría ser destruida.

La Biblia llama a ese destino «la muerte segunda»:

Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda. Apocalipsis 20:14

Si los impíos ya estuvieran vivos en tormento, ¿para qué resucitarlos? La Biblia habla de «muerte segunda», no de «segunda vida en sufrimiento.»

Morir por segunda vez significa desaparecer por completo. No hay conciencia, no hay dolor. Solo el fin absoluto de la existencia.

…la paga del pecado es muerte. Romanos 6:23

No dice «vida en tormento». Dice muerte. Y Abdías 1:16 es aún más contundente al decir que los impíos «serán como si no hubieran sido»: no serán castigados para siempre, sino que dejarán de existir.

»De la manera que vosotros bebisteis en mi santo monte,
beberán continuamente todas las naciones;
beberán, engullirán
y serán como si no hubieran existido. Abdías 1:16

Segunda verdad bíblica: el castigo es proporcional a las obras.

Dios no aplica el mismo castigo a todos. No todos pecaron igual, ni todos tendrán la misma condena.

He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra. Apocalipsis 22:12

…por la dureza del corazón no arrepentido atesoran ira… y se le pagará a cada uno conforme a sus obras. Romanos 2:5-6

…cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo. 2 Corintios 5:10

Jesús dijo que algunos recibirán muchos azotes y otros pocos. La justicia de Dios implica diferentes sentencias: la duración del castigo será proporcional a la culpa de cada uno.

47 »Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no se preparó ni hizo conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes. 48 Pero el que sin conocerla hizo cosas dignas de azotes, será azotado poco, porque a todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará, y al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá. Lucas 12:47-48

Si el castigo fuera eterno, sería profundamente injusto: todos sufrirían el mismo período de tiempo, y el castigo sería infinitamente desproporcionado a cualquier pecado humano.

Tercera verdad bíblica: la destrucción total alcanza también a Satanás.

La Biblia no dice absolutamente nada de que el diablo será un rey en el infierno ni que sufrirá eternamente. Ezequiel hablando de satanás dice:

18 Te puse en ceniza… 19 y para siempre dejarás de ser. Ezequiel 28:18-19

Si hasta el mismo diablo será destruido, no hay fundamento para pensar que los seres humanos impíos vivirán para siempre en castigo.

Y cuando todo mal haya sido eliminado, Dios enjugará toda lágrima y ya no habrá más dolor. Apocalipsis 21:4

¿Qué significa realmente «eterno» en la Biblia?

Una de las expresiones más malinterpretadas es «fuego eterno.» Cuando se lee eso, muchos imaginan un infierno que arde sin fin con personas gritando eternamente. Pero eso no es lo que enseña la Escritura.

Tanto la palabra griega aionios (αἰώνιος) como su equivalente hebreo olam (עוֹלָם), traducidas como «eterno» o «para siempre», no siempre significan «sin fin.» En muchos casos, especialmente cuando califican un castigo o sentencia, se refieren a un período prolongado con consecuencias permanentes, o a un juicio con resultados irreversibles.

La palabra "eterno" según el contexto

En Jonás 2:1 se dice que estuvo en el vientre del pez «olam«, aunque fueron solo tres días.

Entonces oró Jonás a Jehová, su Dios, desde el vientre del pez. Jonás 2:1

En Éxodo 21:6 se dice que un esclavo servirá a su amo «para siempre» (olam), evidentemente hasta su muerte, no por la eternidad.

Entonces su amo lo llevará ante los jueces, lo arrimará a la puerta o al poste, y le horadará la oreja con lesna. Así será su siervo para siempre. Éxodo 21:6

Y en Judas 1:7 se afirma que Sodoma y Gomorra «sufrieron el castigo del fuego eterno» (aionios), pero ese fuego no sigue ardiendo hoy. Se trata de un juicio cuya sentencia fue irreversible, no de un tormento continuo.

También Sodoma y Gomorra y las ciudades vecinas, las cuales de la misma manera que aquellos, habiendo fornicado e ido en pos de vicios contra la naturaleza, fueron puestas por ejemplo, sufriendo el castigo del fuego eterno. Judas 1:7

Por eso, cuando Mateo 25:46 habla de «castigo eterno», interpretarlo como tormento sin fin es imponer al texto un sentido que ni el hebreo ni el griego exigen. La Biblia no enseña sufrimiento perpetuo, sino un juicio definitivo que no se revierte.

Irán estos al castigo eterno y los justos a la vida eterna. Mateo 25:46

Lo mismo aplica a Apocalipsis 20:10, cuando dice que «serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos.»

Y el diablo, que los engañaba, fue lanzado en el lago de fuego y azufre donde estaban la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos. Apocalipsis 20:10

Isaías 34:10 usa una expresión casi idéntica al describir el juicio sobre Edom, diciendo que «perpetuamente subirá su humo.» Pero Edom tampoco existe hoy. Lo que permanece es el efecto del juicio, no el fuego físico.

No se apagará de noche ni de día,
sino que por siempre subirá su humo;
de generación en generación quedará desolada
y nunca jamás pasará nadie por ella. Isaías 34:10

Por eso en 2 Tesalonicenses 1:9 se habla de «eterna (aionios) perdición»: lo que es eterno no es el sufrimiento continuo, sino el resultado final. Cuando la Biblia habla de castigo eterno, no describe la duración del proceso sino la irreversibilidad del resultado.

Estos sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder. 2 Tesalonicenses 1:9

¿Y si el fuego eterno fuera la gloria de Dios?

La palabra «eterno» en los textos sobre el castigo nunca califica al sufrimiento ni a la experiencia del impío. Lo que la Biblia llama «eterno» es el fuego mismo.

Al infierno, al fuego que no puede ser apagado. Marcos 9:43

…quemará la paja en fuego que nunca se apagará. Mateo 3:12

¿Por qué es eterno ese fuego? Porque no representa un tormento interminable sino la gloria de Dios revelada sin filtro.

…la gloria de Jehová era como un fuego abrasador. Éxodo 24:17

…nuestro Dios es fuego consumidor. Hebreos 12:29

Isaías 33:14 hace una pregunta sorprendente: «¿Quién de nosotros habitará con el fuego consumidor? ¿Quién de nosotros morará con las llamas eternas?» Y la respuesta no es el impío ardiendo, sino el justo viviendo allí: «El que camina en justicia y habla lo recto.»

14«¿Quién de nosotros morará con el fuego consumidor?

¿Quién de nosotros habitará con las llamas eternas?»

15 El que camina en justicia y habla lo recto... Isaías 33:14-15

¿Quién morará con el fuego eterno? El justo. Porque ese fuego no es un infierno fabricado por Dios, sino la manifestación de su santidad gloriosa: la presencia misma de Dios, que purifica a unos y destruye a otros.

Esta dinámica recorre toda la Biblia. En el Sinaí, Moisés se acercó al fuego y bajó transformado; el pueblo temblaba de miedo. En la transfiguración, cuando Dios habló desde el cielo, los discípulos cayeron al suelo con temor. 

En Pentecostés, los creyentes fueron llenos del Espíritu; otros se burlaron. En Apocalipsis 6, los impíos huyen pidiendo la muerte antes de soportar el rostro de Cristo glorificado; en el capítulo siguiente, los redimidos lo contemplan con gozo.

El fuego eterno no es sufrimiento sin fin. Es gloria sin filtro. Para el que ha sido transformado, es vida eterna. Para el que ha rechazado esa transformación, es juicio y destrucción definitiva.

Vale notar que en Apocalipsis 20:9, justo antes de que el diablo sea lanzado al lago de fuego, dice que «de Dios descendió fuego del cielo y los consumió.» Ese fuego no vino del infierno: vino de Dios.

…y de Dios descendió fuego del cielo, y los consumió. Apocalipsis 20:9

Y Pablo, describiendo la misma escena en 2 Tesalonicenses 1:7-8, dice que el Señor Jesús se manifestará «en llama de fuego», señalando que el fuego que castigará a los impíos será su propia manifestación.

 7 cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, 8 en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo. 2 Tesalonicenses 1:7-8

¿Por qué tantos cristianos creen en el infierno eterno?

Si este tema es tan claro en la Biblia, ¿por qué la mayoría de los cristianos cree en el tormento eterno? La respuesta es simple: porque la mayoría parte del concepto filosófico, platónico y no bíblico, de que el alma es inmortal. Y siempre que una doctrina es errónea, tergiversa irremediablemente otras doctrinas.

Vale preguntarse: ¿por qué un alma sería inmortal? ¿Por qué, si Dios crea algo, no podría también destruirlo? Pensar que el alma es indestructible por naturaleza es una idea filosófica griega, no bíblica.

Y conviene aclarar también lo siguiente: entender que el castigo final no es eterno no es una excusa para vivir sin compromiso. Seguir a Cristo no significa seguirlo por miedo al infierno.

…en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor. Gálatas 5:6

Conclusión

Tres verdades bíblicas emergen con claridad.

La primera: el «fuego eterno» no significa castigo perpetuo, sino juicio definitivo. Es eterno el fuego porque proviene de Dios y no puede ser apagado, y son eternas las consecuencias. Pero el sufrimiento de los que se pierden no es eterno: es la destrucción total e irreversible.

La segunda: el castigo final será justo y proporcional, donde cada uno recibirá conforme a sus obras. No habrá injusticia, ni exceso de dolor, ni impunidad. Solo un cierre total y justo al problema del mal.

La tercera: Dios no es un verdugo cruel, sino un Padre justo que erradica el mal. No prolonga el sufrimiento: lo detiene. Su propósito es aplicar justicia, purificar el universo, salvar a los suyos y poner fin, de una vez por todas, al pecado y al dolor.

Tres verdades bíblicas acerca del juicio final

«Dios es amor», y «no se complace en la muerte del impío.» Ese es el carácter de Dios. Y esa es la eternidad que nos espera.

El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. 1 Juan 4:8

Porque yo no quiero la muerte del que muere, dice Jehová, el Señor. ¡Convertíos, pues, y viviréis! Ezequiel 18:32

Por CHRISTIAN JABLOÑSKI

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La verdad sobre los sacramentos como nunca te lo han contado

Lo que se cree sobre los sacramentos puede cambiar completamente la comprensión de la salvación. Lo que sigue es un recorrido por cómo el poder atribuido a los sacramentos fue evolucionando a lo largo de la historia hasta alcanzar cinco niveles doctrinales distintos, cada uno consolidando una mayor autoridad sacramental dentro de la Iglesia.

¿El bautismo quita el pecado?

Algunas tradiciones enseñan que, al sumergirse en el agua, los pecados literalmente desaparecen, como si el bautismo fuera un acto mágico de purificación. Pero la Biblia no enseña eso. Los pecados no se limpian simplemente por ser salpicados o sumergidos en agua.

Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Efesios 2:8-9

…siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús. Romanos 3:24

Si el bautismo fuera el medio que quita el pecado, la salvación dependería de un acto externo nuestro y no de la obra de Cristo. El propio libro de Hechos lo deja en claro: en el capítulo 10 se relata que Cornelio y su casa recibieron el Espíritu Santo antes de ser bautizados.

Desde sus inicios, el cristianismo entendió el bautismo como un testimonio de fe: una expresión pública de la transformación interna producida por aceptar a Cristo y el arrepentimiento.

Ninguna doctrina surge en el vacío

Ninguna doctrina surge en el vacío. Toda enseñanza está profundamente influenciada por su contexto histórico. Y a medida que pasaban los años y la Iglesia se expandía, ese contexto histórico generó una evolución en la comprensión de los sacramentos.

Nivel 1: el sacramento como canal de gracia (Agustín de Hipona)

Durante los primeros siglos, la Iglesia enfrentó intensas persecuciones bajo el Imperio Romano. Para muchos creyentes, declarar la fe públicamente a través del bautismo era un riesgo de muerte. 

En ese contexto surgió la idea del «bautismo de sangre»: la creencia de que quienes morían como mártires sin haber recibido el bautismo de agua eran purificados de sus pecados por su testimonio. Este concepto fortaleció la idea de que el bautismo estaba ligado al perdón de pecados, ya que el martirio era visto como su sustituto.

En el año 313 el Edicto de Milán legalizó el cristianismo, y en el año 380 el Edicto de Tesalónica lo convirtió en la única religión legítima del Imperio Romano. Antes del siglo IV, el cristianismo se mantenía separado del mundo pagano con estrictos requisitos de discipulado. 

Pero a medida que la presión social aumentaba y ser pagano conllevaba exclusiones sociales, ser cristiano se volvió socialmente ventajoso. Muchas personas eran bautizadas por obligación o conveniencia, lo que llevó a bautismos masivos sin verdadera conversión. El bautismo comenzó a percibirse como un rito eficaz en sí mismo, independiente del arrepentimiento del bautizado.

Esto produjo lo que puede llamarse «la paganización del cristianismo.» En lugar de que el cristianismo transformara el paganismo del Imperio, muchos paganos se introdujeron en el cristianismo sin convicción, y la fe cristiana absorbió influencias paganas como la creencia en ritos mágicos y efectos automáticos.

Durante los primeros cuatro siglos, nadie había desarrollado realmente una teología sacramental compleja. Hasta que en el siglo IV llegó Agustín de Hipona, el primer teólogo en sistematizar una teología de los sacramentos.

Agustín tuvo una juventud marcada por el libertinaje y el escepticismo. Su conversión al cristianismo a los 32 años no fue un proceso lento de aprendizaje teológico, sino un evento súbito y radical. Esta experiencia lo llevó a ver el bautismo como un punto de quiebre absoluto entre su vida de pecado y la gracia. Su definición fue:

«Los sacramentos son signos visibles de una realidad espiritual invisible.»

Marcado por su experiencia personal e influenciado por el contexto histórico anterior, Agustín desarrolló la idea de que el bautismo en particular y los sacramentos en general no son actos humanos para testificar la fe y conmemorar lo que Cristo hizo, sino medios por los cuales Dios confiere gracia real. 

Evolución de los sacramentos

Para él, el bautismo regeneraba el alma y la Eucaristía alimentaba la vida espiritual, estableciendo que los sacramentos no eran solo símbolos sino medios reales para recibir la gracia.

Aunque no formuló una doctrina sacramental completa, su enseñanza fue adoptada y desarrollada por la Iglesia como fundamento para justificar y fortalecer la práctica sacramental durante la Edad Media.

De este modo, los sacramentos alcanzan el primer escalón en su proceso de jerarquización, un desarrollo que se extenderá a lo largo de la Edad Media y culminará en el Concilio de Trento, tras ascender progresivamente a través de cinco niveles doctrinales, cada uno consolidando una mayor autoridad sacramental dentro de la Iglesia.

El primer escalón de la jerarquía de los sacramentos

Este primer escalón fue crucial porque consolidó dos principios que cambiaron radicalmente el concepto de salvación.

El primero: el bautismo y la Cena del Señor, que la Biblia presenta como actos humanos para testificar la fe o como actos memoriales, tal como lo indicó Jesús:

Haced esto en memoria de mí. Lucas 22:19

…son redefinidos como actos divinos en los que Dios mismo confiere su gracia directamente a través del rito.

El segundo, y más grave: la enseñanza bíblica de que la gracia es por medio de la fe —entendida como una relación de amor con Dios— es desplazada por un nuevo modelo donde se antepone el sacramento que la Iglesia otorga como nuevo canal de la gracia.

Y la fe —entendida como una virtud teologal por la que se cree en todo lo que la Santa Iglesia enseña— pasa a ser una disposición necesaria para que se haga efectiva la gracia que Dios nos entrega a través del Sacramento.

El bautismo y la cena del Señor para Agustin de Hipona

Nivel 2: la gracia no depende de la santidad del ministro

El segundo nivel surgió también por razones históricas concretas. Durante la Gran Persecución de Diocleciano, muchos cristianos fueron obligados a renunciar a su fe. A quienes cedieron y entregaron las Escrituras para ser quemadas se les llamó traditores —del latín tradere, «entregar»—, origen etimológico de la palabra «traidor.»

Cuando Constantino legalizó el cristianismo en el año 313, algunos de estos traditores que eran clérigos quisieron volver a sus puestos en la Iglesia. Donato, un obispo del norte de África, rechazó su legitimidad argumentando que solo cristianos «puros» podían liderar la Iglesia y que la santidad del ministro era lo que hacía válido el sacramento. Este movimiento se llamó donatismo.

Agustín se convirtió en su mayor opositor. Argumentó que los sacramentos son válidos no por la dignidad del ministro sino por la obra de Dios y los méritos de Cristo, estableciendo así que la gracia es conferida sin depender de la santidad del ministro. En el Concilio de Cartago, la Iglesia Católica declaró el donatismo como herejía y la enseñanza de Agustín se volvió la posición oficial.

El segundo escalón de la jerarquía de los sacramentos

Nivel 3: la Eucaristía contiene la presencia real de Cristo

En el nivel tres se cambia no solo la función del sacramento sino su naturaleza misma. La afirmación central es que la Eucaristía contiene la presencia real de Cristo.

A medida que pasaban los siglos, los sacramentos adquirieron un poder espiritual cada vez mayor. Este proceso se intensificó con la llegada al poder de Gregorio I, quien aprovechó el vacío de poder imperial para centralizar las riquezas de la Iglesia, imponer la autoridad papal sobre otros obispos y preparar el camino para un papado monárquico. 

Entre los cambios doctrinales que realizó, tres tuvieron consecuencias profundas: promovió la doctrina del purgatorio, consolidó la supremacía del papa como autoridad jerárquica, y reforzó un sistema sacramentalista en el que la gracia divina solo podía recibirse a través de los ritos de la Iglesia.

También le dio mayor importancia al bautismo infantil, promoviendo su práctica como norma general, y fomentó la confesión regular a través de un sacerdote como medio de absolución.

Redefiniciones doctrinales hechas por Gregorio I

La creencia en la presencia real de Cristo en la Eucaristía fue impulsada en gran parte por Gregorio de Tours, contemporáneo de Gregorio I, quien relató numerosos milagros eucarísticos en su obra Historia de los Francos

Entre ellos, la historia de un monje que dudaba de la presencia real de Cristo en la Eucaristía y durante la consagración vio el pan convertirse visiblemente en carne y el vino en sangre. O la de una mujer que cometió un pecado grave y al recibir la hostia vio aparecer carne viva en lugar de pan.

Gregorio I, desde la teología y la liturgia, y Gregorio de Tours, desde la predicación y la tradición popular, contribuyeron juntos a difundir que la Eucaristía contiene la presencia real de Cristo, realizada en la misa solo por un sacerdote católico. El acceso a la gracia divina quedó así exclusivamente en manos del clero.

Es triste ver cómo tantos hermanos católicos sinceros, que buscan a Dios con todo su corazón a lo largo de la historia, han sido llevados a confiar más en un sistema sacramental que en la obra completa de Cristo en la cruz.

Y de esta forma, el sacramentalismo abrió la puerta a la comercialización de la fe.

Indulgencias: ofrecían la remisión de penas temporales del purgatorio a cambio de dinero. En 1517, el fraile Johann Tetzel vendía indulgencias con la frase: “Cuando la moneda en el cofre suena, el alma del Purgatorio al cielo vuela”.

Simonía: en la Edad Media, obispados y cargos clericales se vendían al mejor postor, lo que permitió que príncipes y nobles compraran puestos en la Iglesia por influencia política.

Bulas papales y privilegios eclesiásticos: otorgaban beneficios espirituales a cambio de dinero.

Peregrinaciones y reliquias: se volvieron un comercio lucrativo. En el siglo XIV, se decía que Europa tenía tantas astillas de la Verdadera Cruz que se podría construir un barco entero con ellas.

Diezmos y tributos eclesiásticos: impuestos obligatorios sobre los fieles, utilizados muchas veces con fines económicos más que espirituales.

Es cierto que, con el tiempo, la Iglesia condenó estas prácticas como abusos y prohibió la venta de indulgencias. Sin embargo, es innegable que estos mecanismos de financiamiento marcaron profundamente la evolución de la Iglesia Católica e influyeron en el desarrollo de su doctrina.

En la Edad Media, la Iglesia no solo tenía poder religioso, sino que dominaba la sociedad y la política. Excomulgar a una persona o a un rey significaba excluirlo de la salvación, convirtiéndose en una poderosa herramienta de control social y político. Los reyes y emperadores dependían de la Iglesia para su legitimidad, porque, sin los sacramentos, no podían salvarse ni ser reconocidos como gobernantes legítimos.

Sin embargo, durante muchos siglos la Iglesia no podía explicar cómo ocurría esa transformación. Y vale señalar que varios padres de la Iglesia entendían la Eucaristía como símbolo. 

Tertuliano decía que cuando Jesús declaró que el pan era su cuerpo, se refería a que era «la figura de mi cuerpo.» Atanasio afirmaba que sus palabras «no son carnales sino espirituales.»

Varios padres de la iglesia entendían la eucaristía como símbolo

E incluso Agustín de Hipona, aunque muchos autores católicos afirmen lo contrario, escribió claramente:

Agustín de Hipona consideraba los emblemas de la eucaristía como símbolos

Debo aclarar que, cuando la Iglesia Católica afirma que cree en las Santas Escrituras y en la Tradición, no se refiere a la tradición como simplemente el conjunto de enseñanzas de los Padres de la Iglesia, como muchos fieles católicos podrían pensar.

En cambio, la Iglesia define la Tradición como aquello que el Papa y los obispos en comunión con él interpretan y enseñan, seleccionando de los Padres de la Iglesia solo aquellas afirmaciones que coinciden con sus fines, mientras que otras son descartadas.

Esto no es una opinión personal, sino la propia definición que da la Iglesia Católica, que establece que el oficio de interpretar la palabra de Dios “ha sido confiado únicamente a los obispos en comunión con el Papa”.

En el siglo IX se produjo el primer debate sistemático sobre la naturaleza de la presencia de Cristo en la Eucaristía. Pascasio Radberto defendió una presencia literal y física, mientras que Ratramno de Corbie argumentó que era espiritual y misteriosa. No hubo definición oficial. 

En el siglo XI, Berengario de Tours argumentó con solidez teológica que la Eucaristía era un símbolo, lo que generó una controversia que atrajo la atención de obispos y teólogos de toda Europa. Fue condenado en varios concilios entre 1050 y 1079. Pero la Iglesia seguía sin una explicación clara de cómo ocurría la transformación.

Búsqueda y controversias sobre la explicación a la presencia real de Cristo en la eucaristía

Nivel 4: la transubstanciación (Tomás de Aquino)

La presión para encontrar una explicación racional crecía: las controversias eucarísticas aumentaban y la escolástica exigía respuestas precisas. Hasta que en el siglo XIII llegó Tomás de Aquino (1225-1274), quien, basándose en la filosofía aristotélica, desarrolló la doctrina de la transubstanciación. El IV Concilio de Letrán (1215) ya había mencionado el término, pero fue Tomás quien estructuró la explicación.

Para entender esta doctrina, es necesario conocer el concepto aristotélico de sustancia y accidentes. En su Metafísica, Aristóteles explica que existen diez categorías del ser. La primera es la sustancia: lo que algo es en sí mismo, su esencia, aquello que lo define y lo hace ser lo que es. 

Las otras nueve son accidentes: características que pueden cambiar sin alterar la sustancia. La clave del sistema aristotélico es que la sustancia no cambia ni puede cambiar, porque es lo que define al ser. Los accidentes pueden cambiar, pero aunque cambien, no alteran la sustancia.

Para entenderlo, tomemos el ejemplo de un chimpancé, una tortuga y un hombre. Para Aristóteles, todos los seres vivos tenían alma, pero se diferenciaban según su tipo: las plantas poseían un alma vegetativa, los animales un alma sensitiva, y el ser humano era único porque poseía un alma racional. «El hombre es, por naturaleza, un animal racional» (Política, I, 2). 

No importa que un chimpancé se parezca más al hombre que a la tortuga: igualmente pertenece al mismo grupo que la tortuga, porque comparte la misma sustancia general —un alma sensitiva—, aunque tengan accidentes muy diferentes como el tamaño o la forma. La sustancia no cambia ni puede cambiar, porque es lo que define.

La enseñanza aristotélica del ser

Tomás de Aquino tomó esta idea y la aplicó a la Eucaristía enseñando exactamente lo opuesto a lo que Aristóteles afirmaba: en la Misa, la sustancia del pan y del vino desaparece y se convierte en la sustancia del cuerpo y sangre de Cristo, mientras que los accidentes —forma, sabor, apariencia— permanecen iguales. A este cambio de sustancia se lo llamó «transubstanciación.»

Aristóteles enseñaba que la sustancia no cambia ni puede cambiar, y que los accidentes pueden cambiar sin alterar la sustancia. Tomás de Aquino afirmaba que en la Eucaristía ocurre milagrosamente todo lo contrario: la sustancia cambia sin alterar los accidentes.

Con las bases aristotélicas Tomás de Aquino formula una nueva doctrina

Esta explicación filosófica atribuyó un poder ontológico real al sacramento: lo que el creyente recibe no es solo un canal de gracia, sino a Cristo mismo en su esencia, en su sustancia. Y recibir a Cristo en su sustancia transforma ontológicamente al creyente desde dentro gracias al rito.

Pero vale señalar algo fundamental. ¿Cómo es posible que tantos teólogos tardaran casi nueve siglos en encontrar esta explicación? Porque no es bíblica. Está basada únicamente en las enseñanzas de Aristóteles, un filósofo griego que ni siquiera conocía a Jehová.

Y resulta que los teólogos medievales no conocían los escritos aristotélicos sobre metafísica. En los primeros cuatro siglos del cristianismo, los padres de la Iglesia estuvieron influenciados por Platón y Plotino, cuya filosofía enfatizaba la trascendencia del alma, la contemplación de Dios y el dualismo cuerpo-alma, ideas más compatibles con el cristianismo primitivo. 

Aristóteles, en cambio, era más materialista y se enfocaba en la lógica, la ciencia empírica y el análisis del mundo físico, lo cual no era una prioridad teológica en ese momento.

Con la caída del Imperio Romano de Occidente en el año 476, gran parte del conocimiento griego se perdió en Europa occidental. La Iglesia preservó algunos textos de Aristóteles, pero gran parte de su obra —especialmente la Metafísica, donde desarrolla su teoría del ser y explica en profundidad la sustancia— quedó inaccesible en latín. 

Sin embargo, en el mundo islámico, filósofos musulmanes como Averroes preservaron y comentaron las obras de Aristóteles. Durante las Cruzadas, los cristianos entraron en contacto con esos textos árabes, y en los siglos XII y XIII hubo un gran movimiento de traducciones del árabe al latín, especialmente en Toledo y Sicilia, que permitió a los teólogos cristianos acceder a los escritos aristotélicos completos. Fue así como Tomás de Aquino pudo integrar la filosofía aristotélica en la teología cristiana.

Los escritos aristotélicos llegan a Tomás de Aquino

Aristóteles nunca conoció los textos sagrados judíos ni tuvo acceso a la revelación de Jehová. Aunque reflexionó sobre la existencia de Dios —al que llamaba «el Motor Inmóvil»—, sus ideas eran puramente filosóficas y basadas en el pensamiento pagano, sin relación con la Palabra inspirada. Para Aristóteles, Dios no se relaciona personalmente con la humanidad ni interviene en el mundo.

La explicación sobre la transubstanciación no solo es muy difícil de creer, sino que se construyó sobre la base de la filosofía griega pagana y no sobre la enseñanza de las Escrituras. Y es llamativo que sea justamente un milagro que no se puede comprobar ni demostrar. 

Los sacerdotes no realizan ningún otro milagro visible —no dan vista a un ciego ni curan a un paralítico—, pero cada domingo realizan el tremendo milagro de transformar los símbolos en carne y sangre de Cristo. Y ese mismo milagro, casualmente, es el que le ha dado a la Iglesia un poder político extraordinario a lo largo de la historia.

Esto se dice no con ánimo de confrontación, sino con un profundo amor por aquellos que han sido enseñados de esta manera y que sinceramente desean acercarse a Dios.

Incoherencias practicas en la transubstanciación

Nivel 5: la gracia ex opere operato

Después de que Tomás de Aquino desarrollara la transubstanciación y concluyera que Cristo mismo entra de forma real en el creyente, afirmó que ese poder es suficiente para conferir la gracia por sí solo. Surgió así la doctrina del ex opere operato: «por la obra realizada.» La gracia se confiere sin depender de la fe del receptor.

La Biblia enseña que somos salvos por gracia por medio de la fe, entendida como una relación de amor con Dios, un pacto entre dos partes donde la gracia entra en el interior a través del Espíritu Santo, mostrando el amor de Dios especialmente en la vida, obra y sacrificio expiatorio de Jesucristo, impulsándonos a aceptarlo y transformándonos a su imagen. 

Lo único que se hace es no rechazar su gracia. Esa transformación se llama arrepentimiento y produce frutos de arrepentimiento.

A partir de Agustín, la Iglesia oficializó que los sacramentos —que solo ella puede administrar— son el canal de la gracia, incluso aunque el ministro no sea digno. 

Bajo la influencia de Gregorio I, se afirmó que el sacramento «contiene la presencia real de Cristo», relegando a la fe a una disposición para aceptar que el poder transformador del rito es cierto. 

Y con Tomás de Aquino, el sacramento fue ponderado de tal forma que la sustancia real de Cristo entra en el creyente produciendo una transformación ontológica tan poderosa que la gracia se confiere sin depender de la fe del receptor.

La evolución total de los sacramentos

La fe quedó así relegada a su mínima expresión. Tomás decía que el sacramento era válido y eficaz por sí mismo, pero que necesitaba de la fe para producir su efecto completo: algo así como que la gracia es una semilla perfecta que necesita de la fe para germinar. Finalmente, el Concilio de Trento reconoció el principio ex opere operato como doctrina oficial de la Iglesia.

Tomás de Aquino y el concilio de Trento

Consecuencias para la comprensión de la salvación

La evolución de la doctrina sacramental produjo distorsiones profundas en la comprensión de la salvación.

En primer lugar, desplazó el enfoque de la salvación: en lugar de una relación de fe basada en el amor, el centro pasó a ser un sistema ritualista. En segundo lugar, introdujo la salvación por obras: la gracia dejó de ser un don gratuito y se convirtió en algo que se «obtiene» al participar en los sacramentos, basado en una filosofía pagana. En tercer lugar, la Iglesia pasó a ser la dispensadora exclusiva de la gracia, de modo que la salvación quedó bajo el control de la institución eclesiástica en lugar de ser una obra directa de Dios en cada creyente.

El bautismo infantil se impuso a bebés que no pueden ejercer fe ni arrepentimiento, convirtiéndose en un requisito mecánico de salvación. La confesión auricular y la absolución sacerdotal colocaron a los sacerdotes como mediadores del perdón de Dios, en lugar de Cristo como único mediador entre Dios y los hombres. 

Aunque la Iglesia enseña que actúan «en la persona de Cristo», el resultado práctico es que se les otorga un papel que corresponde únicamente a Cristo. Y la Eucaristía se convirtió en un sacrificio repetido.

Por CHRISTIAN JABLOÑSKI

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¿Cuál es el Propósito Divino del Árbol de la Vida en la Biblia?

En el Génesis se nos cuenta que además del árbol del bien y del mal, Dios puso también en el Edén el árbol de la vida, cuya función era que Adán y Eva vivieran para siempre. Lo curioso es que en Apocalipsis, en la tierra nueva, ese mismo árbol vuelve a aparecer con el mismo objetivo. ¿Para qué realmente Dios pondría ese árbol en el Edén? ¿Y por qué lo vuelve a poner en la eternidad? La respuesta es más profunda de lo que parece.

Dos posturas sobre el alma

La Biblia compara el pecado con una enfermedad. Para entender la cura es clave conocer el diagnóstico, y para eso es necesario entender qué es el alma y cómo fue afectada por el pecado.

Sobre el alma existen dos grandes posturas. La primera es la inmortalidad del alma: la creencia de que el alma humana es intrínsecamente inmortal y no puede morir. La segunda es lo que en teología se llama condicionalismo, es decir, la inmortalidad condicional: la creencia de que el ser humano no es inmortal por naturaleza, sino que Dios concede la inmortalidad como un don a los salvos.

El árbol de la vida como clave bíblica

La Biblia enseña con claridad que desde el Edén hasta la tierra nueva, la inmortalidad del hombre siempre ha dependido del árbol de la vida.

Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer; también el árbol de vida en medio del huerto. Génesis 2:9

Después de que Adán y Eva pecaron, Dios los apartó de ese árbol precisamente para que no vivieran para siempre.

Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre. Génesis 3:22

Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines… para guardar el camino del árbol de la vida. Génesis 3:24

Esto significa que Dios no creó al ser humano inmortal. Incluso sin pecado, ya sea en el Edén o en la tierra nueva, la inmortalidad está condicionada al árbol de la vida. Si el alma fuera inmortal por naturaleza, este árbol sería innecesario.

Lo mismo ocurrirá en la tierra nueva, después de la segunda venida de Cristo cuando restaure todas las cosas.

Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios. Apocalipsis 2:7

En medio de la calle de la ciudad… estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones. Apocalipsis 22:2

Bienaventurados los que lavan sus ropas, para tener derecho al árbol de la vida. Apocalipsis 22:14

Dios volverá a colocar el árbol de la vida en el paraíso para que los redimidos tengan vida eterna. Incluso en la eternidad, la inmortalidad de los redimidos estará condicionada al acceso a ese árbol, exactamente igual que la de Adán y Eva antes de pecar. La Biblia no deja lugar a dudas: el hombre no es intrínsecamente inmortal, sino que su inmortalidad es condicional.

Diez argumentos bíblicos para la inmortalidad condicional

El árbol de la vida ya sería suficiente evidencia, pero no es el único indicio bíblico. La Biblia presenta al menos diez argumentos que apuntan en la misma dirección.

El primero parte de la forma en que Dios crea al hombre. Dios formó el cuerpo del hombre del polvo de la tierra y le dio vida soplando en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un alma viviente. La Biblia enseña que el ser humano «es» un alma formada por un cuerpo y el aliento de vida, no que «tiene» un alma que se puede separar del cuerpo.

Los componentes del ser humano

Por consiguiente, en segundo lugar, al morir, el espíritu o aliento de vida vuelve a Dios y el cuerpo al polvo, pero la Biblia no dice nada de que el alma sube al cielo. 

 

Versículos que afirman que el espíritu vuelve a Dios y el cuerpo al polvo

En tercer lugar, en la Biblia, las palabras «alma» y «vida» son sinónimos: un ser viviente «es» un alma. Por eso hay decenas de versículos, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, que confirman que el alma puede morir o ser matada.

Versículos del antiguo testamento donde se ve que "alma" y "vida" son sinónimos
Versículos del nuevo testamento donde se ve que "alma" y "vida" son sinónimos

En cuarto lugar, La Biblia también aclara explícitamente que el único inmortal es Dios:

el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible y a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver. A él sea la honra y el imperio sempiterno. Amén. 1 Timoteo 6:16

En quinto lugar, no hay mención de ningún patriarca, profeta o discípulo que al morir haya ido al cielo: simplemente fueron enterrados, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. 

Versículos del antiguo testamento donde no hay mención de que algún patriarca haya ido al cielo
Versículos del nuevo testamento donde no hay mención de que algún patriarca haya ido al cielo

En sexto lugar, son muchos también los textos que explican que morir es como dormir, porque no hay conciencia ni recuerdo. 

Versículos que afirman que morir es como dormir

El séptimo, que la inmortalidad es algo que se obtiene condicionalmente por la aceptación del evangelio, a partir de la resurrección.

 

Versículos que afirman que la inmortalidad se obtiene condicionalmente

Todos estos textos son claros al afirmar que, en octavo lugar, la resurrección es pasar de la muerte a la vida, o de dormir a despertar, no recibir un cuerpo.

 

Versículos que afirman que la resurrección es pasar de muerte a vida

El noveno es que, en la segunda venida, Cristo resucitará a los que están en el sepulcro, en el polvo o en el abismo, no entregará un cuerpo a almas que están o vienen del cielo.

 

Versículos que afirman que Cristo resucitará a los que están en el sepulcro

Y por ultimo, es a partir de la resurrección, en el siglo venidero, que se hereda la vida eterna.

Versículos que afirman que, a partir de la resurrección, heredamos la vida eterna
Los diez argumentos bíblicos para la inmortalidad condicional

La inmortalidad condicional en la Iglesia primitiva

Se escucha con frecuencia a predicadores afirmar que el concepto de la inmortalidad condicional del alma fue desarrollado a partir del siglo XIX. Pero nada está más lejos de la realidad. Hay evidencia de sobra de que en la Iglesia primitiva muchos padres de la Iglesia también enseñaban que la inmortalidad era condicional, estaba reservada para los justos y se obtenía solo a partir de la resurrección.

Justino Mártir, uno de los apologistas cristianos más importantes del siglo II, afirmaba que solo los justos recibirán inmortalidad y que el alma no es inmortal. Decía: «Si el alma es inmortal, no hay necesidad de la resurrección», lo cual tiene toda la lógica. Enseñaba claramente que las almas de los impíos sufrirán castigo solo el tiempo que Dios quiera que sufran y luego serán destruidas.

Afirmaciones de Justino Martir

Ireneo de Lyon, una de las figuras más importantes del cristianismo primitivo, también era condicionalista y no creía en la inmortalidad del alma. Afirmaba que «las almas no tienen vida en sí mismas, sino que la reciben como un don de Dios», y enseñaba que Dios priva de la existencia a quienes se apartan de él. Para Ireneo, solo después de la resurrección el hombre adquiere la inmortalidad.

Afirmaciones de Ireneo de Lyon

Teófilo de Antioquía, en el siglo II, decía que ser mortal o inmortal dependía de la elección del ser humano. E Ignacio de Antioquía y Arnobio de Sica, entre otros, también afirmaban que el alma no era inmortal, sino que la inmortalidad era un don de Dios.

Afirmación de Teófilo de Antioquía

¿Por qué la inmortalidad del alma caló tan profundamente en el cristianismo?

Si la inmortalidad condicional está tan clara en la Biblia —con el testimonio del árbol de la vida, los diez argumentos bíblicos y el respaldo de los padres de la Iglesia primitiva—, ¿a qué se debe que la inmortalidad del alma haya calado tan profundamente en la tradición cristiana?

La respuesta se encuentra en la historia, y específicamente en el choque entre dos grandes tradiciones religiosas con visiones opuestas sobre el ser humano y la materia.

La tradición indoeuropea, representada por pueblos como los hititas, los griegos y los persas, veía al hombre como un ser inmaterial, un alma pura atrapada en un cuerpo. Esto generaba una visión negativa de la materia, considerando el cuerpo como algo inferior o corrupto. 

El énfasis estaba en la inmortalidad del alma y la separación del cuerpo. Platón enseñaba que el alma es inmortal y el cuerpo es una prisión. El orfismo y el pitagorismo creían en la transmigración del alma. Y el gnosticismo consideraba a la materia como algo corrupto del que había que liberarse.

La tradición semita, que incluía no solo a los hebreos sino también a pueblos como los acadios y los arameos, veía al hombre como un ser material creado por Dios, dándole una valoración positiva al cuerpo y a la materia. 

En Génesis 2:7, es Dios mismo quien crea el cuerpo del polvo de la tierra y luego lo llama bueno en gran manera. 

Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz aliento de vida y fue el hombre un ser viviente. Génesis 2:7

Lejos de considerar el cuerpo como algo negativo, es parte de la creación perfecta de Dios y en el Nuevo Testamento se lo llega a llamar «templo del Espíritu Santo.» Para la tradición semita, el cuerpo es una parte esencial de la identidad humana, lo que fundamenta la inmortalidad solo a través de la creencia en la resurrección de la carne.

Las dos grandes tradiciones religiosas de la antigüedad

La helenización del judaísmo y del cristianismo primitivo

A partir del siglo IV a.C., la cultura judía comenzó a asimilar conceptos indoeuropeos, transformando su pensamiento religioso y filosófico.

Alejandro Magno promovió la cultura griega en todos los territorios conquistados, imponiendo no solo su idioma sino también su filosofía. A este legado cultural se le llama helenismo. Como resultado, conceptos indoeuropeos comenzaron a transformar gradualmente primero el pensamiento judío y luego el cristiano.

Los judíos de la diáspora dejaron de hablar hebreo y adoptaron el griego koiné, la lengua común del Imperio. Esto llevó a la traducción del Antiguo Testamento al griego en el siglo III a.C., dando origen a la Septuaginta (LXX). El helenismo también creó una división dentro del judaísmo: los saduceos adoptaron elementos de la cultura griega, mientras que los fariseos buscaron preservar la tradición judía.

A finales del siglo I a.C. surgió Filón de Alejandría, un pensador judío que intentó unir la fe hebrea con el platonismo, desarrollando una interpretación alegórica de la Escritura y hablando del Logos como un mediador entre Dios y el mundo, una idea que los cristianos adoptaron para explicar a Cristo. De hecho, la frase «En el principio era el Logos…» de Juan 1:1 no solo es una declaración teológica, sino también un puente entre la fe cristiana y la filosofía griega.

El apóstol Pablo también utilizó conceptos filosóficos griegos para predicar el evangelio, como lo hizo en su discurso en el Areópago de Atenas. Para el siglo I, el cristianismo se encontraba completamente inmerso en un mundo greco-romano: el Nuevo Testamento fue escrito en griego, y la cultura de la época estaba influenciada por Platón, el estoicismo y el neoplatonismo.

Como ya se mencionó, en los primeros siglos, Justino Mártir e Ireneo de Lyon enseñaban que el alma no era inmortal por naturaleza. Pero a medida que la Iglesia crecía, los teólogos comenzaron a usar terminología filosófica para explicar la fe. Clemente de Alejandría (150-215 d.C.) veía la filosofía griega como una preparación para el cristianismo, llamándola «el pedagogo de los gentiles.» Orígenes (185-254 d.C.), influenciado por Filón, desarrolló una interpretación alegórica de la Escritura, fusionando elementos platónicos con el cristianismo.

Sin embargo, el máximo exponente de la influencia griega en el cristianismo primitivo fue Agustín de Hipona (354-430 d.C.), uno de los teólogos mas influyentes del cristianismo medieval.

Influencia del pensamiento filosófico griego en el judaísmo intertestamentario en el cristianismo primitivo

Agustín de Hipona y la sistematización de la inmortalidad del alma

Hay que recordar que ninguna doctrina surge en el vacío: toda enseñanza está profundamente influenciada por su contexto histórico. En su juventud, Agustín fue seguidor de Platón y, en particular, de Plotino, el principal exponente del neoplatonismo. Después de una intensa lucha filosófica y espiritual, se convirtió al cristianismo a los 32 años, incorporando muchas ideas neoplatónicas a su teología, entre ellas la inmortalidad del alma.

Si bien Agustín no fue el primer teólogo en mencionar el concepto, fue quien lo sistematizó con mayor impacto en la teología cristiana. Adoptó la enseñanza de Platón aceptando que el alma es inmortal por naturaleza, aunque rechazó la idea de que es preexistente, enseñando en su lugar que Dios la crea en el momento de la concepción. Desde entonces, en la Iglesia occidental, la idea de un alma inmortal por naturaleza se convirtió en la doctrina dominante.

Agustín de Hipona y su estrecha relación con el neoplatonismo

Como consecuencia, Agustín tuvo que enfrentar el desafío de cómo armonizar el pecado original con un alma pura entregada por Dios. En el judaísmo este era un problema inexistente, ya que Dios no entrega un alma separada, sino que infunde aliento de vida a un cuerpo inerte y como resultado surge un ser o alma viviente. 

Pero en la concepción dualista de Platón llevada al cristianismo, la pregunta surge de inmediato: si el alma es creada por Dios, ¿cómo puede nacer ya corrompida por el pecado?

Nadie negaba el pecado original, pero entre quienes abrazaron el concepto de la inmortalidad del alma, había diferentes intentos de explicarlo. Lo que generaba debate no era si el pecado original existía, sino cómo se transmitía a cada alma nueva. 

A lo largo de la Edad Media se desarrollaron cinco explicaciones diferentes.

Las cinco explicaciones al pecado original

Agustín desarrolló la teoría de la concupiscencia, aunque también consideró el traducianismo y no descartó el realismo, escribiendo sobre las tres como explicaciones posibles sin definir con certeza cuál era la correcta, aunque insistiendo en que el deseo desordenado jugaba un papel clave en la corrupción humana.

La discusión ya no era solo teológica, sino profundamente filosófica. Si la Biblia no respalda la idea de un alma inmortal separada del cuerpo, mucho menos daría una respuesta sobre cómo esa alma, supuestamente inmortal, podría heredar el pecado original.

Las consecuencias de aceptar la inmortalidad del alma

Las consecuencias de aceptar el concepto de la inmortalidad del alma no fueron pocas, y otros conceptos ajenos a la enseñanza bíblica comenzaron a surgir de forma natural.

En primer lugar, la visión negativa del cuerpo llevó a considerar el sexo como algo impuro y corrupto incluso dentro del matrimonio, permitiéndolo solo para la procreación. 

En segundo lugar, redefinió la resurrección: ya no como el paso de la muerte a la vida, sino como el regreso de un alma inmortal desde el cielo para recibir un cuerpo, una idea que contradice numerosos textos bíblicos de forma evidente.

En tercer lugar, la separación del alma y el cuerpo llevó a considerar los sacramentos como «medicinas espirituales» que curaban el alma, creando una salvación centrada en los rituales en lugar de en la relación con Dios.

La respuesta a la gran pregunta

¿A qué se debe que el concepto de la inmortalidad del alma haya calado tan profundamente en la tradición cristiana, a pesar de que la Biblia enseña con claridad la inmortalidad condicional?

La respuesta es la misma de siempre: se siguió la sabiduría humana —en este caso, la filosofía de pensadores griegos— en lugar de la sabiduría de Dios. Platón nunca conoció los textos sagrados judíos ni tuvo acceso a la revelación de Jehová. 

Aunque reflexionó sobre la existencia de Dios, sus ideas eran puramente filosóficas, basadas en el pensamiento pagano indoeuropeo, sin relación con la Palabra inspirada. Para que se tenga una idea, Platón creía que el alma es preexistente y pasa por múltiples vidas hasta purificarse y regresar al mundo de las Ideas.

Así, el concepto de la inmortalidad del alma se construyó sobre la base de la filosofía griega pagana, y no sobre la enseñanza de las Escrituras. Si alguien estudiara la Biblia con total imparcialidad, sin influencias externas, llegaría inevitablemente a la conclusión de que la inmortalidad es un regalo prometido solo a los salvos, otorgado en la resurrección.

La doctrina de la inmortalidad del alma no solo contradice la enseñanza bíblica, sino que también tiene consecuencias peligrosas. Distorsiona la imagen de Dios y afecta la comprensión del plan de salvación. 

Para defenderla, se recurre a unos pocos textos ambiguos que, lejos de ser concluyentes, permiten diversas interpretaciones, o se toman parábolas como la del rico y Lázaro y se interpretan como hechos históricos basándose en argumentos débiles, como afirmar que el uso de nombres propios en una historia la convierte automáticamente en un relato histórico.

Cambiar un sistema de creencias no es fácil. Pero la invitación es a pedir que el Espíritu Santo guíe en la búsqueda honesta de la verdad bíblica.

Por CHRISTIAN JABLOÑSKI

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¿Quién decide tu salvación: Dios o tú? Lo que nadie te explicó

Hoy en día los cristianos entienden la salvación desde cuatro perspectivas principales, cada una con profundas implicaciones para la fe y la relación con Dios. Todos los cristianos afirmamos que somos salvos por gracia por medio de la fe. Pero no de la misma manera. ¿Cómo se llegó a estas diferentes formas de entender la salvación?

Las definiciones de fe y salvación como punto de partida

La fe es un don del Espíritu Santo que nos guía a tener plena confianza en la palabra de Dios, basada en una relación de amor con Él, quien nos transforma a su imagen y produce en nosotros buenas obras.

Una definición de "fé"

Y a partir de esa definición, la salvación puede entenderse así: es el proceso por el cual Dios, por su gracia, nos justifica mediante la obra redentora de Cristo en la cruz, por medio de la fe, santificándonos a través del Espíritu Santo, quien nos transforma a su imagen y produce en nosotros buenas obras.

Una definición de "salvación"

Aunque esta definición refleja un amplio consenso cristiano, las religiones difieren bastante en cómo ocurre ese proceso, generando importantes diferencias prácticas a la hora de buscar la entrada al reino de los cielos.

Las cuatro ramas de la teología

Para comprender la Palabra de Dios y su impacto en nuestras vidas, la teología se apoya en cuatro ramas fundamentales. La Teología Exegética emplea diversas herramientas para extraer de manera fiel las enseñanzas del texto bíblico. 

La Teología Histórica explora cómo las doctrinas han evolucionado a lo largo del tiempo. La Teología Sistemática organiza todas las doctrinas de manera lógica para que hagan coherencia entre ellas. Y la Teología Pastoral aplica estas verdades a la vida diaria de una forma práctica.

Las cuatro ramas de la teología

El campo que estudia la doctrina de la salvación se llama Soteriología. Puede analizarse desde la exégesis bíblica, examinando versículos y simbología para sostener las definiciones con un fundamento sólido en las Escrituras. Pero también puede explorarse desde la Teología Histórica, que es la herramienta que se utilizará en este recorrido.

El objetivo es examinar cómo los grandes teólogos reflexionaron intensamente sobre el concepto de salvación, y de qué forma y en qué contexto histórico se formaron las cuatro creencias abrazadas actualmente por casi todo el cristianismo.

Este recorrido histórico abarca dos grandes preguntas. La primera es la que se desarrolla aquí: ¿cooperamos con Dios en la salvación?, donde se analiza el concepto de la predestinación para encontrar la respuesta. 

La segunda pregunta —¿cómo debemos cooperar con Dios?— será objeto de un estudio aparte, y es allí donde las dos corrientes soteriológicas se transforman en cuatro, especialmente a causa de las diferentes interpretaciones de los sacramentos.

La pregunta central: ¿cooperamos con Dios en la salvación?

La pregunta más importante que los teólogos han intentado responder es la misma que le hizo el joven rico a Jesús:

¿Qué haré para heredar la vida eterna? Lucas 18:18

Esa pregunta se desglosa en dos partes: si el ser humano debe cooperar con Dios en la salvación, y si es así, qué debe hacer.

Con respecto a la primera pregunta, una parte importante del cristianismo dice que no. Según esta perspectiva, el hombre no tiene participación ni cooperación en el proceso de salvación, ya que de ser así sería una salvación basada en obras, lo cual contradice la gracia.

En teología, esta postura se llama monergismo, un término que proviene del griego: mono = uno, ergon = trabajo. Dios es el único agente activo en el proceso de salvación. La gracia y la fe de los salvos son irresistibles desde la elección hasta la glorificación.

Si esto es así, surge una pregunta inevitable: ¿por qué algunos se salvan y otros no? Según esta postura, la respuesta está en la soberanía de Dios. Él predestina quiénes serán salvos, no basándose en ningún mérito o decisión del hombre, sino únicamente en su voluntad soberana.

Por otro lado, otros afirman que sí hay participación humana en el proceso de salvación. Esta postura se llama sinergismo. Los sinergistas sostienen que, gracias a la gracia preveniente, el libre albedrío es restaurado y habilitado para cooperar con Dios.

El sinergismo y monergismo

La gracia y la fe de los salvos puede ser rechazada y abandonada. Y de esta forma, Dios predestina muchas cosas, pero no quién se salva y quién se pierde. El ser humano tiene la capacidad de decidir si creer o no, de aceptar o rechazar la gracia.

La gracia preveniente: un punto de acuerdo universal

Muchas veces, al defender la postura monergista, se plantea el siguiente argumento: «La voluntad humana está completamente incapacitada por el pecado para buscar o responder a Dios por sí misma.» Esta afirmación es correcta y se conoce como gracia preveniente y necesaria, un concepto aceptado por todo el cristianismo, incluyendo a los sinergistas.

Es gracias a la intervención del Espíritu Santo en la vida del ser humano que el libre albedrío es habilitado, permitiéndole responder a Dios. Sin esa intervención, la voluntad está esclavizada bajo el poder del mal.

10 Como está escrito:
«No hay justo, ni aun uno;
11 no hay quien entienda,
no hay quien busque a Dios.
12 Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles;
no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Romanos 3:10-12
Nadie puede venir a mí, si el Padre, que me envió, no lo atrae; y yo lo resucitaré en el día final. Juan 6:44

Este concepto no le resta mérito a la soberanía absoluta de Dios, ya que es su gracia preveniente la que permite al ser humano elegir, dejando espacio para el libre albedrío a partir de ese momento.

La predestinación: lo que Dios sí predestinó y lo que no

La Biblia habla de predestinación, aunque solo en seis versículos. Los sinergistas no niegan la predestinación. 

Hay muchísimas cosas que Dios predestinó: todo el plan de redención de Cristo, su primera y segunda venida fue predestinado desde antes de la creación del mundo; también que su Iglesia se estableciera; el propósito de los salvos; las condiciones para su salvación; y qué tipo de personas deberían ser o qué requisitos Dios en su soberanía pediría para conferir la gracia ofrecida. En ese sentido, la predestinación está basada en su soberanía.

Pero Dios no predestina quiénes serán los que se salvan. Él sabe quiénes serán, pero eso no significa que los predestine individualmente. En ese sentido, su predestinación está basada en su presciencia. Es como ver una película dos veces: ya se sabe cómo termina, pero ese conocimiento no determina las decisiones de los personajes.

La predestinación

Este no es un concepto nuevo. Ya en el siglo II, Ireneo de Lyon y Justino Mártir afirmaban que la presciencia de Dios no anula el libre albedrío.

Ireneo de Lyon y Justino Mártir acerca de la predestinación

Un ejemplo bíblico lo ilustra bien. Dios le dijo a Abraham que su pueblo estaría en tierra ajena cuatrocientos años y luego los liberaría. El plan de liberación estaba predestinado.

También estaba predestinado que entrarían a Canaán. Dios quería que entraran los que sacó de Egipto, pero ellos se rebelaron y decidieron no creer en Él. Dios aceptó esa decisión y cumplió su plan predestinado con la generación siguiente.

Así como respetó la voluntad de los ángeles caídos que decidieron seguir a Satanás, respeta la voluntad humana. No hay mayor muestra de libre albedrío que la cruz de Cristo. Dios asegura la libertad de sus criaturas aunque ello le cueste la sangre de su propio Hijo.

Fue precisamente la errónea comprensión del concepto de la predestinación la que llevó a algunos teólogos a defender el monergismo y, como consecuencia, hoy hay más de 150 millones de cristianos que abrazan esta doctrina.

El recorrido histórico: ninguna doctrina surge en el vacío

Actualmente existen dos grandes corrientes dentro del monergismo y dos grandes corrientes dentro del sinergismo. Para entender cómo se llegó a ellas, es necesario recorrer la historia. Ninguna doctrina surge en el vacío: cada una está profundamente influenciada por su contexto histórico, es decir, por el contexto social, político y teológico-filosófico de su época.

Pelagio: la salvación por obras propias

En el siglo IV surgió una figura que desató uno de los debates teológicos más importantes sobre la salvación: el monje británico Pelagio. Según él, el pecado de Adán era más bien superficial y no había corrompido la naturaleza humana de forma radical, sino que había sido un mal ejemplo que los seres humanos podían evitar imitando la vida de Cristo y tomando decisiones correctas.

En este marco, la gracia divina no era estrictamente necesaria. Los seres humanos podían lograr la salvación por sus propios méritos y libre albedrío: bastaba con dejar de pecar y vivir en obediencia.

Esta enseñanza fue vista como una amenaza por muchos teólogos de la época, porque defendía directamente la salvación por obras y por el esfuerzo personal.

Agustín de Hipona: la respuesta al pelagianismo

Uno de los críticos más destacados de Pelagio fue Agustín de Hipona, conocido en el cristianismo histórico como «San Agustín», sin duda una de las figuras más influyentes en la evolución histórica de la doctrina de la salvación.

Agustín respondió con contundencia afirmando que el pecado no es un problema superficial, sino que ha corrompido profundamente toda la naturaleza humana, lo que llamó «depravación total.»

Es importante entender este término correctamente: no significa que las personas sean lo más malas posible, sino que el pecado ha afectado todas las áreas del ser humano: la mente, los sentimientos, la voluntad y las acciones.

A partir de ahí, Agustín explicó dos conceptos importantes. La gracia es preveniente: sin su intervención primera, el hombre no puede responder a Dios. En ese estado de depravación total donde toda la naturaleza, incluida la voluntad, estaba caída, el hombre no podía buscar ni elegir a Dios por sí mismo.

Y la gracia es también necesaria: la habilita para aceptar la salvación, porque sin la intervención de la gracia divina es totalmente imposible para el hombre reconciliarse con Dios.

Agustín de Hipona y Pelagio

Este es también el sentido del pecado imperdonable contra el Espíritu Santo: cuando se lo rechaza completamente, la gracia ya no alcanza al ser humano, su voluntad queda esclavizada por el pecado y ya no puede responder positivamente al llamado de Dios. Este principio fue adoptado por unanimidad por todo el cristianismo.

Ninguna doctrina surge en el vacío. Agustín no era una excepción. En su juventud había abrazado el maniqueísmo, una religión dualista que enseñaba que el mundo estaba en una constante lucha entre el bien —la luz— y el mal —la oscuridad—, considerados fuerzas opuestas y eternas. Agustín encontró en esa doctrina una explicación para la existencia del mal sin culpar directamente a Dios.

Sin embargo, con el tiempo la abandonó y comprendió que el mal no es una fuerza autónoma equivalente al bien, sino la ausencia de Dios, tal como la oscuridad no es una entidad en sí misma sino la ausencia de luz.

A partir de entonces, afirmó que Dios es el único creador y gobernante supremo, incluso sobre lo que percibimos como mal, y la soberanía absoluta de Dios se convirtió en un pilar central de su teología.

Maniqueísmo y Pelagio como contexto de la teología de Agustín

Este pilar, combinado con su debate contra Pelagio y su necesidad de refutar la salvación por obras, llevó a Agustín a enseñar que Dios sí predestina la salvación de los hombres basado únicamente en su soberanía.

El ser humano no tenía ningún mérito en su salvación y no cooperaba en absoluto con la gracia. Sin embargo, también sostenía que la gracia era ofrecida a todos y que la expiación de Cristo fue universal.

Para los salvos, la gracia era irresistible —lo que más adelante se llamaría «predestinación positiva»—, aunque Agustín no usó ese término. Pero no hacía responsable a Dios por los perdidos: en el caso de ellos, se perdían por haber decidido voluntariamente rechazar la gracia. Es decir, para ellos la gracia sí era resistible.

Esto creó una contradicción difícil de armonizar: la oferta de la gracia resultaba en la práctica desigual. Para los salvos, elegidos por Dios, la gracia es irresistible y eficaz. Para los perdidos, la gracia es resistible e ineficaz.

Agustín no resolvió esta contradicción porque su enfoque no era construir una teología sistemática, sino defender la soberanía de Dios y refutar la salvación por obras. No negaba la paradoja, sino que la consideraba un misterio divino que la mente humana no podía entender completamente.

Agustín también era ambiguo al decir que la gracia era únicamente por voluntad de Dios y que los salvos eran predestinados sin ningún mérito humano, pero a la vez hablaba de las buenas obras y los sacramentos como parte de la cooperación humana, sin aclarar esta dicotomía y dejando abierta la interpretación de su pensamiento.

Contradicciones en las ideas de Agustín

El Concilio de Cartago (418 d.C.) y la condena del pelagianismo

En el año 418 se realizó el Concilio de Cartago, donde se declaró a Pelagio hereje, afirmando que la gracia de Dios es preveniente y esencial para todo acto de fe o salvación, basándose en las enseñanzas clave de Agustín. A partir de entonces, las teorías de Pelagio que defendían una salvación cien por ciento por obras desaparecieron del cristianismo como una herejía.

El semipelagianismo y su condena (529 d.C.)

Como respuesta a las enseñanzas extremas de Agustín, surgió el semipelagianismo en las regiones del sur de la Galia —lo que hoy es Francia—. El término no fue acuñado durante su tiempo, sino posteriormente por sus críticos.

El semipelagianismo rechazaba la «depravación total» de Agustín y negaba la necesidad de la gracia preveniente para iniciar el camino hacia Dios, afirmando que el ser humano podía dar el primer paso hacia la salvación. Suavizaba el extremismo de Pelagio al reconocer que Dios interviene con su gracia en el proceso de salvación, pero solo después del esfuerzo humano inicial.

En el año 529, el segundo Concilio de Orange rechazó oficialmente la idea de que la salvación se inicie con una respuesta humana anticipada, condenó el semipelagianismo y lo hizo desaparecer como corriente dentro del cristianismo.

Pero su influencia provocó el surgimiento de una nueva línea de pensamiento que suavizó algunas de las posturas extremas de Agustín, conocida más adelante como «semi-agustinismo», un término retrospectivo utilizado por los teólogos para describir una posición intermedia entre el agustinismo estricto y el semipelagianismo.

Esta doctrina, en su etapa inicial surgida del Concilio de Orange, fue adaptada y desarrollada con el tiempo, dando lugar a nuevas expresiones doctrinales. Es la base de la doctrina soteriológica oficial de la Iglesia Católica y contiene principios compartidos por las Iglesias Ortodoxas.

Del concilio de Cartago al concilio de Orange

Ni en el Concilio de Orange ni a lo largo de toda la Edad Media, la Iglesia se expresó explícitamente sobre la predestinación o si el hombre participa o no en su salvación o si la gracia era resistible para los salvos. Se enfatizaba la necesidad absoluta de la gracia divina y el deseo de Dios de que todos se salven, tal como lo expresa el Concilio de Quierzy (853 d.C.):

«Dios omnipotente quiere que todos los hombres sin excepción se salven… Que algunos se salven, es don del que salva; que algunos se pierdan, es mérito de los que se pierden.»

En el siglo XIII, Tomás de Aquino, considerado Doctor de la Iglesia, decía que Dios predestina a alguien sin forzar el libre albedrío humano, intentando equilibrar la soberanía de Dios con el libre albedrío, aunque sin poder escapar de afirmaciones contradictorias. Pero sus afirmaciones eran reflexiones teológicas personales, no posturas oficiales de la Iglesia.

No obstante, en la práctica la Iglesia se alejó del énfasis en la soberanía absoluta de la gracia y, con el tiempo, adoptó un enfoque que daba un papel más activo a la cooperación del hombre en su salvación. Este cambio se reflejó en el creciente poder de los sacramentos, las indulgencias y las obras penitenciales.

La postura de la Iglesia pasó a ser indudablemente sinergista, y reafirmó que la gracia era resistible para los perdidos, es decir, que Dios no predestina activamente a nadie a la condenación.

El equilibrio entre predestinación y libertad humana no se resolvió completamente, sino que se dejó como un «misterio»: la soberanía de Dios y la libertad humana son verdades coexistentes que la teología medieval no intentó explicar más allá de esa afirmación.

Agustinismo y semi-agustinismo temprano

Martín Lutero y el monergismo luterano

Durante más de diez siglos no hubo aportes significativos en la doctrina oficial de la salvación. El contexto histórico no favorecía los cambios: la Iglesia Católica ostentaba un gran poder y cualquiera que se apartara de los postulados oficiales corría el riesgo de ser acusado de herejía. Este clima de control doctrinal marcó un largo período de estancamiento en la teología de la salvación, hasta que en el siglo XVI surgió Martín Lutero.

Como monje agustino, Lutero pertenecía a una orden que seguía las enseñanzas de Agustín, especialmente su énfasis en la soberanía divina. En esa época, la Iglesia Católica abusaba de las bulas papales y enseñaba que la salvación podía obtenerse mediante pagos económicos como las indulgencias —abusos que la propia Iglesia condenó más tarde—.

Así como Agustín había debatido contra la doctrina de la salvación por obras de Pelagio, Lutero protestó contra la salvación basada en las obras, las bulas y las indulgencias de la Iglesia Católica de la época. La influencia de Agustín y este contexto histórico llevaron a Lutero a rechazar radicalmente la idea de que el ser humano pudiera contribuir de alguna manera a su propia salvación.

Lutero entra en el mapa

Con el objetivo de combatir la salvación por obras, Lutero dedicó sus esfuerzos a demostrar que la salvación no era un proceso en el que Dios y el hombre cooperaban, sino una obra exclusivamente divina. Este acto marcó el inicio de la Reforma Protestante y sentó las bases del monergismo luterano.

El luteranismo enseña que Cristo murió por todos, reflejando el deseo de Dios de que todos sean salvos. Mediante una gracia irresistible, Dios elige soberanamente a los salvos desde antes de la fundación del mundo, asegurando su salvación —predestinación positiva—.

Para Lutero, la voluntad humana está totalmente esclavizada y el libre albedrío no participa en el proceso de salvación. Y los no salvos sí pueden resistir la gracia: se pierden por su propio rechazo, ya que Dios no predestina activamente a nadie a la condenación.

La teología de Lutero

El luteranismo mantiene así la misma contradicción que Agustín no pudo explicar: la gracia es irresistible para los elegidos, pero puede ser rechazada por los no elegidos. Dios predestina a los creyentes a la salvación, pero no predestina activamente a nadie a la condenación, lo que parece desigual.

Los luteranos asumen esta tensión como un misterio divino que está más allá de la comprensión humana: la soberanía de Dios aplicada a la predestinación de los salvos y la responsabilidad humana adjudicada a los que se pierden son verdades coexistentes que deben aceptarse aunque no puedan reconciliarse completamente desde una perspectiva racional.

Juan Calvino y la doble predestinación

En el siglo XVI, tras las reformas iniciadas por Lutero, surgió Juan Calvino, un destacado teólogo francés exiliado en Ginebra, seguidor de las enseñanzas de Agustín e influenciado en parte por Lutero.

Los abusos de poder en la Iglesia Católica y el sistema sacramental que otorgaba cada vez más control institucional sobre la salvación llevaron a Calvino a rechazar cualquier sistema que subordinara la gracia de Dios a esfuerzos humanos o instituciones.

Calvino entra en el mapa

A través de su obra Institución de la Religión Cristiana, publicada en 1536, Calvino dio forma a un enfoque monergista que sostiene que la salvación es exclusivamente obra de Dios, anulando totalmente la acción del libre albedrío humano.

Si bien Calvino no desarrolló explícitamente la doctrina de que Cristo murió solo por los elegidos, el calvinismo posterior adoptó el concepto de la expiación limitada en los Cinco Puntos del Calvinismo, formulados en el Sínodo de Dort en 1619.

Calvino coincidía con Lutero en que Dios predestinaba a los salvos y en que la gracia era irresistible para ellos. Sin embargo, en su teología sistemática no había lugar para la contradicción de que los salvos no podían rechazar la gracia y los perdidos sí, y resolvió esa contradicción radicalizando aún más la postura de la predestinación.

Calvino enseñó también la irresistibilidad de la condenación, señalada como predestinación negativa. Según Calvino, Dios decide no conceder su gracia salvadora a algunos, dejándolos en su estado natural de pecado, lo que resulta en su justa condenación. Este acto pasivo de no elegirlos se denomina «reprobación.» En el calvinismo, los salvos son llamados «elegidos» y los perdidos «réprobos.»

Esta doctrina de la doble predestinación ha sido una de las más polémicas dentro del calvinismo. En la práctica, tanto el luteranismo como el calvinismo enseñan lo mismo: quienes no son elegidos por Dios para salvarse no pueden evitar perderse. Sin embargo, sus explicaciones difieren sutilmente.

El luteranismo sostiene que Cristo murió por todos, que Dios desea salvar a todos y que su gracia se ofrece universalmente, dejando que la incredulidad humana explique la condenación. El calvinismo enseña que Cristo murió solo por los elegidos, ya que la expiación es limitada, y que la gracia no se ofrece a quienes se pierden.

La teología de Calvino en comparación con la de Lutero

El calvinismo es el sistema más monergista de todos y el que menos participación le adjudica al ser humano en el proceso de salvación y perdición.

En teología existen varias palabras para describir cosas difíciles de explicar: tensión, paradoja, misterio, enigma y contradicción, y cada una tiene una connotación diferente. Las religiones monergistas ven el tema de la predestinación como un misterio no revelado que no se puede entender totalmente y lo dejan en manos de la soberanía de Dios.

Sin embargo, esto no es un misterio no revelado sino una contradicción causada por la malinterpretación del concepto de la predestinación. Una contradicción ocurre cuando dos ideas son completamente incompatibles y contradicen la razón y la lógica: como afirmar que Dios predestina a los salvos pero no a los condenados, tal como hace el luteranismo, o que Dios crea personas destinadas desde antes de nacer a la tortura del infierno eterno y a la vez sea un Dios de amor, como afirma el calvinismo.

El Concilio de Trento y la Contrarreforma

Poco después de las enseñanzas de Calvino se organizó el Concilio de Trento a mediados del siglo XVI. Las críticas hacia la corrupción interna de la Iglesia Católica crecían impulsadas por la Reforma protestante.

En respuesta, la Iglesia inició la Contrarreforma, siendo el Concilio de Trento su herramienta principal para definir de manera sistemática las doctrinas sobre la salvación, la gracia, los sacramentos y la fe.

La Iglesia Católica respondió reafirmando la primacía de la gracia divina en la salvación, pero subrayando también la cooperación humana a través de las obras y los sacramentos. El Concilio de Trento consolidó la postura semi-agustiniana como posición oficial de la Iglesia Católica, vigente hasta nuestros días.

El semi-agustinismo entra en el mapa

Aunque el concilio no profundizó en detalles sistemáticos sobre la predestinación debido a su complejidad y al riesgo de divisiones internas, estableció varios puntos clave. Afirmó que la salvación requiere la cooperación humana con la gracia divina, rechazando categóricamente la idea de una predestinación incondicional de los salvos y la doble predestinación propuesta por el calvinismo.

Declaró que Cristo murió por todos los seres humanos, rechazando de forma contundente la expiación limitada de los calvinistas. Y enseñó que la gracia puede ser aceptada o rechazada dependiendo del ejercicio del libre albedrío, tomando así una postura sinergista. Para ambos casos —salvos y perdidos—, la gracia es resistible.

La teología del semi-agustinismo

Jacobo Arminio y el arminianismo

En el año 1560 nació Jacobo Arminio, un teólogo protestante que inicialmente defendió el calvinismo. Sin embargo, sus estudios profundos en la Biblia lo llevaron a replantear sus creencias. Llegó a la convicción de que la doctrina calvinista de la predestinación no se correspondía con la naturaleza amorosa de Dios.

Arminio entra en el mapa

Aunque la Iglesia Católica históricamente había mantenido un enfoque sinergista sobre la salvación, no había formulado una doctrina tan sistemática sobre la predestinación, la soberanía divina y el libre albedrío como lo hizo Arminio. 

Su obra marcó un punto crucial en la teología protestante, ofreciendo una alternativa al calvinismo que daría origen al arminianismo, una corriente que sigue influyendo en muchas denominaciones cristianas hasta hoy.

El arminianismo afirmaba que Dios ya sabe quién se salvará, porque conoce el final desde el principio, tal como dice Isaías:

9 …yo soy Dios… 10 que anuncio lo por venir desde el principio. Isaías 46:9-10

Pero la presciencia de Dios sobre quién se salva no predestina para salvación. Ese conocimiento no obliga a Dios a usar su soberanía para decidir individualmente quién se salva. Son dos cosas diferentes, y esto es lo que Agustín y sus seguidores no entendieron.

Cristo murió por todos los seres humanos, pero solo aquellos que creen en Él se benefician de su sacrificio. La expiación es suficiente para todos, pero eficaz únicamente para los que la aceptan por fe.

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Juan 3:16

Versículos que afirman que Cristo murió por todos

Por ende, la gracia es resistible tanto para los salvos como para los perdidos. El que decide aceptarla se salva y el que decide rechazarla se pierde según su libre albedrío. La oferta de la gracia es así justa e igual para todos.

He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él. Apocalipsis 3:20

La teología de Arminio
Versículos que afirman que la salvación depende de nuestra decisión

¿Cómo armonizar la soberanía de Dios con el libre albedrío?

¿Cómo se armoniza el concepto de soberanía de Dios si no se acepta la predestinación? ¿Y cómo se defiende el libre albedrío sin que sea salvación por obras?

La Biblia enseña que la salvación es cien por ciento obra de Dios y que el ser humano no coopera en términos de mérito, sino únicamente respondiendo a la gracia, o dicho de otro modo, no rechazándola. Y así, en el concepto de fe, la única cooperación consiste simplemente en no rechazar la gracia. Tal como enseñan estos versículos:

»¡Duros de cerviz! ¡Incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros. Hechos 7:51

Mirad que no desechéis al que habla, pues si no escaparon aquellos que desecharon al que los amonestaba en la tierra, mucho menos nosotros, si desechamos al que amonesta desde los cielos. Hebreos 12:25

Las cuatro corrientes soteriológicas actuales

De esta forma pueden identificarse cuatro líneas de pensamiento agrupadas en dos corrientes soteriológicas.

Por un lado, la tradición reformada con su doctrina calvinista y los luteranos adoptaron una postura monergista, que afirma que no existe cooperación humana en el proceso de salvación.

Por otro lado, el resto de las iglesias cristianas sostiene una postura sinergista, que defiende la idea de que sí hay cooperación entre el ser humano y Dios mediante el ejercicio del libre albedrío en el proceso de salvación.

La segunda pregunta —cómo cooperamos con Dios— la analizaremos en el siguiente artículo, es donde el enfoque cambia y las dos ramas se transforman en cuatro, especialmente a causa de las diferentes interpretaciones que se le dan a los sacramentos.

Por CHRISTIAN JABLOÑSKI

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¿Por qué la fe es más que una certeza?

La mayoría de las veces que se explica lo que significa la fe, se recurre a Hebreos 11:1:

La fe es la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve. Hebreos 11:1

Sin embargo, este versículo no está definiendo a la fe, sino describiendo una de sus características. La fe es mucho más que una certeza de una verdad bíblica. Santiago lo deja en claro:

Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan. Santiago 2:19

La fe auténtica trasciende el conocimiento intelectual. Desentrañar su verdadero significado bíblico es el propósito de lo que sigue.

Las dos dimensiones de la fe

La fe es una acción que realiza Dios en el hombre a través del Espíritu Santo, y tiene dos dimensiones inseparables. La interior es la certeza y confianza en la palabra de Dios. La exterior son la acción y la obediencia que se manifiestan como fruto visible de esa confianza. Ambas reflejan una fe viva y auténtica.

La fe es el medio por el cual se obtiene la salvación.

Porque por gracia sois salvos por medio de la fe. Efesios 2:8

Esto no debe sorprender, ya que la fe no es ningún mérito propio sino un don de Dios otorgado a través del Espíritu Santo.

…y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Efesios 2:9

Y la fe es fruto del Espíritu.

Pero el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe. Gálatas 5:22

Las dos dimensiones de la fé

La fe que impulsa a la acción

Gracias a Hebreos 11:1 sabemos que la fe es la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve. Sin embargo, la fe bíblica no se queda en el nivel de creencia o certeza intelectual: es una confianza que impulsa a la acción.

Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Hebreos 11:1

El capítulo 11 de Hebreos, conocido como el capítulo de los héroes de la fe, está lleno de personas que no solo creyeron sino que actuaron en consecuencia.

Vale notar que ese capítulo no es el comienzo de la explicación sobre la fe. Pablo viene hablando de ella desde el capítulo anterior, y por eso el versículo 1 empieza diciendo «es pues», dando una conclusión del texto anterior. El último párrafo del capítulo 10 habla del justo que vivirá por la fe y dice:

No perdáis, pues, vuestra confianza. Hebreos 10:35

Y Santiago es explícito:

La fe, si no tiene obras, es muerta. Santiago 2:17

Son las obras del Espíritu Santo en nuestra vida. La fe tiene una certeza y convicción tan grande que deriva en una confianza en el Señor que mueve a actuar en consecuencia.

El núcleo de la definición de la fe

¿Significa entonces que cualquier acción basada en la confianza constituye fe? No necesariamente. Tomar un avión en día de tormenta implica confiar en la seriedad de la empresa y la experiencia del piloto, pero eso no es fe. Es una confianza basada en hechos, probabilidades y estadísticas.

Aquí está lo más importante y el núcleo de la definición de la fe: la fe es una certeza y confianza plena basada en una relación de amor con Dios. Y cuanto más fuerte es esa relación, más certeza se tiene en su palabra y más se confía en Él. 

En otras palabras, la fe crece. Hasta el punto de confiar y obedecer aunque lo que se pida vaya contra toda lógica y contra toda estadística. La fe no desecha la razón, pero está basada en una relación de amor con Dios.

…lo que realmente vale es la fe que obra por el amor. Gálatas 5:6

Por eso la Biblia dice:

…la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios. Romanos 10:17

Porque entender y creer en el amor de Dios nos motiva a tener una relación de amor con Él. Y la mayor manifestación de ese amor fue Cristo.

…que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor. Efesios 3:17

…el amor de Cristo nos constriñe. 2 Corintios 5:14

«Constriñe» significa impulsa, motiva. La Biblia está llena de versículos que hablan de que la salvación y la vida eterna vienen de conocer a Cristo.

Versículos que expresan que la salvación y la vida eterna vienen de conocer a Cristo

Las acciones externas e internas de la salvación

Cristo realizó para la salvación de todos los hombres cinco acciones fundamentales. La primera es que, como el Segundo Adán, hace nuevas todas las cosas, ya que el mal había afectado a toda la creación.

Las otras cuatro son acciones legales que debían realizarse con derramamiento de sangre: son diferentes facetas del perdón de Dios expresadas con terminología judicial en las palabras redención, propiciación, expiación y remisión. Todas fueron realizadas para todos los humanos, externamente, sin nuestra participación, y las realizó Jesús en soledad.

Las razones y propósito de la muerte de Cristo

El libro de Apocalipsis lo describe con elocuencia. En el capítulo 5, Juan lloraba porque no se había hallado a ninguno digno de abrir el libro de los redimidos, hasta que aparece un Cordero como inmolado que redimió con su sangre y fue el único digno de tomar el libro y abrir sus sellos.

4 Y lloraba yo mucho, porque no se hallaba a nadie que fuera digno de abrir el libro, ni siquiera de mirarlo. Y cantaban un cántico nuevo, diciendo:

«Digno eres de tomar el libro
y de abrir sus sellos,
porque tú fuiste inmolado,
y con tu sangre nos has redimido para Dios,
de todo linaje, lengua, pueblo y nación. Apocalipsis 5:4,9

Isaías, refiriéndose a la misión de Jesús y que este la debía llevar sola, dice:

He pisado yo solo el lagar. Isaías 63:3

Y no existe mayor prueba de que tuvo que pagar ese precio en soledad que el momento en que desde la cruz exclamó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?»

Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: «Elí, Elí, ¿lama sabactani?» (que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?»). Mateo 27:46

Pero a la vez hay otras acciones del proceso de salvación que se desarrollan internamente dentro del ser humano, representadas en la Biblia por el agua, porque son realizadas con la ayuda del Espíritu Santo.

Acciones internas del proceso de salvación representadas por el agua

En primer lugar, Cristo siendo cien por ciento Dios mostró el amor de Dios de una forma que solo Él podía mostrar en su plenitud, y el Espíritu Santo revela ese amor.

…el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado. Romanos 5:5

En segundo lugar, al ser cien por ciento hombre, Cristo nos dio su ejemplo de cómo vivir ese amor. Mostró el amor infinito de Dios y enseñó cómo aplicarlo a la vida humana. Y el Espíritu Santo habilita la voluntad para seguir ese ejemplo.

Pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra. Ezequiel 36:27

El Espíritu Santo parte fundamental del proceso interno de salvación

La gracia preveniente

Esto es así porque la naturaleza caída hace totalmente imposible que el ser humano tome la iniciativa de entablar una relación de amor con Dios sin que antes intervenga Dios con su gracia a través del Espíritu Santo.

En esto están de acuerdo todas las religiones cristianas. En teología se llama gracia preveniente: la acción inicial de Dios que, por su amor y misericordia, capacita al ser humano para buscarlo, responder a Él y aceptar la salvación. La intervención del Espíritu Santo se efectúa incluso antes de que la persona lo desee o lo busque por sí misma.

Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad. Filipenses 2:13

Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero. 1 Juan 4:19

La gracia preveniente

Las dos ilustraciones bíblicas de la fe

La Biblia ilustra el funcionamiento de la fe con imágenes hermosas y fáciles de entender. Cristo y el Espíritu Santo actúan con el mismo objetivo pero de forma diferente: Cristo influye en un acto puntual y el Espíritu Santo de forma continua, haciendo crecer lo que Cristo hizo.

La primera ilustración es la semilla y el agua. Los creyentes son llamados a ser como un árbol frondoso, pero por naturaleza somos tierra seca. Cristo es la semilla que, como dice Juan 12:24, es necesario que muera para dar mucho fruto: un acto puntual realizado en la cruz.

De cierto, de cierto os digo que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo, pero si muere, lleva mucho fruto. Juan 12:24

El agua representa al Espíritu Santo, que riega la tierra continuamente para que la semilla se convierta en un árbol con fruto.

La ilustración de la semilla y el agua

La segunda ilustración es el candelabro del santuario. Los creyentes somos llamados a ser la luz del mundo, representados en los seis brazos del candelabro. 

Cristo es el fuego sagrado que, tomado del altar del sacrificio que apunta a su muerte, enciende el candelabro en un acto puntual. El aceite del candelabro representa al Espíritu Santo, que necesita ser llenado diariamente para que el fuego arda de forma continua.

La ilustración del candelabro del santuario

La transformación que produce la fe

…el que me ama, mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él. Juan 14:23

…si alguno está en Cristo, nueva criatura es. 2 Corintios 5:17

Es allí donde ocurre el milagro: una transformación progresiva que el Espíritu Santo produce al transformar al creyente a la imagen de Cristo.

Versículos donde se habla que somos transformados a su imagen por el espíritu

Cambian los gustos, los deseos y el comportamiento. Ya no compensa realizar lo que antes se hacía ni separarse de aquel a quien se ama. Y de forma natural, como consecuencia inevitable, surge la obediencia, siempre como obras del Espíritu Santo.

La transformación interna que hace el Espíritu Santo en nosotros

A la vez, el Espíritu Santo ayuda a entender y creer.

...el Espíritu Santo os enseñará todas las cosas. Juan 14:26

…hemos recibido el Espíritu de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido. 1 Corintios 2:12

Sin embargo, algunos rechazan al Espíritu Santo y deciden no creer.

…el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente. 1 Corintios 2:14

Y otros entienden e incluso creen, pero aún están sin fe. Se mueven en el área de la convicción, pero no de la conversión. Las iglesias están llenas de cristianos que se encuentran en esta situación.

Entender cada vez mejor la palabra de Dios es importante. Pero la fe no consiste en acumular conocimiento para saber más, sino para conocer a Dios mejor y tener con Él una relación transformadora. Tener fe no se trata de conquistar la verdad, sino de ser conquistado por el amor de Dios.

El conocimiento no salva. Lo que salva es una relación de amor con Cristo que nos transforma a su imagen. Pero el conocimiento permite tener una clara imagen de Cristo. Si no se conoce su imagen, ¿cómo parecerse a Él? Si no se sabe cuál es su camino, ¿cómo seguir sus pasos?

De ahí la gran importancia de predicar el evangelio.

14 ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? 15 ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas! Romanos 10:14-15

La fe fingida: dos formas de equivocarse

¿Significa que si se obedece es señal de que se tiene fe? No necesariamente. Pablo habla de que existe una fe fingida.

…la fe fingida. 1 Timoteo 1:5

Y Jesús en Mateo 7 advierte de forma magistral dos maneras de fingirla.

21 »No todo el que me dice: “¡Señor, Señor!”, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. 22 Muchos me dirán en aquel día: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?” 23 Entonces les declararé: “Nunca os conocí. ¡Apartaos de mí, hacedores de maldad!” Mateo 7:21-23

La primera: no todo el que dice «Señor, Señor» entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad del Padre. Las iglesias están llenas de cristianos que dicen «Señor, Señor» pero no hacen la voluntad del Padre: no hay transformación ni crecimiento espiritual. En sus charlas hacen énfasis en que lo importante es Cristo —lo cual es correcto—, pero hacen muy poco énfasis o ninguno en la importancia de seguir sus pasos en obediencia y santidad.

La segunda: Jesús también rechazará a algunos que incluso profetizaron y echaron fuera demonios, llamándolos hacedores de maldad. ¿Por qué rechazaría a personas que hicieron semejantes obras? La respuesta está en sus propias palabras: «Nunca os conocí.» 

Si no hay una relación de amor con Él, no sirve de nada obedecer fuera de la fe ni realizar obras por más grandes que sean. El cristianismo también está lleno de personas que encajan en esta categoría: enfatizan lo importante de estudiar la palabra, obedecer la Biblia y ser santos —lo cual es correcto—, pero no practican una relación de amor con Dios ni reflejan el amor de Cristo hacia el prójimo.

Ambos grupos tienen algo en común: carecen de una relación de amor con Cristo que transforma. El énfasis es lo importante.

Esto no se trata de acusar al prójimo. Todos estamos luchando la misma batalla de la fe y en algún momento caemos a uno u otro lado perdiendo el equilibrio.

…el que piensa estar firme, mire que no caiga. 1 Corintios 10:12

Sin fe es imposible agradar a Dios.

…sin fe es imposible agradar a Dios. Hebreos 11:6

La ley como guía, no como mérito

En 1 Timoteo 1:8, Pablo dice que la ley es buena si uno la usa legítimamente, es decir, como consecuencia natural de una relación de amor con Dios, como una guía para seguir los pasos de Cristo y acercarse a Él, y no como actos para ganarse el cielo por méritos propios.

Pero sabemos que la Ley es buena, si uno la usa legítimamente. 1 Timoteo 1:8

Cuando se carece de esa relación de amor con Dios, las buenas obras y la propia justicia son como trapo de inmundicia, como dice Isaías 64:6.

Tus santas ciudades están desiertas,
Sión es un desierto,
Jerusalén una desolación. Isaías 64:6

Pero cuando se realizan buenas obras como consecuencia natural de la relación con Dios, no se cuentan como propias sino como obras del Espíritu Santo. Hasta en esto fue Cristo el ejemplo:

…el Padre que mora en mí, él hace las obras. Juan 14:10

A veces puede ser mucho más fácil hacer cosas para intentar ganar el cielo que dejar que Cristo habite en nosotros a través del Espíritu Santo, porque esto segundo implica una transformación. Eso es precisamente lo que significa «arrepentimiento» en griego: metanoia (meta: cambiar, noia: mente, entendimiento). Un cambio que no todos están dispuestos a realizar.

La fe no consiste en demostrar lo que hacemos por Dios, sino en manifestar lo que Dios hace en nosotros. No se trata de dedicar la vida a conocer la verdad, sino de vivir una relación verdadera con el Autor de la vida.

Todo lo que no proviene de fe, es pecado. Romanos 14:23

Definición de la fe

La fe es el don del Espíritu Santo que nos guía a tener plena confianza en la palabra de Dios, basada en una relación de amor con Él, transformándonos a su imagen y produciendo en nosotros buenas obras.

Y así cobra todo su sentido la afirmación de que la salvación es por gracia por medio de la fe.

Por CHRISTIAN JABLOÑSKI

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¿Estás Dejando que la Doctrina Humana te Aleje de la Palabra de Dios?

En 1 Corintios 2, Pablo dice que el mensaje central del testimonio de Dios es la revelación de Jesucristo y especialmente este crucificado. En el versículo 5 señala que la fe no debe estar fundada en la sabiduría de los hombres sino en el poder de Dios. Y en el versículo 10 aclara que Dios revela ese testimonio, que es la base de la fe, por el Espíritu, porque el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios.

El fundamento de nuestra Fe

En Romanos, Pablo nos hace una gran promesa:

Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Romanos 8:14

Luego, Juan añade:

…el Espíritu de verdad os guiará a toda la verdad. Juan 16:13

…él os enseñará todas las cosas. Juan 14:26

Sin embargo, hoy el cristianismo está fragmentado en religiones que se acusan mutuamente de enseñar falsas doctrinas o incluso herejías. ¿Por qué ocurre esto? ¿Es que el Espíritu Santo se revela a algunos sí y a otros no?

La prueba de los ángeles: palabra de Dios versus palabra de los hombres

Según el relato bíblico, los ángeles enfrentaron una prueba de lealtad cuando Satanás desafió la autoridad de Dios. La Biblia misma revela los significados de los símbolos involucrados.

…su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo. Apocalipsis 12:4

En Isaías 9:15, la Biblia revela que el significado de la cola es el que habla mentira.

El anciano y venerable de rostro es la cabeza;
el profeta que enseña mentira es la cola. Isaías 9:15

En Apocalipsis 1:20 explica que las estrellas son los ángeles.

Respecto al misterio de las siete estrellas que has visto en mi diestra, y de los siete candelabros de oro: las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias, y los siete candelabros que has visto son las siete iglesias. Apocalipsis 1:20

Y en Apocalipsis 12:9, el Dragón es identificado como Satanás.

Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama Diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero. Fue arrojado a la tierra y sus ángeles fueron arrojados con él. Apocalipsis 12:9

Lo que Apocalipsis 12:4 enseña es que Satanás con sus mentiras arrastró a la tercera parte de los ángeles del cielo.

En el cielo, al igual que en la tierra, la palabra de Dios representaba la verdad. En su rebelión, Satanás ofreció a los ángeles su propia interpretación de esa verdad, generando una nueva alternativa a la palabra de Dios. De esta forma, distorsionando la verdad, obligó a todos los ángeles a tomar una decisión: obedecer a Dios o seguir a Satanás.

Ese tercio de ángeles no fue expulsado del cielo porque era malvado, ni menos inteligente. Fue expulsado porque decidió creer en las mentiras de Satanás. Los otros dos tercios decidieron creer en la palabra de Dios. 

La batalla en el cielo

La prueba que enfrentan los seres humanos en este mundo es exactamente la misma: seremos juzgados por si hemos creído, confiado y obedecido la palabra de Dios o la palabra de los hombres.

La situación en la época de Jesús

En la época de Jesús, los judíos también tuvieron que elegir entre la palabra de Dios y las doctrinas de los hombres. Tenían los libros sagrados que consideraban inspirados por Dios, divididos en tres grupos: la Torá —los cinco libros de Moisés—, los Profetas —los profetas mayores y los doce menores—, y los Escritos —Salmos, Proverbios, Job y otros libros de poesía y sabiduría—. 

A este conjunto, que más adelante formaría lo que los judíos conocen como el Tanaj y los cristianos llamamos el Antiguo Testamento, se lo llamaba Torá en sentido amplio.

Pero además de los libros sagrados, existía la tradición oral: interpretaciones y comentarios de la Torah generados por líderes religiosos para explicar y aplicar los escritos inspirados a la vida diaria. Con el tiempo, estas enseñanzas orales servirían de base para la compilación del Talmud.

La tradición oral influyó en la Torah de diversas maneras y contribuyó a la creación de diferentes grupos religiosos de la época, como los fariseos, los saduceos, los esenios y los zelotes. Generó también un código de comportamiento llamado Halajá que regulaba todos los aspectos de la vida religiosa y cotidiana. 

De esta forma, la fe que practicaban los judíos estaba más fundamentada en la interpretación de los hombres que en los profetas, impidiendo que pudieran acceder directamente al mensaje revelado por Dios en los textos sagrados.

La religión y fe en la época de Jesús

Jesús denunció este hecho en varias ocasiones, acusando a los líderes religiosos de quebrantar el mandamiento de Dios con la tradición de los hombres.

Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres. Marcos 7:6-7

Jesús demostró desde pequeño conocer muy bien la Torah, aunque no había ido a estudiar a la escuela donde enseñaban los rabinos de la época.

¿Cómo sabe éste letras, sin haber estudiado? Juan 7:15

Hoy ocurre exactamente lo mismo

De los 2.400 millones de cristianos en el mundo, todos proclaman que la Biblia es su máxima autoridad, y sin embargo están divididos en diferentes denominaciones, cada una con sus propias enseñanzas y acusándose mutuamente de enseñar falsas doctrinas o incluso herejías.

A lo largo de 2.000 años de historia cristiana, las diferentes interpretaciones de hombres, concilios y asambleas generaron diferentes religiones que crearon sus propios conceptos de ética cristiana y liturgia, explicando cómo relacionarse con Dios y con los demás.

Y tal vez en cada denominación, muchos piensan lo mismo: «Todas las religiones están equivocadas menos la mía. Qué suerte que yo tengo la verdad.»

Pero hay algo importante que considerar. Aunque se esté en la religión correcta, la fe puede estar fundamentada en doctrinas de hombres en vez de en la palabra de Dios. 

Es exactamente lo mismo que ocurrió con Satanás cuando engañó a los ángeles, que estaban en el mismísimo cielo en la presencia de Dios. Y es exactamente lo que pasó con Israel, el pueblo de Dios, que también era la religión correcta —Jesús era judío—.

Al igual que en la época de Jesús, hoy la fe y la forma en que se practica la religión no se han aprendido directamente de la Biblia, sino que fueron construidas a lo largo de los años por hombres que formaron un sistema teológico. 

Dentro de ese sistema se aprendió el evangelio, se aprendió a amar a Jesús y se adoptó toda una teología, junto con los textos bíblicos que se usan para respaldarla.

Hay una enorme diferencia en acercarse a la Biblia para encontrar la verdad y dejar que el Espíritu Santo convenza, o acercarse a la Biblia para encontrar justificación a lo que enseñó la religión propia. Acercarse a la palabra de Dios con el propósito de confirmar lo que ya se cree constituye una verdadera barrera para entender otras opciones. 

Y entonces el Espíritu Santo no puede actuar, porque se ha construido una lente particular de interpretación que obliga a leer la Biblia con esa visión específica.

Nuestra lente religiosa nos enceguese de muchas verdades

La pregunta del millón no es si se está o no en la religión correcta. La pregunta del millón es si todo lo que se enseña en esa religión —sea o no la correcta— es palabra de Dios o doctrina de hombres. 

Recuérdese que en el mismísimo cielo, en la presencia de Dios, Satanás enseñó falsas doctrinas. Y que en la verdadera religión judía, a pesar de tener la Torah como guía, también se enseñaban falsas doctrinas hasta el punto de llevar a muchos a no reconocer al Mesías.

El fundamento bíblico: profetas, Cristo y apóstoles

La Biblia es muy clara al explicar que Dios habló a través de los profetas. Son muchísimos los versículos del Antiguo Testamento que explican hasta el cansancio que Dios habló a través de ellos, y el Nuevo Testamento lo confirma de la misma manera.

Versículos del antiguo testamento que afirman que Dios habló a través de los profetas
Versículos del nuevo testamento que afirman que Dios habló a través de los profetas

Es por este motivo que en Apocalipsis dice lo siguiente:

El testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía. Apocalipsis 19:10

Porque es entregado a través de los profetas. Dios también habló por Jesucristo:

…en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo. Hebreos 1:2

Jesucristo es nuestro fundamento:

Nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. 1 Corintios 3:11

Y a partir de Jesucristo, también habló por medio de sus apóstoles:

…edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo. Efesios 2:20

Esta es la única fuente segura para el fundamento de la fe. Y la Biblia tiene severas advertencias contra la doctrina de hombres:

Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres. Colosenses 2:8

…en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios. 1 Timoteo 4:1

…algunos pervertirán el evangelio de Cristo. Gálatas 1:8

Si Satanás consiguió engañar a los ángeles en el mismo cielo, y si en la verdadera religión judía consiguió hacer popular la doctrina de los hombres hasta el punto de que muchos no reconocieron al Mesías, ¿cómo no va a poder pervertir el evangelio aunque se esté en la religión correcta?

Dicho sea de paso, en las altas esferas de cada denominación cristiana existen siempre algunos debates en los que incluso los propios teólogos de la misma religión no logran ponerse de acuerdo en puntos fundamentales, algo que sucede en todas las denominaciones.

Buscar a Jesús es buscar la verdad

Jesús dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Juan 14:6

El maná del desierto simbolizaba a Cristo. Pablo, hablando del maná en 1 Corintios 10:3, lo llama «alimento espiritual», porque no solo era un alimento físico sino una tipología de algo espiritual. 

todos comieron el mismo alimento espiritual. 1 Corintios 10:3

En Juan capítulo 6, Jesús revela sin dejar lugar a dudas el significado del símbolo: Él mismo era el antitipo del maná, es decir, lo que el maná representaba.

No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Juan 6:32

Yo soy el pan de vida. Juan 6:35

Este fue el primero de los siete «Yo soy» mencionados en el evangelio de Juan. A partir de ahí, Jesús enseñó una idea tremendamente novedosa para sus oyentes: que debían comer su carne.

Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo. Juan 6:51

Esas palabras fueron tan impactantes que en el versículo 66 dice que muchos de sus discípulos volvieron atrás y ya no andaban con Él, porque se escandalizaron al no entender el simbolismo.

¿Qué significa comer la carne de Cristo?

El propio texto lo explica, tanto en el contexto del maná como en el discurso del capítulo 6 de Juan. En Deuteronomio 8:3, en el contexto del maná, dice:

…y te sustentó con maná… para hacerte saber que no solo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre. Deuteronomio 8:3

Es decir, el maná estaba para enseñar que el ser humano vive por la palabra de Dios. Dicho sea de paso, este es uno de los tres textos que Jesús usó en las tentaciones del desierto. Y en el capítulo 6 de Juan, Jesús lo aclara explícitamente:

El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida. Juan 6:63

Si el maná representaba a Cristo, y comer el maná se refiere a la palabra de Dios, comer su carne es aprovechar las palabras que salen de su boca.

Este paralelismo se refuerza con otros cuatro argumentos bíblicos.

Jesús es la palabra de Dios. Juan dice que, «en el principio era el Verbo —en el original griego, Logos, la Palabra—, y el Logos era Dios.

En el principio era el Verbo,
el Verbo estaba con Dios
y el Verbo era Dios. Juan 1:1

Y en Apocalipsis 19:13, al describir a Cristo, dice que su nombre es «La Palabra de Dios.»

Estaba vestido de una ropa teñida en sangre y su nombre es: La Palabra de Dios. Apocalipsis 19:3

La palabra de Dios es alimento espiritual. El profeta Jeremías dijo: «Fueron halladas tus palabras, y yo las comí.» Jeremías 15:16. La Biblia está llena de textos que relacionan la palabra de Dios con comida.

Versículos que relacionan la palabra De Dios con la comida

Jesús y la palabra de Dios comparten los mismos símbolos. La semilla representa a la palabra de Dios en Lucas 8:11, y también representa a Jesús en Juan 12, donde Él mismo se refiere a sí mismo como una semilla que tiene que caer en la tierra y morir para llevar mucho fruto. 

»Esta es, pues, la parábola: La semilla es la palabra de Dios. Lucas 8:11

23 Jesús les respondió diciendo:
—Ha llegado la hora para que el Hijo del hombre sea glorificado. 24 De cierto, de cierto os digo que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo, pero si muere, lleva mucho fruto. Juan 12:23-24

Lo mismo ocurre con la luz: en Salmos 119:105 y 2 Pedro 1:19, la palabra de Dios es luz y antorcha; en Juan 8:12, Jesús dijo «Yo soy la luz del mundo.» 

Lámpara es a mis pies tu palabra
y lumbrera a mi camino. Salmos 119:105
 
Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día amanezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones. 2 Pedro 1:19
 
Otra vez Jesús les habló, diciendo: —Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Juan 8:12

Y lo mismo con el pan: en Mateo 4:4 Jesús dijo «No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios», citando Deuteronomio 8:3; el profeta Amós habla de hambre en la tierra refiriéndose a la escasez de la palabra de Dios —»no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la palabra de Jehová»—; y Jesús dijo en Juan 6:35 «Yo soy el pan de vida.»

Él respondió y dijo:
—Escrito está: “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.” Mateo 4:4
 
Te afligió, te hizo pasar hambre y te sustentó con maná, comida que ni tú ni tus padres habían conocido, para hacerte saber que no solo de pan vivirá el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre. Deuteronomio 8:3
 
Ciertamente vienen días, dice Jehová, el Señor, en los cuales enviaré hambre a la tierra, no hambre de pan ni sed de agua, sino de oír la palabra de Jehová. Amós 8:11
 
Jesús les respondió: —Yo soy el pan de vida. El que a mí viene nunca tendrá hambre, y el que en mí cree no tendrá sed jamás. Juan 6:35

Vale notar también un detalle del maná. En Éxodo 16:31 se describe su sabor como hojuelas con miel, pero en Números 11:4-6 muchos israelitas pedían y extrañaban la carne de Egipto. 

La casa de Israel lo llamó «maná»; era como una semilla de culantro, blanco, y su sabor como de hojuelas con miel. Éxodo 16:31

4 La gente extranjera que se mezcló con ellos se dejó llevar por el hambre, y los hijos de Israel también volvieron a sus llantos, diciendo: «¡Quién nos diera a comer carne! 5 Nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de balde, de los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos. 6 ¡Ahora nuestra alma se seca, pues nada sino este maná ven nuestros ojos!» Números 11:4

De la misma forma, cuando se acostumbra a la comodidad de sermones, audios o redes sociales y se abandona la palabra de Dios, esta puede volverse insípida. Es necesario volver a la Biblia con entusiasmo, sabiendo que se está en contacto con la fuente de la sabiduría.

Las instrucciones del maná: cómo acercarse a la palabra de Dios

Dios dio instrucciones precisas de cómo debía comerse el maná para enseñar cómo debe comerse la carne de Cristo, es decir, cómo acercarse a la palabra de Dios.

La primera instrucción aparece en Éxodo 16:21:

Y lo recogían cada mañana, cada uno según lo que había de comer; y luego que el sol calentaba, se derretía. Éxodo 16:21

Cada día se debe buscar a Jesús a través de su palabra. No se puede vivir una semana de lo que se leyó varios días atrás.

Vale señalar un detalle importante sobre el maná. No se descomponía como lo haría cualquier pan poniéndose duro o con moho. Cuando el maná se estropeaba, según Éxodo 16:20, criaba gusanos y desprendía un hedor como la carne en descomposición, porque como «pan del cielo» representaba la carne de Cristo. 

Pero ellos no obedecieron a Moisés, sino que algunos dejaron algo para el otro día; pero crió gusanos, y apestaba… Éxodo 16:20

El viernes, el pueblo debía recoger una doble porción, ya que el sábado era el único día en que no se corrompía. Este detalle es una tipología de lo que sucedería con Cristo: así como el maná, Jesús murió un viernes, fue sepultado el sábado, y su cuerpo tampoco vio corrupción, cumpliendo la profecía:

…ni permitirás que tu santo vea corrupción. Salmos 16:10

Este mismo principio se aplica en el simbolismo del cordero pascual tal como lo explica Éxodo 12:8 y 10. De la misma forma que el maná que representaba a Cristo debía comerse, el cordero también debía comerse, y lo que sobrase debía quemarse en el fuego para que tampoco entrara en corrupción.

8 Esa noche comerán la carne asada al fuego y panes sin levadura; con hierbas amargas lo comerán. 10 Ninguna cosa dejaréis de él hasta la mañana; y lo que quede hasta la mañana, lo quemaréis en el fuego. Éxodo 12:8,10

La segunda instrucción es que el maná debía ser recogido individualmente. Cada persona debía ir a recoger su propia porción. De la misma manera, cada creyente debe acercarse cada día a la Biblia. 

No se puede depender de la relación que otra persona tenga con Dios. Escuchar sermones, audios o lo que otros comparten está bien, pero no reemplaza el momento a solas con el Creador estudiando su palabra.

La tercera instrucción es que el maná debía recogerse al comienzo del día, bien temprano por la mañana, antes de que el sol calentara y lo derritiera.

Levantándose muy de mañana, cuando aún estaba oscuro, Jesús salía a orar. Marcos 1:35

Jesús mismo estableció el ejemplo de buscar a Dios temprano, antes de que el ajetreo del día comience.

Doctrina y amor: no son opuestos

Hoy en día algunos sostienen que «la doctrina no es importante, lo importante es Cristo.» Sin embargo, al rechazar la doctrina bíblica —las enseñanzas que Dios reveló y que Cristo vino a explicar—, se está literalmente rechazando a Cristo. 

Muchos dicen que no importa tanto lo que se cree, sino mostrar el amor de Cristo. Es cierto que reflejar su amor es fundamental, pero si se es indiferente a sus enseñanzas y no se las aplica, en realidad no se tiene su amor.

4 El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él; 5 pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado… 6 el que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo. 1 Juan 2:4-6

Si se afirma tener el amor de Cristo pero no se aprenden ni aplican sus palabras, se está vaciando ese amor de significado.

El maná es un símbolo del pan espiritual que Jesús provee hoy. Acceder a la palabra de Dios es sinónimo de acceder a Cristo, directamente y sin intermediarios. Estudiar la palabra de Dios es sinónimo de comer la carne de Cristo. Hay un mundo de diferencia entre acercarse cada día a la palabra de Dios o acercarse únicamente a la palabra de los hombres, por más devotos que se los crea.

La respuesta a la pregunta central

¿Por qué el Espíritu Santo no nos guía en la búsqueda de la verdad? La respuesta está en la relación entre Cristo y el Espíritu Santo.

Si has leído los artículos anteriores a este sabrás que cuanto más Cristo se tiene, o cuanto más de su palabra se «come» —que como ya vimos es lo mismo—, más Espíritu Santo se recibe. Cristo es la semilla y el Espíritu Santo el agua para que la semilla crezca: si no hay semilla, es como regar tierra estéril. 

Cristo es el fuego y el Espíritu Santo el aceite: si no hay llama, el aceite no arde. Cristo es la carne y el Espíritu Santo el soplo de vida: si no hay cuerpo, el soplo no tiene a quién darle vida.

¿Por qué el Espíritu Santo no nos guía en la búsqueda de la verdad?

De la misma forma, si no se obtiene a Cristo a través de la palabra directa de Dios, en comunión con Él y pidiendo sabiduría de lo alto, el Espíritu Santo no puede guiar a toda verdad. 

Solo cuando se busca a Cristo en su palabra se hacen realidad las promesas de que el Espíritu Santo enseñará y guiará a toda verdad. Cuanto más se come de Jesús, más Espíritu Santo se tendrá, porque el Espíritu Santo trabaja con nosotros cuando nos relacionamos directamente con su palabra.

Así como el maná era abundante y suficiente para alimentar a toda la gran multitud de israelitas que vagaban por el desierto, de la misma forma Cristo y el Espíritu Santo son suficientes para nuestra capacitación en el desierto de este mundo.

Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia. 2 Timoteo 3:16

…la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe. 1 Juan 2:27

El israelita común tenía su fe fundamentada en la enseñanza de los hombres, lo que creaba una barrera en la comprensión de la Torah y adulteraba su verdadero significado. 

Ahora que se comprende mejor el paralelismo entre Cristo, el maná —que es el pan del cielo— y la palabra de Dios, se puede entender con qué magistral precisión expresa Jesús esta realidad a través de los símbolos.

La levadura simbólica: las falsas doctrinas dentro de la verdadera religión

De la misma forma que la levadura se mezcla con la masa del pan y, aunque no se puede ver a simple vista, cambia su composición fermentando la masa, Jesús hace referencia a las falsas doctrinas de hombres que se introdujeron en la verdadera religión como una levadura simbólica que también es muy difícil de percibir, pero que también corrompe la sana doctrina.

Jesús habló de la levadura de los fariseos, que representa la hipocresía religiosa: eran estrictos guardadores de la ley y la tradición pero carecían de amor y compasión. Habló de la levadura de los saduceos, que simboliza una fe vacía o incompleta, ya que no creían en la resurrección ni en otros elementos esenciales de la fe.

11 ¿Cómo no entendéis que no fue por el pan que os dije que os guardéis de la levadura de los fariseos y de los saduceos? 12 Entonces entendieron que no les había dicho que se guardaran de la levadura del pan, sino de la doctrina de los fariseos y de los saduceos. Mateo 16:11-12

Y habló de la levadura de Herodes, que representa la tentación de buscar poder y riqueza a expensas de obedecer a Dios.

Y él les mandó, diciendo:
—Mirad, guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes. Marcos 8:15

Pablo, usando la misma simbología, habló de la levadura de los gálatas para advertir contra las doctrinas legalistas que contradicen la gracia de Dios, y de la levadura de los corintios para señalar la tolerancia a la inmoralidad dentro de la iglesia.

«Un poco de levadura fermenta toda la masa.» Gálatas 5:9

6 No es buena vuestra jactancia. ¿Acaso no sabéis que un poco de levadura fermenta toda la masa? 7 Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, como sois, sin levadura, porque nuestra Pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros. 1 Corintios 5:6-7

Las cuatro ramas de la teología y el camino correcto

La teología suele dividirse en cuatro departamentos principales. La Teología Exegética se centra en el análisis e interpretación del texto bíblico a través de herramientas como la crítica textual, la exégesis, la hermenéutica y otros métodos literarios y arqueológicos, con el objetivo de extraer las enseñanzas de la palabra de Dios de la manera más fiel posible. 

La Teología Histórica estudia el desarrollo de las creencias cristianas a lo largo de los siglos, analizando cómo se han formulado y debatido doctrinas en diversos contextos históricos, a través de teólogos, concilios y asambleas, y cómo esto ha dado lugar a diferentes sistemas teológicos y denominaciones. 

La Teología Sistemática organiza y sintetiza las doctrinas cristianas en un sistema teológico coherente, abordando temas como la Bibliología, la Cristología, la Pneumatología y otros. 

Y la Teología Práctica se enfoca en la aplicación de los principios teológicos a la vida cristiana y el ministerio, incluyendo la teología pastoral, la ética cristiana, la liturgia, la homilética y la misiología.

Cuando se abraza una religión, lo que ocurre es que se adopta la teología sistemática que enseña, y se aprenden los textos bíblicos y los argumentos que justifican las doctrinas aprendidas. 

Es decir, el camino inverso al que enseña la Biblia y recomienda Jesús, porque no se está aprendiendo directamente de la palabra de Dios, sino de lo que otros hombres interpretaron. Y de esta forma, la fe queda fundamentada en doctrinas de hombres.

El camino correcto es ir directamente al texto bíblico, no como quien lee un libro de ciencia, sino para encontrarse con Cristo, siempre en humildad y pidiendo la ayuda del Espíritu Santo. A partir de la enseñanza bíblica, aplicar en la vida la ética cristiana y la liturgia que coinciden con lo que la palabra de Dios enseña. 

En el camino, está bien informarse del desarrollo histórico de las doctrinas y de los diferentes sistemas teológicos que los hombres han desarrollado, y está bien escuchar sermones y lo que otros teólogos dicen, pero solo a efecto informativo.

¿Cómo debemos fundamentar nuestra Fe?

La verdad debe buscarse directamente en la palabra de Dios, con la ayuda del Espíritu Santo.

Si vosotros permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. Juan 8:31-32

Por CHRISTIAN JABLOÑSKI

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5 Asombrosas Simbologías sobre la Salvación

En el post anterior, introdujimos el concepto de la salvación, basándonos en textos bíblicos y definiéndola de la siguiente manera:

La salvación es el proceso por el cual Dios, por su gracia, nos justifica mediante la obra redentora de Cristo en la cruz; a través de la fe, nos santifica por medio del Espíritu Santo, quien nos transforma a su imagen y nos capacita para dar buenos frutos.

Este tema ha sido objeto de numerosos debates teológicos, y con razón, ya que incluye conceptos esenciales como el perdón, arrepentimiento, victoria, tentación, seguridad, permanencia, obediencia, sumisión, predestinación, voluntad, pecado, justicia, y perfección. 

Al tratar de comprender estos términos de manera aislada, es fácil caer en la confusión; por ello, en esta serie, los analizaremos a la luz de lo que enseña la Biblia.

Te sorprenderá lo sencillo que resulta comprender todo cuando se presenta de forma organizada y gráfica. Antes de profundizar en estos temas, es fundamental asegurarnos de que vamos por el camino correcto. 

Para ello, no solo debemos confirmar que esta definición de salvación es bíblicamente sólida, sino también comprenderla en su totalidad.

Una de las mejores maneras de asegurarnos es compararla con la rica simbología bíblica que Dios ha utilizado precisamente para que este tema quede claro. 

En este capítulo, analizaremos algunas de esas simbologías, algunas quizás nuevas para ti, y otras que ya hemos revisado, pero ahora vistas a la luz del concepto de salvación. 

Veremos cómo todo encaja de forma asombrosa, demostrando que Dios emplea el simbolismo de manera magistral. Esto nos ayudará a responder una pregunta que todos, en algún momento, nos hacemos:

¿Cómo es posible? ¿Cómo es posible que Cristo y el Espíritu Santo interactúen en un pecador como yo?

Es un misterio, como la encarnación de Cristo: podemos decir que era 100 % hombre y 100 % Dios, pero ¿lo comprendemos en su totalidad? No. Lo mismo ocurre con el plan de salvación: podemos resumirlo en una definición, pero entender su funcionamiento es otra cuestión.

El primer paso es aceptar por fe lo que la Biblia promete. Es como el perdón: cuando oramos, confesamos nuestros pecados con arrepentimiento y fe, y debemos creer que Dios nos perdona, porque así lo asegura Su Palabra. 

Para ayudarnos a comprender mejor, Dios ha dejado en las Escrituras parábolas, historias y el santuario, entre otros elementos llenos de simbolismo, que explican esta realidad desde múltiples perspectivas, haciéndola más accesible.

Aquí es donde la simbología bíblica se convierte en una herramienta invaluable. Si observamos con atención, toda la simbología sigue un mismo patrón para enseñarnos el plan de salvación. Comencemos con la simbología de la siembra y la cosecha, que es la madre de todas las simbologías (como afirmó Jesús).

La Simbología de la Siembra y la Cosecha

Cuando Cristo explica a sus discípulos el significado de estos símbolos a través de la parábola del sembrador en Marcos 4:13, Él dice: 

Y les dijo:
—¿No entendéis esta parábola? ¿Cómo, pues, entenderéis todas las parábolas? Marcos 4:13

En esta simbología, Cristo es representado por la semilla que debe morir para dar fruto. En Juan 12:23, hablando de su muerte en la cruz, Jesús dijo: 

Jesús les respondió diciendo:
—Ha llegado la hora para que el Hijo del hombre sea glorificado. Juan 12:23

Luego añade refiriéndose a sí mismo como una semilla: 

De cierto, de cierto os digo que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo, pero si muere, lleva mucho fruto. Juan 12:24

En la parábola del sembrador de Mateo 13, los seres humanos somos representados por los diferentes tipos de terreno en los que cae la semilla. Así como no todos aceptan el sacrificio de Cristo, no en todos los terrenos la semilla prospera; solo en la buena tierra.

Numerosos pasajes de la Biblia indican que el agua simboliza al Espíritu Santo y que esta procede de Cristo. En Juan 7, Jesús dice: 

37 En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo:
—Si alguien tiene sed, venga a mí y beba. 38 El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior brotarán ríos de agua viva.
39 Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él, pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado. Juan 7:37-39
 

Y se explica que de su interior correrán ríos de agua viva, refiriéndose al Espíritu que habrían de recibir los creyentes. Este versículo es revelador, ya que aclara que el Espíritu aún no había venido, porque Jesús no había sido glorificado. Vemos nuevamente que era necesario que Cristo muriera para que el Espíritu Santo pudiera venir con mayor poder.

Aquí abajo dejo algunos versículos adicionales que indican cómo el Espíritu Santo es representado por el agua que emana de Cristo o la lluvia que envía Jehová. Así, el agua del Espíritu nos riega y transforma, de tierra seca a árboles espirituales que dan fruto, los frutos del Espíritu.

De esta forma, comprendemos cómo el Espíritu Santo procede de Cristo y es indispensable para nuestra santificación. Así como el agua que Cristo ofrece representa al Espíritu Santo y es esencial para que la semilla germine, crezca y dé fruto, también es crucial en nuestra vida espiritual.

El profeta Jeremías resume esta simbología en el capítulo 17, diciendo: 

7 »¡Bendito el hombre que confía en Jehová,
cuya confianza está puesta en Jehová!,
8 porque será como el árbol plantado junto a las aguas,
que junto a la corriente echará sus raíces.
No temerá cuando llegue el calor,
sino que su hoja estará verde.
En el año de sequía
no se inquietará
ni dejará de dar fruto. Jeremías 17:7-8

¿Existe una forma mejor de explicar el proceso de justificación y santificación? La simbología que exploramos coincide magistralmente con la enseñanza espiritual que estamos tratando. ¡Qué clara y fácil de entender resulta!

Lo más importante es comprender que estar bajo la gracia, aceptar la gracia por fe, significa necesariamente someternos a la transformación del Espíritu Santo.

Permíteme mostrarte un paralelismo con otra simbología que aún no he mencionado en mis posts y que trata sobre uno de los milagros más polémicos y menos comprendidos de Jesús. 

La Simbología del Vino

Muchos se han preguntado o incluso escandalizado al saber que el primer milagro de Jesús fue algo aparentemente banal: convertir el agua en vino en una fiesta de bodas, según relata Juan en el capítulo 2. En esa boda, se habían quedado sin vino, lo cual era una gran deshonra en esa cultura.

Jesús instruyó a los sirvientes que llenaran seis tinajas de piedra con agua y luego convirtió el agua en vino. Sin embargo, lo que muchos no saben es que este asombroso acontecimiento tiene un profundo significado simbólico que ilustra la forma en la que Él vino a salvar a los hombres.

En la Biblia, como seguramente sabes, el vino es símbolo de la sangre de Cristo. En Mateo 26, Jesús le dijo a sus discípulos: 

27 Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo:
—Bebed de ella todos, 28 porque esto es mi sangre del nuevo pacto que por muchos es derramada para perdón de los pecados. Mateo 26:27-28

Así que, el vino producido milagrosamente por Jesús simboliza su sangre derramada en la cruz para el perdón de nuestros pecados.

Las seis tinajas representan al hombre. No es casualidad que sean seis, ya que, como dice Apocalipsis 13:18, el seis es el número que representa al hombre. Además, el hombre fue creado en el sexto día, lo cual refuerza esta asociación.

Aquí hay sabiduría. El que tiene entendimiento cuente el número de la bestia, pues es número de hombre. Y su número es seiscientos sesenta y seis. Apocalipsis 13:18

De la misma forma en que Cristo envía al Espíritu Santo, el cual es indispensable para transformarnos a Su imagen y semejanza, en la boda era indispensable que las tinajas fueran llenadas de agua, que representan al Espíritu Santo, para que Jesús pudiera realizar el milagro. 

Las tinajas vacías, que representan al hombre, fueron transformadas en tinajas llenas del jugo de la vid para bendición de todos los presentes.

Es sorprendente cómo esta simbología logra transmitir un concepto tan complejo de una manera tan sencilla. ¡Qué forma tan perfecta de representar la salvación y hacerla comprensible para todos!

Pasemos a un tercer simbolismo, quizás uno de los que mejor ilustra el plan de redención.

La Simbología del Fuego del Santuario

Tal como explico en un post en el que hablo ampliamente sobre el fuego del testimonio, y cuyo enlace te dejo aquí, el fuego del santuario representaba el testimonio.

Al inaugurar el santuario, Dios envió fuego desde el cielo, encendiéndolo en el altar del sacrificio, lo que simboliza que fue Dios mismo quien envió a Su Hijo para morir por nosotros, tal como lo expresan muchos versículos de la Biblia, de los cuales aquí abajo te muestro algunos ejemplos.

Era tarea de los sacerdotes, como dice Levítico 6:12, mantener el fuego divino ardiendo continuamente y que no se apagara, de ahí el nombre “del continuo”. 

»El fuego encendido sobre el altar no se apagará, sino que el sacerdote pondrá leña en él cada mañana, acomodará el holocausto sobre él y quemará sobre él las grasas de los sacrificios de paz. Levítico 6:12

Dentro del lugar santo estaba el candelabro, que, a diferencia de lo que muchos creen, no tenía siete brazos, sino seis, y en el medio una caña, como dice Éxodo 25:31-32. Los seis brazos del candelabro, al igual que las seis tinajas, representan al hombre.

31 »Harás además un candelabro de oro puro; labrado a martillo se hará el candelabro; su pie, su caña, sus copas, sus manzanas y sus flores serán de lo mismo. 32 Y saldrán seis brazos de sus lados: tres brazos del candelabro a un lado y tres brazos al otro lado. Éxodo 25:31-32

El sumo sacerdote, quien representaba a Cristo, hacía dos cosas: primero, llenaba de aceite el candelabro. Como ya sabes, el aceite representa al Espíritu Santo y es llamado el aceite de la unción. 

Y luego encendía el candelabro con las brasas del altar del sacrificio, que representaban la muerte de Cristo en la cruz. Estaba prohibido en el santuario utilizar otro fuego; precisamente, Nadab y Abiú, los hijos de Aarón, murieron por usar «fuego extraño».

Así, el fuego que representaba a Cristo, del altar del sacrificio que simbolizaba Su muerte en la cruz, ardía en los brazos del candelabro, que representaba a los hombres, gracias al aceite que simbolizaba al Espíritu Santo, el cual era provisto por el sumo sacerdote, representante de Cristo. De este modo, la oscuridad era transformada en llamas que iluminaban el mundo.

No cabe duda de que el simbolismo encaja perfectamente con la enseñanza espiritual que estamos compartiendo. ¡Es increíble cómo se entrelazan la simplicidad y la profundidad de manera tan hermosa!

La Simbología del Cuerpo de Cristo

Otro simbolismo importante es el del Cuerpo de Cristo. En 1 Corintios 11:23, Pablo relata que Jesús, la misma noche en que fue entregado, tomó pan, lo partió y dijo:

Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. 1 Corintios 11:23

Así, cada vez que comemos este pan y bebemos de esta copa, anunciamos la muerte del Señor hasta que Él vuelva. La Santa Cena es, por tanto, una celebración establecida por Jesús para que los cristianos expresen públicamente su aceptación de Su muerte, renovando periódicamente, mediante este rito, nuestro deseo de ser transformados a Su imagen. 

De la misma forma que en la Pascua el cordero que representaba a Cristo debía morir y luego los israelitas debían comer su carne, la carne que representa a Cristo también debía ser consumida simbólicamente, anunciando y aceptando Su muerte hasta que Él vuelva, aceptando al verdadero Cordero de Dios.

Observa que el simbolismo continúa. Así como Dios creó a Adán, y siendo un ser completo, permanecía inerte hasta que en Génesis 2:7 Dios sopló en su nariz aliento de vida, y solo entonces fue un ser viviente, sucede de manera similar en el mundo espiritual.

Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente. Génesis 2:7

Después de que Jesús murió y resucitó, se apareció a los discípulos reunidos. En Juan 20:22, dice que Jesús:

Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. Juan 20:22

De igual forma, el soplo de vida fue indispensable para que el cuerpo inerte de Adán viviera. Ese soplo representa al Espíritu Santo, y es indispensable para nuestra transformación. 

Antes estábamos muertos, y ahora estamos “vivos” y somos una nueva criatura en Cristo Jesús; tenemos vida en abundancia, porque, como dice Gálatas 2:20, «ya no vivo yo, sino que vive Cristo en mí». Todo encaja a la perfección.

Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. Gálatas 2:20

Podríamos continuar con otros simbolismos, pero permíteme compartir uno más: 

La Simbología de la Roca

En Éxodo 17:5-6, Jehová dijo a Moisés que golpeara la peña para que de ella brotara agua, y así, el pueblo pudiera beber. 

5 Y Jehová dijo a Moisés: Pasa delante del pueblo, y toma contigo de los ancianos de Israel; y toma también en tu mano tu vara con que golpeaste el río, y ve. 6 He aquí que yo estaré delante de ti allí sobre la peña en Horeb; y golpearás la peña, y saldrán de ella aguas, y beberá el pueblo. Y Moisés lo hizo así en presencia de los ancianos de Israel. Éxodo 17:5-6

En 1 Corintios 10:4, Pablo menciona que todos bebieron la misma bebida espiritual porque bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo.

y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo.      1 Corintios 10:4

Cristo era representado por la roca. Así como Cristo debía morir para poder darnos el Espíritu Santo, la roca que lo representaba debía ser golpeada para que de su interior brotara el agua, que representa al Espíritu Santo.

De esta forma, todos bebieron del agua que salió de la roca. Un pueblo condenado a morir de sed fue transformado en un pueblo saciado con agua abundante.

Ahora bien, Dios realizó esta simbología espiritual de proveer agua de la roca dos veces. La primera vez fue narrada en Éxodo 17, poco después de salir de Egipto y antes de llegar al Sinaí. Como hemos visto en el versículo 6, Dios le ordena a Moisés “golpearás la peña, y saldrán de ella aguas, y beberá el pueblo”.

Sin embargo, al final de los 40 años de peregrinación por el desierto, antes de entrar a la tierra prometida, nuevamente el pueblo de Israel se quejaba de la falta de agua. 

Esta vez, Dios instruyó a Moisés de forma diferente. En Números 20:8, Dios le ordena a Moisés que esta vez debía hablarle a la peña en lugar de golpearla, y de ella saldría agua. 

Toma la vara, y reúne la congregación, tú y Aarón tu hermano, y hablad a la peña a vista de ellos; y ella dará su agua, y les sacarás aguas de la peña, y darás de beber a la congregación y a sus bestias. Números 20:8

De igual manera, Cristo murió una sola vez y para siempre, y la roca debía ser golpeada solo una vez. Lamentablemente, Moisés no obedeció; golpeó la peña en vez de hablarle, y por ese error no entró en Canaán, tal como explica Deuteronomio 32:51-52. 

51 por cuanto pecasteis contra mí en medio de los hijos de Israel en las aguas de Meriba de Cades, en el desierto de Zin; porque no me santificasteis en medio de los hijos de Israel. 52 Verás, por tanto, delante de ti la tierra; mas no entrarás allá, a la tierra que doy a los hijos de Israel. Deuteronomio 32:51-52

Esto muestra lo celoso que es Dios de la simbología, la cual ilumina con precisión las verdades espirituales que Él desea que aprendamos.

Antes de despedirme, quiero recalcar que aceptar la salvación con fe significa, sin excepción, dejarnos transformar por Cristo a través del Espíritu Santo. 

Si no hay transformación ni crecimiento espiritual en nuestras vidas, es una señal inequívoca de que no estamos dando frutos de salvación. Jesús dijo en Mateo 7: 

15Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. 16Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? 17Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. 18No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. 19Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego.20Así que, por sus frutos los conoceréis. Mateo 7:15-20

Nos vemos en el próximo post.

Por CHRISTIAN JABLOÑSKI

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¿Qué es la Salvación? Explicado fácil

Si hay un tema que debería ser tan claro como la luz del día, es el de conocer y entender cómo somos salvos. Después de todo, el anhelo de todo cristiano es alcanzar la salvación, y todo lo que hizo Cristo fue precisamente para hacerla posible.

La obra de Dios, Cristo y el Espíritu Santo en nuestra salvación va más allá de una simple explicación. Es un misterio que, aunque profundo y complejo, está al alcance de todos, incluso de un niño. Acompáñame en este viaje para descubrir la verdadera profundidad de lo que significa ser justificado y santificado.

La soteriología es la rama de la teología dedicada al estudio de la salvación: cómo se obtiene, en qué consiste y cuáles son sus implicancias para el ser humano. La Biblia enseña en Efesios 2:8 que la salvación es «por gracia mediante la fe.»

porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios. Efesios 2:8

Por gracia significa que la salvación es el proceso mediante el cual Dios, en su gracia, nos justifica a través de la obra redentora de Cristo en la cruz. La salvación es un regalo de Dios, y esta definición, en un sentido, podría quedar aquí. Sin embargo, es fundamental comprender lo que implica “por medio de la fe.”

Por medio de la fe significa que esta gracia no se acepta simplemente con una declaración verbal ni con una promesa o juramento. Aceptarla por medio de la fe es algo completamente distinto.

La fe representa el comienzo de una relación personal de amor con Dios, la convicción de que somos parte del reino de Dios, sus hijos. Esto conlleva un cambio profundo en nuestra vida, un nuevo rumbo de arrepentimiento. En griego, la palabra metanoia simboliza este cambio de mente y actitud.

Desde luego, este cambio no es algo que podamos lograr solos; necesitamos la ayuda divina. Por lo tanto, si retomamos la definición de salvación para clarificar el rol de la fe, podemos afirmar:

La salvación es el proceso por el cual Dios, por su gracia, nos justifica a través de la obra redentora de Cristo en la cruz, mediante la fe, santificándonos a través del Espíritu Santo, quien nos transforma a su imagen y nos capacita para dar buenos frutos.

Esta es la esencia de una fe genuina. Quien entiende esto comprende que para ser salvo debe someterse al poder transformador del Espíritu Santo.

En este post, analizaremos los conceptos clave en esta definición, comenzando con el significado de «nos justifica.»

La justificación es la obra de Cristo en la cruz, realizada externamente a nosotros, donde somos declarados justos. Durante su ministerio terrenal, representado en el atrio exterior del santuario, Cristo cumplió con los requisitos de justicia y redención en nuestro favor, sin nuestra intervención.

Nos encontrábamos esclavizados bajo el dominio de Satanás, y Cristo, como Libertador, rompió nuestras cadenas y nos liberó de su yugo. Estábamos separados de la santidad de Dios, y Él, como Sumo Sacerdote, se ofreció como el puente que nos reconcilia con el Padre.

Condenados por la Ley, Él, como el Cordero de Dios, pagó nuestra deuda, cumpliendo la justicia en nuestro lugar.

Contaminados por la lepra del pecado, Él, como nuestro Vicario-Sustituto, se hizo maldición por nosotros, cargando nuestras llagas, dolores y heridas para que pudiéramos ser sanados y restaurados.

Todo esto lo abordamos en el post anterior, donde exploramos los motivos por los que Cristo murió en la cruz. Esta obra incluye su expiación, redención, remisión y propiciación, todo ello realizado al derramar su sangre preciosa en la cruz en nuestro favor.

De esta forma, por medio de la fe del creyente, la justicia de Cristo nos es imputada, acreditando sus méritos en lugar de los nuestros como un don inmerecido. Por esta razón, la Palabra de Dios enseña que la salvación es por gracia.

Ahora bien, la Biblia nos explica que, después de su muerte, Cristo resucitó y ascendió al Santuario Celestial, donde intercede por nosotros. Romanos 8:34 afirma:

¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. Romanos 8:34

Asimismo, Hebreos 7:25 dice:

Por eso puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos. Hebreos 7:25

y 1 Juan 2:1 describe esta intercesión diciendo:

Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis. Pero si alguno ha pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo, el justo. 1 Juan 2:1

Cuando la justificación que Cristo nos ofrece es aceptada de forma sincera y mediante la fe, nace en nosotros un amor profundo hacia nuestro Redentor y un anhelo por conocer más a Jesús y tener una relación personal con nuestro Padre Celestial. De este modo, se inicia en nosotros un proceso de santificación.

Este proceso de santificación es una obra interna que Cristo realiza en el creyente mediante su intercesión y a través del Espíritu Santo. En él, se llevan a cabo dos milagros: el primero es nuestra transformación a su imagen, reflejando el carácter y amor de Cristo. 

Durante la santificación, Cristo y el Espíritu Santo trabajan en conjunto, de ahí que la Biblia mencione que ambos habitan en nosotros. En 1 Corintios 6:19, leemos que nuestro cuerpo es «templo del Espíritu Santo». 

¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual habéis recibido de Dios, y que no sois vuestros? 1 Corintios 6:19

Mientras que Efesios 3:17 afirma que «Cristo habita por la fe en nuestros corazones,» pues Cristo mora en nosotros a través del Espíritu Santo, y ambos son indispensables para nuestra transformación.

que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor. Efesios 3:17

Otro acto que Cristo realizó en la cruz fue mostrarnos el amor de Dios. Cuanto más contemplamos el ejemplo de Cristo y comprendemos el amor y sacrificio que hizo por nosotros, más somos motivados a permitir que el Espíritu Santo nos transforme. Como dice 2 Corintios 5:14, «el amor de Cristo nos constriñe,» lo que significa que nos impulsa, nos motiva.

El amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron. 2 Corintios 5:14

Es importante recordar que, como enseña la Biblia, es Dios Padre quien envía al Hijo, pero también es Él quien envía al Espíritu Santo a través de Cristo. En Juan 14, leemos:

Pero el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que yo os he dicho. Juan 14:26

Y en Juan 15: 

»Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí. Juan 15:26

Filipenses 2:13 afirma: 

porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad. Filipenses 2:13

De esta forma, la Trinidad completa obra en nuestra salvación: Dios Padre envió a Cristo, y al contemplar su obra produce en nosotros el querer, mientras que a través de Cristo, Dios Padre envía al Espíritu Santo, quien produce en nosotros el hacer.

En la justificación, su justicia nos es imputada. Ahora, en la santificación, mediante el Espíritu Santo, la justicia de Cristo es impartida en nosotros. Así, el primer milagro que realiza el Espíritu Santo es transformarnos a su imagen, y el segundo es capacitarnos para dar buenos frutos.

Es esencial comprender que participamos activamente en el proceso de santificación a través de nuestra fe, aunque esta misma fe es un don del cielo. Por ello, nuestra participación “no añade mérito alguno” sino que depende de una decisión. 

Nuestra intervención en la salvación está relacionada con el ejercicio de nuestro libre albedrío y se expresa mediante acciones de entrega a Dios, como desear, someternos, rendirnos, tomar decisiones, y negarnos a nosotros mismos. Tal como señala Santiago 4:7: 

Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros. Santiago 4:7

Y en Lucas 9:23, Jesús dice:

Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Lucas 9:23

Tener fe en Cristo y participar activamente en el proceso de santificación es, en última instancia, una decisión. En este sentido, Pablo nos exhorta en Filipenses 2 a ocuparnos de nuestra salvación con temor y temblor.

La salvación es, entonces, por gracia. Motivados por el ejemplo de abnegación y amor infinito de Cristo, permitimos que germine en nosotros el don de la fe que Cristo nos ofrece a través del Espíritu Santo. Así, la gracia se hace efectiva por medio de la fe (y no por obras). 

Esta fe verdadera se basa en una relación de amor con Dios y se evidencia en las obras que Cristo realiza a través del Espíritu Santo en nosotros, lo que llamamos los frutos de la fe. 

Por esto encontramos en la Biblia una aparente ambigüedad al hablar de los frutos de la fe, pues en Gálatas 5:22 se menciona que el fruto es del Espíritu, mientras que en Juan 15:4, Jesús afirma que no podemos dar fruto si no permanecemos en Él. 

Pero el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe. Gálatas 5:22

Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Juan 15:4

En el versículo siguiente añade: «si permanecéis en mí, y yo en vosotros, lleváis mucho fruto.» Esta enseñanza está en total consonancia con lo que venimos explicando.

»Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí y yo en él, este lleva mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer. Juan 15:5

Lo que hemos visto hasta ahora nos ofrece un panorama general de este increíble rescate. Ahora, estamos en condiciones de entender y asimilar mejor esta breve pero completa definición de la salvación:

«La salvación es el proceso por el cual Dios, por su gracia, nos justifica mediante la obra redentora de Cristo en la cruz, por medio de la fe; santificándonos a través del Espíritu Santo, quien nos transforma a su imagen y nos capacita para dar buenos frutos.»

Este post es uno más en una serie de publicaciones diseñadas para profundizar y aprender cada vez más sobre nuestra salvación. Aunque hoy hemos expuesto un esquema general del plan divino de salvación, en los posts sucesivos continuaremos estudiando este tema en profundidad.

Recuerda que aceptar la redención que Cristo realizó en la cruz, y que se nos ofrece por gracia, no es solo una creencia, sino una experiencia de fe. Es entrar en una relación con el Creador del universo, quien obra en nosotros cada día transformándonos gradualmente a imagen de Cristo. 

Algo imposible de lograr por nosotros mismos, pero posible con la intervención del Espíritu Santo, experimentando así una paz que sobrepasa todo entendimiento. 

Con la convicción y el honor de ser llamados «hijos de Dios,» vivimos ahora una vida con propósito, ¡la mayor aventura de todas! Es un milagro que se nos ofrece por gracia y una promesa expresada de manera sublime por Pablo en Gálatas: 

Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios. Gálatas 2:20

Nos vemos en el próximo post.

Por CHRISTIAN JABLOÑSKI

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El Costado traspasado de Cristo y su profundo significado

En el post anterior, llamado “¿Por qué murió Cristo en la cruz?”, exploramos siete razones, que te dejo aquí abajo, por las que Jesús tuvo que ser crucificado. 

Ese post fue solo una introducción, y a lo largo de esta serie de reproducción estaremos analizando a fondo el plan de salvación desde esta perspectiva. Verás cómo nos ayudará a resolver muchas dudas.

Hoy, vamos a sumergirnos más profundamente en el primer motivo. Te invito a quedarte para descubrir cómo identificar a Cristo como el “Segundo Adán” tiene un significado mucho más profundo de lo que a simple vista parece.

Introducción 

Partiendo de los siete motivos por los que Cristo murió en la cruz, en este post nos centraremos en el primero:

“El mal había afectado a toda la creación y Cristo, como el Segundo Adán, hace nuevas todas las cosas.”

Para comenzar a entender este primer punto, es necesario hacer una breve introducción sobre los otros seis motivos, ya que, de alguna manera, el primero engloba a todos los demás.

Los cuatro primeros motivos, donde Jesús resuelve los problemas con Satanás, Dios, la ley y el pecado, nos muestran cómo Cristo nos justifica. Son acciones que Él realizó de manera completa por nosotros, cumpliendo los requisitos de justicia. Así, Cristo efectúa una “obra de redención externa” a nuestro favor, logrando nuestra justificación.

Los últimos dos motivos nos hablan de cómo en la cruz, Cristo pudo mostrar al universo la verdadera dimensión de su amor, motivándonos a cambiar, y a la vez, su ejemplo nos enseña cómo hacerlo. 

Estos motivos se enfocan en cómo Cristo nos santifica a través del Espíritu Santo. De este modo, Cristo, a través del Espíritu Santo, realiza una obra de transformación interna en nosotros, transformándonos a medida que respondemos a su llamado.

Es importante entender que nuestra participación no añade mérito alguno; consiste en permitir que Él obre en nuestras vidas, cooperando con su Espíritu para que su justicia y santidad se reflejen en nosotros.

Y entendiendo esto, llegamos a un punto clave: ambas acciones, la justificación y la santificación, están representadas por la sangre y el agua.

La Sangre y el Agua

La sangre y el agua tienen un simbolismo importante en toda la Biblia, pues precisamente representan estos conceptos. La sangre se refiere a su justificación, al precio que Él pagó para que su justicia nos fuera imputada. Hebreos 9 nos dice que “sin derramamiento de sangre no se hace remisión,» y en Efesios 1 leemos que tenemos redención por su sangre.

Y según la Ley, casi todo es purificado con sangre; y sin derramamiento de sangre no hay remisión. Hebreos 9:22

En él tenemos redención por su sangre,
el perdón de pecados
según las riquezas de su gracia. Efesios 1:7

El agua, por otro lado, hace referencia a su santificación, siempre a través del Espíritu Santo, para que su justicia nos sea impartida. El agua simboliza purificación y regeneración. En Juan 3:5, Jesús dice:

Respondió Jesús:
—De cierto, de cierto te digo que el que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Juan 3:5

Y Efesios 5 menciona que Cristo se entregó a sí mismo por la Iglesia “para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra.”

25 Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella, 26 para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra. Efesios 5:25-26

Así, somos salvados tanto por su sacrificio expiatorio como por la purificación que Él nos ofrece. Profundizaremos sobre esto en el próximo post, pero era necesaria esta breve explicación para centrarnos en el tema de hoy: el primer motivo.

El mal había afectado a toda la creación y, por eso, Cristo, como “el Segundo Adán”, hizo nuevas todas las cosas.

El Costado Traspasado de Jesús

La historia del traspaso del costado de Jesús con una lanza por un soldado romano es un acontecimiento mencionado únicamente en el Evangelio de Juan. 

Este narra los hechos de la crucifixión de Jesús de manera secuencial, es decir, en el orden en que ocurrieron, para que los lectores puedan seguir el desarrollo de los eventos como si estuvieran allí.

Sin embargo, cuando llega al momento en que un soldado romano traspasa el costado de Jesús con una lanza, Juan hace una pausa. En Juan 19:34 dice: 

Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua. Juan 19:34

Luego, destaca la importancia de lo que acaba de describir: 

Y el que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis. Juan 19:35

Es como si estuviera diciendo: “Esto que acabo de contarles es algo muy importante; lo vi con mis propios ojos y quiero que sepan que es la verdad.”

Por supuesto, existe una explicación científica o médica. Tras ser brutalmente azotado, Jesús había perdido mucha sangre, lo cual pudo haber provocado un shock hipovolémico, dificultando la capacidad del corazón para bombear adecuadamente, y causando acumulación de líquido alrededor de los pulmones, conocido como derrame pleural. 

Durante la crucifixión, debido al estrés extremo, la posición del cuerpo y la dificultad para respirar, estos derrames pudieron haber aumentado, y al atravesar a Jesús con la lanza, el líquido acumulado pudo haberse liberado como “sangre” y “agua”.

Sin embargo, el verdadero motivo de este evento, que tanto sorprendió a Juan, es mucho más profundo y va más allá de las razones físicas.

En Génesis 2:21-22 se relata cómo Adán cae en un sueño profundo, de cuyo costado Dios toma una costilla para crear a la mujer, su esposa, quien luego cae en pecado y, a través de ella, se corrompe toda su descendencia. 

21 Entonces Jehová Dios hizo caer un sueño profundo sobre Adán y, mientras este dormía, tomó una de sus costillas y cerró la carne en su lugar. 22 De la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre. Génesis 2:21-22

En un sorprendente paralelismo simbólico, cuando Cristo muere, es decir, cae en un sueño profundo, de su costado salen sangre y agua, para redimir y purificar a la Iglesia, la cual es simbolizada por una mujer, la esposa de Cristo. 

Toda su descendencia ahora tiene la esperanza de vivir en la nueva creación para la vida eterna. La salida de agua y sangre del costado de Cristo no es solo un acontecimiento físico, sino una rica fuente de significado espiritual.

Se cumple así lo que dice Romanos 5:

Así como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida. Romanos 5:18

Y lo que dice 1 Corintios 15: 

Así también está escrito: «Fue hecho el primer hombre, Adán, alma viviente»; el postrer Adán, espíritu que da vida. 1 Corintios 15:45

Como el segundo Adán, Cristo no solo redime y purifica a su iglesia, sino que también restaura toda la creación.

En relación a esto, existe un notable paralelismo con Adán que me gustaría contarte: la razón de por qué Cristo llevó una corona de espinas.

La Corona de Espinas

¿Nunca te has preguntado por qué Cristo tuvo que llevar una corona de espinas? O ¿por qué, en todo el trayecto de la Vía Dolorosa hasta el Gólgota, no se la quitó?

En Mateo 27:29 se describe cómo los soldados romanos colocaron sobre la cabeza de Jesús una corona tejida de espinas, en una burla hacia su afirmación de ser el Rey de los Judíos. Sin embargo, este acto está cargado de un significado mucho más profundo.

pusieron sobre su cabeza una corona tejida de espinas, y una caña en su mano derecha; e hincando la rodilla delante de él, se burlaban, diciendo:
—¡Salve, rey de los judíos! Mateo 27:29

Según Génesis 3, después de que Adán pecó al comer del árbol prohibido, Dios maldijo la tierra, diciendo: 

17 Y al hombre dijo:
—Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer
y comiste del árbol de que te mandé diciendo: “No comerás de él”,
maldita será la tierra por tu causa;
con dolor comerás de ella
todos los días de tu vida,
18 espinos y cardos te producirá
y comerás plantas del campo. Génesis 3:17:18

Cuando Cristo muere en la cruz, tal como dice Gálatas 3:13, al estar colgado de un madero es “hecho por nosotros maldición”.

Cristo nos redimió de la maldición de la Ley, haciéndose maldición por nosotros (pues está escrito: «Maldito todo el que es colgado en un madero»). Gálatas 3:13

Con profundo dolor, lleva una corona de espinas literalmente clavada sobre su cabeza, tomando sobre sí la maldición que afectó a toda la tierra.

Al llevar esta corona, Jesús simboliza que está cargando con las consecuencias del pecado, no solo de la humanidad, sino también de la creación. 

Cristo encarna en su propia carne toda la historia de la salvación, redimiendo y purificando a su iglesia y restaurando toda la creación a su estado original. El plan maestro de salvación es un rescate integral. 

Allí donde el mal había afectado a toda la creación, Cristo, como Segundo Adán, tal como dice 2 Corintios 5 y Apocalipsis 21, hace “nuevas todas las cosas”.

De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; todas son hechas nuevas. 2 Corintios 5:17

El que estaba sentado en el trono dijo: «Yo hago nuevas todas las cosas.» Me dijo: «Escribe, porque estas palabras son fieles y verdaderas.»  Apocalipsis 21:5

No quiero cerrar este post sin mencionar otro increíble paralelismo con el traspaso del costado de Cristo, de donde brotaron sangre y agua. Aquí el sorprendente paralelismo es entre Cristo y el templo.

Cristo y el Templo

Durante la celebración de la Pascua, los israelitas sacrificaban miles de corderos en el templo, conmemorando la liberación de Egipto, lo cual implicaba una cantidad inmensa de sacrificios. 

Según fuentes históricas, como Flavio Josefo en su obra Antigüedades judías, se sacrificaban hasta 250,000 corderos en un solo día de Pascua. La sangre de estos sacrificios se recolectaba y se vertía en canales que la conducían fuera del templo hacia el arroyo del Valle de Cedrón. 

Además, los sacerdotes usaban grandes cantidades de agua para lavar tanto el altar del sacrificio como las áreas circundantes, asegurando el flujo de la sangre por los canales y manteniendo limpios los drenajes.

Jesús mismo se comparó con el templo, haciendo una declaración sorprendente:

Respondió Jesús y les dijo:
—Destruid este templo y en tres días lo levantaré. Juan 2:19

Aunque sus oyentes pensaron que se refería al templo físico en Jerusalén, el versículo 21 aclara que Jesús hablaba “del templo de su cuerpo”. 

Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Juan 2:21

Mientras los corderos pascuales eran sacrificados en el templo, Jesús, el verdadero Cordero de Dios, estaba siendo ofrecido en la cruz por los pecados del mundo. 

Así como la sangre y el agua fluían desde el templo hacia el valle de Cedrón, en la cruz, del costado de Jesús, el verdadero templo, brotaban la sangre y el agua que simbolizaban la redención y purificación de nuestros pecados.

Las profecías del Antiguo Testamento sobre el Mesías son numerosas y detalladas, destinadas a señalar a Jesucristo para que sea reconocido de manera inequívoca. Al bajarlo de la cruz, y al no quebrarle las piernas como a los otros dos, ya que Él ya estaba muerto, se cumple la profecía de Salmo 34:20: 

Él guarda todos sus huesos; ni uno de ellos será quebrantado. Salmos 34:20 

Y cuando lo traspasan para asegurarse de que estaba muerto, se cumple la profecía de Zacarías 12:10:

y mirarán a mí, a quien traspasaron; y llorarán como se llora por un hijo único. Zacarías 12:10

Permíteme señalar otra impresionante profecía de Isaías. Fuera de las murallas de Jerusalén, en el valle de Cedrón, se encontraba la Fuente de Guihón, de agua dulce, donde se ungía a los reyes de Israel, como David y Salomón. 

En el siglo VIII a.C., el rey Ezequías ordenó construir el túnel de Siloé, para asegurar el suministro de agua dentro de Jerusalén en caso de asedio enemigo. 

Este túnel, también conocido como el túnel de Ezequías, es una notable obra de ingeniería antigua. Con una longitud de 533 metros, serpentea a través de la roca sólida. 

Dos equipos de trabajadores comenzaron a excavar desde extremos opuestos del túnel y, sorprendentemente, lograron encontrarse en el centro con una precisión impresionante, dadas las limitaciones tecnológicas de la época.

En 1880, se descubrió una inscripción dentro del túnel, conocida como la “Inscripción de Siloé”. Esta inscripción describe el momento en que ambos equipos de trabajadores se encontraron y es una de las inscripciones hebreas antiguas más importantes.

Este túnel, de 533 metros, tiene un desnivel de apenas 30 centímetros en toda su extensión, suficiente para que el agua fluyera por gravedad. La precisión en la construcción de esta pendiente refleja un notable conocimiento de ingeniería hidráulica para la época.

Durante la Pascua, toda el agua utilizada para lavar el altar y los canales de drenaje era tomada del estanque de Siloé, y se mezclaba con la sangre de los sacrificios, fluyendo juntas desde el altar hacia el exterior del templo. 

Este acontecimiento se repetía cada año, simbolizando lo mismo que el agua y sangre que brotaron del costado de Cristo.

Aquí es donde podemos ver el sentido de la profecía de Isaías, quien dijo hace más de 700 años: 

«Por cuanto desechó este pueblo
las aguas de Siloé, que corren mansamente,
y se regocijó con Rezín y con el hijo de Remalías.        Isaías 8:6

No olvides suscribirte para no perderte ningún post de esta serie, asegurándonos de no desechar las aguas de salvación que fluyen mansamente desde Cristo… para nuestra salvación. Nos vemos en el próximo post.

Por CHRISTIAN JABLOÑSKI

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